Aportes Recientes de la Investigación Histórica

 

Peter Burke y la propaganda política del absolutismo: la "construcción" de Luis XIV.


    En 1992, el historiador británico Peter Burke, de larga trayectoria en la investigación especializada, publica en la prensa de la Universidad de Yale un libro titulado The Fabrication of Louis XIV. Siguiendo una tendencia reciente de la historiografía, orientada al estudio de la simbología del poder, de los programas iconográficos de las grandes monarquías, de las formas de la propaganda política en los regimenes anteriores al siglo XX, Burke reúne en su estudio la casi totalidad de ilustraciones, pinturas, medallas, y esculturas encargadas por el régimen de Luis XIV para reforzar su imagen pública.
    Allí tampoco acababan los esfuerzos propagandísticas del régimen, por cuanto deberían sumarse también los tapices, las óperas, los balletes, los espectáculos de fuegos artificiales, etc.
    Probablemente ningún otro monarca, a excepción de Carlos V e Isabel de Inglaterra, fueron objeto de un plan tan sistemático y continuado de fabricación de una imagen pública artificiosa y distorsionada. La monarquía autoritaria no escatimó esfuerzos para difundir por toda Francia y por Europa en general una determinada visión del rey Borbón y de sus ambiciones imperialistas de dominio pan-europeo, en tal grado que es posible hablar de una verdadera oficina o ministerio de propaganda, que más tarde asociaríamos con los regimenes totalitarios del siglo XX.
    En el siglo pasado, William Thackeray expresó mejor nadie, en términos visuales, el efecto que la parafernalia simbólica podía crear en los súbditos del monarca. En una célebre caricatura, observamos la escuálida y poco imponente figura del anciano Luis XIV, junto con la monumental visión del rey vestido con todos sus atributos ceremoniales.



Frontispicio de The Paris Sketchbook, de Titmarsh (W.M.Thackeray), 1840, British Library, Londres.

    El rey es generalmente retratado en armadura, romana o medieval, o con el manto real decorado con la flor de lis y orlado de armiño. Lleva en la mano un orbe, un cetro o un bastón, símbolos de mando y autoridad. Su rostro revela en ocasiones afabilidad, pero nunca sonríe: la sonrisa no se consideraba un rictus adecuado para el rey de Francia. De hecho, se ha sugerido que fue la sonrisa que Bernini colocó en una escultura ecuestre del rey lo que provocó el rechazo de la misma y su posterior reciclamiento, para evitar desperdiciar el mármol (Peter Burke, La fabricación de Luis XIV, Madrid, Nerea, 1995, p.38).
    El más celebre retrato del rey es sin dudas el famoso cuadro de Rigaud. Tanto le gustaba a Luis que encargó diversas copias de la misma. Burke sostiene que la reproducción es menos tradicional de lo que podría suponer. El retrato es realista, pues hasta llega a percibirse la boca hundida a causa de la extracción de varios dientes de la mandíbula superior, que el monarca había sufrido en 1685 (Burke, op.cit. p.39). Mientras que Augusto siempre fue representado jóven, al igual que Isabel de Inglaterra, Luis XIV pudo envejecer discretamente en sus retratos, sin que ello fuera en desmedro de su aureola de majestad. Sin embargo, Rigaud ha puesto la cabeza de un anciano en el cuerpo de un jóven. Las piernas son elegantes y la postura parece propia de un bailarín a punto de comenzar una refinada danza de corte. Otros detalles dan la impresión de que Luis quería también mostrar una estudiada informalidad, en medio de tanta ceremoniosidad cuasi-sagrada. En efecto, el cetro es sostenido con la punta hacia abajo, como si fuera un bastón: Rigaud presenta al monarca llevando con ligereza su dignidad.

Retrato de Luis XIV, de Hyacinthe Rigaud, óleo sobre lienzo, c.1700, Louvre, Paris.

    No obstante, la propaganda real dejaba lugar para la experimentación y cierta heterodoxia iconográfica. Algunos retratos menos difundidos presentan al rey como el dios Apolo, en túnica antigua, con la lira en una mano y las riendas de un carro en la otra. La postura displiciente con la que este rey-dios maneja un carruaje tirado por cuatro briosos corceles revela que no se trata de una figura meramente humana: sólo un dios puede desplazarse por el cosmos con esta estudiada falta de esfuerzo.

Triunfo de Luis XIV, de J.Werner, 1664, Châteua de Versaille.

    En otros casos, Luis volvía a la imaginaría cristiana clásica. En lugar del arrogante y avasallante dios del sol y de las artes, el monarca podía presentarse como el pacífico y afable Buen Pastor, un bondadoso monarca que apacentaba su reino como Cristo sus ovejas. Ya fuera que se recurría a referentes clásicos o bíblicos, la imaginería no perdía ocasión de difundir una imagen sobrehumana del rey de Francia.

Luis XIV como el Buen Pastor, probablemente de Pierre Paul Sevin, vitela.

