Domingo, 18 de Mayo de 2008
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Rafael Cordero Molina
por Luis R. Negrón Hernández

Nació en San Juan de Puerto Rico, el 24 de octubre de 1790. No asistió a la escuela porque en esa época no se permitía el ingreso de estudiantes de raza negra.

A pesar de su pobreza y los obstáculos raciales de la época, sus padres -Lucas Cordero y Rita Molina- fueron un matrimonio educado, amantes de la lectura y del conocimiento, que sembró en su hijo Rafael, desde pequeño, un gran deseo por conocer más sobre lo que nos rodea y de transmitir ese interés a los demás.

A temprana edad, Rafael se convirtió en un joven educado, apto para ejercer como maestro de enseñanza primaria.

En 1810, Rafael Cordero abrió su primera escuelita para niños negros y mulatos en su propia casa de San Germán. Más tarde, su hermana lo imitó abriendo una escuela para niñas, ya que la instrucción se impartía en forma separada a niños y niñas. Luego se mudaron a San Juan, donde el maestro Cordero se dedicó a ofrecer educación gratuita a los niños pobres, sin importar su raza o condición social, en su casa de la calle Luna. Cordero trabajaba como zapatero y hacía cigarros, para poder mantenerse económicamente.

Su fama trascendió los límites de su humilde vecindario. Las familias pudientes comenzaron a enviar a sus hijos a la casa-escuela de Cordero. Los párvulos aprendían a leer con gran prontitud y correctamente, lo que asombraba a muchos. A todos les enseñaba lectura, gramática, historia, caligrafía, geografía, aritmética y doctrina cristiana.

Bajo su tutela y enseñanza tuvo a personajes reconocidos en la historia portorriqueña, entre ellos al abolicionista y político José Julián Acosta y Calbo; a Román Baldorioty de Castro, que se convertiría también en abolicionista y líder autonomista; a Manuel Elzaburu y Vizcarrondo, quien fundaría el Ateneo Puertorriqueño y descolló como escritor, abogado y líder en el Partido Liberal; a Alejandro Tapia y Rivera, considerado el "patriarca de la literatura puertorriqueña"; entre otros que supieron honrar a Borinquen y a su maestro negro, defendiendo a todos los puertorriqueños, en particular a los negros esclavos, a los pobres y a los amantes de la puertorriqueñidad.

La Sociedad Económica de Amigos del País le otorgó un premio de cien pesos. El maestro Cordero invirtió el donativo en sus estudiantes y repartió limosnas a los pordioseros de San Juan. Ya anciano, el gobierno le asignó una pequeña compensación de 15 pesos mensuales.

Falleció el 5 de julio de 1868, en su ciudad natal.