Benita Adelivia Castillo Lanuza
Nació el 6 de abril de 1896. Hija del matrimonio formado por don Félix Castillo Rodríguez, originario del
departamento de Huehuetenango y de doña Asunción Lanuza de Castillo.
La señorita Castillo Lanuza cursó estudios de primaria y segunda enseñanza en establecimientos privados y
nacionales, recibiendo el título de Maestra de Educación Primaria en el Instituto de Señoritas Belén, casa de
estudios que constituye el Alma Máter del magisterio femenino de Guatemala.
Estudió en la escuela práctica de Señoritas y en la Escuela de Comercio, en donde obtuvo la mejor educación que
la preparó en forma óptima para asumir graves responsabilidades en la docencia y servicio a la comunidad.
Fue participante distinguida en las celebraciones famosas llamadas "Minervalias" bajo la presidencia de don
Manuel Estrada Cabrera. En ellas se premiaba a los mejores estudiantes de todo el país y también se rendía
homenaje a los maestros.
La profesora Castillo Lanuza trabajó 5 años en una escuela de Livingston, Izabal, adonde ingresó como maestra
de grado y llegó a ocupar el cargo de directora.
Posteriormente, fue directora de la Escuela No. 1 de Tactic, Alta Verapaz, donde ayudó a forjar las juventudes de
kekchíes de la Verapaz y los garífonas o de color, de Izabal. Fue aquí en donde, al realizar su trabajo diario, hizo
gala de la entrega total, con el alma en la mano y el cariño en cada sonrisa. Soportó lluvia, polvo y sol, llegando
muy temprano para abrir las puertas de la escuela, sin importar distancias, cansancio y sacrificios. Entregó su
trabajo honrado, responsable y digno en favor de los niños de las áreas rurales, aumentado así, poco a poco, la luz del conocimiento en las mentes y espíritus de los campesinos.
La señorita Benita Adelivia Castillo, opinaba "que el hombre nuevo en Guatemala, surgirá de la escuela,
que ofrece sabiduría y libera de todas las servidumbres". Pero también recordaba con tristeza el poco
aprecio que se tiene, a veces, por la abnegada tarea del magisterio.
Durante el gobierno del general Ubico, y por tener simpatías con el general Lázaro Chacón, se tuvo que retirar de
sus habituales ocupaciones.
También trabajó en establecimientos de iniciativa privada, sin descuidar su ocupación máxima de maestra en
diversos colegios estatales.
Predicó, con el ejemplo, la máxima aspiración educativa del país: que ésta se generalice y se ponga en relación
con las necesidades de la nación y a la altura de las instituciones democráticas.
La señorita Castillo Lanuza, registra más de cuatro décadas de docencia primaria y post primaria, desde la aldea,
hasta la metrópoli, predicando con verdadera pasión aquel hermoso principio: "no hay poesía ni arte más puro
que el de moldear seres humanos y como corona de artífice, la más codiciable: la de orientar
juventudes para forjar una patria más digna".
Después de 42 años de labor magisterial, la señorita Castillo Lanuza fue una de las primeras maestras que se
acogió a los beneficios de la jubilación.
En sus años de jubilada se dedicó intensamente a la lectura, costura y visita a amigos y familiares. Al caminar
alrededor de la ciudad universitaria, donde residía, siempre era saludada por personas que le manifestaban su
cariño y la recordaban con entusiasmo por haber sido sus alumnos. La señorita Castillo hablaba con orgullo de
todos sus alumnos, personas a las que ella enseñó a leer y guió en sus primeros pasos por la senda de la
educación y el saber: muchos de ellos llegaron a ocupar altas posiciones en el gobierno, la iniciativa privada, la
radio, la televisión, la banca, industria, etc.
En distintas entrevistas con el periodismo se mostraba e feliz de haberse realizado como maestra y de servir a la
humanidad. También indicaba que comprendía perfectamente que el ser maestro no es un trabajo de tiempo
parcial ni únicamente físico; es una tarea que implica e involucra al ser total: mente, corazón, actitudes y
sentimientos. Consideraba, también, que a los niños se les debe enseñar a vivir, además de leer y escribir, en línea
con los grandes pensadores y filósofos.
Sus alumnos fueron casi como sus hijos, y a ellos prodigó atenciones y cariño. En ellos cifró todas sus
esperanzas y, en sus triunfos obtenidos estarán dándole las más grandes satisfacciones, porque así
comprende que su labor fue fructífera. Consideraba que, de esta manera, fue útil a Dios y a los hombres.
Poco tiempo después de 1988, falleció.
Fuente: Artículo publicado en el diario oficial de Guatemala, "El Diario de Centroamérica", de fecha 24 de junio de 1988