    Como afirma Burke, para el historiador moderno, las representaciones literarias tienen la ventaja de que explican claramente su significado utilizando adjetivo, ayudándonos a interpretar las imágenes. Como en la antigua Roma imperial, se aplicaba al rey una serie estereotipada de epítetos: augusto, brillante, constante, ilustrado, generoso, glorioso, apuesto, heroico, ilustre, inmortal, invencible, justo, laborioso, magnánimo, pío, sabio. En una palabra, era el más grande, adjetivo adoptado oficialmente en 1671. LOUIS LE GRAND se escribía a menudo en mitad de un texto en minúsculas (Burke, op.cit, p.41).
    También se intentaba proyectar la imagen de que Luis era accesible a sus súbditos, que era un padre para el pueblo, protector de las artes y las letras, el rey más católico; el que destruye la herejía, nuestro Dios visible (notre visible Dieu), el árbitro de la paz y de la gloria, el monarca más poderoso del universo. La imagen del soberano también se asociaba con héroes del pasado. Era un nuevo Alejandro (su comparación favorita mientras fue jóven), un nuevo Carlomagno, un nuevo Clodoveo, un nuevo Constantino, un nuevo Justiniano (codificador de la ley), un nuevo San Luis, un nuevo Salomón, un nuevo Teodosio.
    A continuación vemos algunas imágenes de Luis en estas situaciones. En primer lugar como jefe de familia. Claro que se trata de una familia mitologizada, una familia de dioses, un Zeus en el Olimpo. Este óleo logra combinar perfectamente ambos atributos que la propaganda gustaba difundir: humano y sobre-humano al mismo tiempo.

La familia de Luis XIV, de Jean Nocret, ólea sobre lienzo, 1670, Château de Versailles.


    En la siguiente ilustración, en cambio, Luis aparece en su faceta de mecenas y protector de las ciencias. Se lo puede apreciar en una visita a la Académie des Sciences. El rey camina con atenta mirada, rodeado de un esqueleto humano, fósiles de animales, instrumentos astronómicos, mapas, recipientes para experimentos químicos, espejos, etc.

Luis XIV visitando la Académie des Sciences, de Sébastien Le Clerc, frontispicio de Mémoires pour l'histoire des animaux, 1671, de Claude Perrault, British Library, Londres.

     El Luis político tampoco estaba ausente de las representaciones. Luis como señor de Europa y del Universo, como cabeza temporal de la Cristiandad. En innumerables imágenes podemos ver el poderoso monarca que iniciaba guerras interminables por mera ambición personal, acompañando a sus ejércitos en campaña. Al gobernante que revocaba el Edicto de Nantes aprobado por su abuelo -con lo cual restauraba virtualmente la intolerancia religiosa en Francia-. O al monarca que recibía a embajadores de los más remotos reinos, como virtual monarca de todo el planeta.
    En el siguiente grabado el rey decide mostrarse en las mismas trincheras, acompañando a sus hombres en mitad de la batalla, poderosa imagen destinada a elevar la moral de los combatientes y sus familiares.

Sitio de Douai en 1667, de Adam-Frans van der Meulen, grabado c.1672. Anne S.K.Brown Military Collection, Brown University Library, Providence, R.I.

    En el siguiente ejemplo se observa a Luis recibiendo la embajada del rey de Siam, cuyos enviados parecen colmar de regalos al rey francés, mientras le rinden las mayores muestras de cortesía y respeto. La fama del soberano, parecen decir las imágenes, llegaban a los mismos confines del planeta.



Audiencia del Rey a la Embajada de Siam, del Almanaque para el año 1687. Biblioteca Nacional, Paris.

    Finalmente, el libro de Burke no se limita a las imágenes creadas por el propio régimen para ensalzar a Luis XIV, sino que dedica uno de los capítulos finales a la contra-propaganda ensayada por los enemigos del monarca. Semejante programa iconográfico-simbólico sólo podía ser contrarrestado con imágenes de similar poder y efecto. Luis podía ser mostrado como usurpador, enemigo de Cristo, mujeriego, tirano, maquiavélico, soberbio, intelectualmente mediocre como un nuevo Nerón, como Herodes o el Faraón que confrantaba con Moisés. Un panfleto llegó a parodiar el Padre Nuestro: "Padre Nuestro, que estás en Marly, tu nombre ya no es santificado, tu reino toca a su fin, tu voluntad ya no se cumple..." (Burke, op.cit., p.130). El siguiente óleo, por ejemplo, muestra a Luis como sátiro y perverso.



Luis y Madame de Montespan en una Fiesta, de Joseph Werner, ólea sobre lienzo, c.1670, Zurich, Colección Von Muralt.

    Aún cuando quedarán siempre dudas respecto de la eficacia real de programas de representación y propaganda política de gran magnitud, el libro de Peter Burke nos permite acceder a uno de los más fabulosos ensayos conocidos de construcción de la imagen de un gobernante europeo con anterioridad a los grandes regimenes totalitarios del siglo XX.

Fabián A. Campagne



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