 El
Lado Oscuro del Renacimiento:
La caza de brujas en la edad moderna (1ª parte).
I- La definición del fenómeno
Dos historias
28 de julio de 1375: en la ciudad de Reggio Emilia, Italia, Gabrina
degli Alberti es encontrada culpable de brujería y ejercicio
de artes mágicas. La sentencia la condena a la amputación
de la lengua y a ser marcada a fuego. Una anotación al margen
del documento inquisitorial revela que la sentencia se cumplió
de inmediato.
22 de abril de 1700: la bailía de Furnes, en Flandes Occidental,
condena a François Darché a la pública retractación
frente al portal de la Iglesia de Sainte Walburg. Conducido allí
por el ejecutor de la alta justicia, Darché debía declarar
en voz alta e inteligible que había acusado de brujería
a muchas personas falsa y maliciosamente. Fue también condenado
a pagar los costos del proceso y a diez años de galeras; el Parlamento
de Flandes permutó la sentencia a galeras por quince años
de destierro del pueblo en el que habían ocurrido los acontecimientos.
Si Gabrina, protagonista
de nuestro primer ejemplo, hubiera vivido unas décadas más
tarde, habría sido sin dudas condenada a la hoguera en lugar
de la pena que le cupo por entonces; al mismo destino habría
arrastrado a muchas otras mujeres, cuyos nombres se hubiera visto obligada
a proporcionar durante interminables sesiones de tortura. Por su parte,
si François Darché, protagonista de nuestro segundo ejemplo,
hubiera realizado sus acusaciones de brujería medio siglo antes,
no sólo no habría sido condenado como difamador, sino
que las mujeres por el señaladas difícilmente hubieran
escapado a una segura condena a muerte por el fuego.
En
efecto, en el siglo XIV, cuando Gabrina fue condenada, aún se
estaban preparando los fundamentos de una de las formas de represión
más incomprensibles de la historia de la civilización
europea. A comienzos del siglo XVIII, en cambio, cuando Darché
fue condenado por calumniador, la caza de brujas no era ya más
que un recuerdo: no solamente nadie iba a sufrir pena de muerte por
participar en un imaginario aquelarre nocturno, sino que quienes osaran
acusar a otros de brujería sufrirían el castigo de los
difamadores. En tiempos de Gabrina, la caza de brujas no había
aún comenzado. En tiempos de François Darché, la
caza de brujas había ya terminado.
Claro
que, entre comienzos del siglo XV y mediados del siglo XVII, Europa
Occidental conoce un fenómeno de enorme originalidad, único
por sus características peculiares: la condena a muerte de un
número importante de personas, en su mayoría mujeres,
acusadas de cometer disparatados delitos relacionados con el culto y
adoración del demonio.
La
denominada caza de brujas es uno de los episodios socioculturales más
extraordinarios de la historia de la civilización occidental
europea. Si ha generado tanta atención, si son bibliotecas enteras
las que se han escrito sobre el tema, la razón se halla en lo
incomprensible que resulta para los hombres actuales un fenómeno
semejante. Entre 1450 y 1650, aproximadamente, comienza tan repentinamente
como luego abruptamente termina, la persecución de individuos
-mujeres en su mayoría- a quienes se acusaba de un delito nuevo,
que no tenía precedentes en los códigos legales occidentales:
la participación en una conspiración masiva, organizada
por el propio adversario máximo de la divinidad judeo-cristiana,
aquel cuyo mismo nombre significaba Adversario, Oponente: me refiero
al demonio, al diablo, a Satanás. Esta conspiración gigantesca
reunía, bajo su égida, a una innumerable cantidad de seguidores:
precisamente las brujas y brujos de los tiempos modernos. Pero el elemento
realmente novedoso de esta construcción era la imagen del sabbat
-en vasco aquelarre-: quienes participaban de esta conspiración
siniestra se reunían paródicamente, en ciertas noches
elegidas, para adorar al nuevo amo, para planear futuros actos delictivos,
para fortalecerse mutuamente narrando los ya realizados.
Este concepto del
sabbat de las brujas es el que posibilitó la existencia de una
auténtica caza de brujas, y no una mera sucesión de persecuciones
individuales. La bruja moderna es esencialmente sujeto social colectivo,
es fundamentalmente sustantivo plural aún cuando se lo enuncie
en singular. La bruja aislada perdía esencia, su misión
carecía de sentido. Las brujas eran entonces una conspiración:
de allí la posibilidad de exigir, durante los interrogatorios
en que se apremiaba físicamente a los acusados, los nombres de
cómplices, de aquellos otros a quienes la acusada debía
haber visto en el sabbat. La violencia física ejercida contra
los cuerpos de los sospechosos obligaba a éstos a pronunciar
nombres al azar, inexactos y falsos por definición, pues remitían
a la participación en una siniestra reunión nocturna que
en realidad no existía, que en realidad era mera construcción
de la alta cultura teologal tardo-medieval.
En
la actualidad la palabra bruja ha sufrido un corrimiento de sentido:
se la utiliza indistintamente para calificar a cualquier manifestación
de prácticas mágicas tendientes a provocar daños
en terceros: se dice así que Circe, Medea o Canidia eran brujas.
Pero también se llama brujas, hoy en día, a los adherentes
a las diversas variantes de esoterismo: bruja es la tarotista o la especialista
en otras mancias, brujos son los sacerdotes de religiones de origen
afro-americano, brujas son las mediums espiritistas.
No obstante, el peor obstáculo que puede afectar al historiador
moderno es la confusión terminológica. Es probable que
el término bruja no pueda ya ser restituido a su sentido primigenio
-el se asistente al sabbat nocturno-, y que se siga utilizando con la
amplitud arriba mencionada. Pero al menos deberíamos ser conscientes
del origen histórico de la palabra y del concepto, para lo cual
debemos remitirnos a los siglos XV a XVII, a los tiempos de la caza
de brujas europea.
Antes
de la construcción del estereotipo del sabbat, en esencia conspiración
colectiva, existieron innumerables ejemplos de figuras que pueden asimilarse
a las brujas moderna, pero en las que de inmediato hallamos diferencias
marcadas. A aquellos mujeres capaces de provocar daño a distancia
mediante diferentes técnicas derivadas del pensamiento mágico,
que actúan esencialmente de manera solitaria, que a lo sumo conforman
pequeños grupos de dos o tres personas, en particular maestra
y discípula, deberíamos denominarlas hechiceras, y hechicería
a la práctica que realizaban. Su especialidad era el maleficio.
Hechiceras eran las horrendas mujeres descriptas en la literatura latina
por Horacio, Lucano y Apuleyo. También eran hechiceras las mujeres
descriptas en los códigos legales de los reinos romano-germánicos,
a quienes se castigaba con duras penas, pues su delito se asociaba con
el asesinato y con el robo: si les correspondía un castigo, no
era por participar en inventadas conspiraciones y en delirantes asambleas
nocturnas, sino porque se las creía capaces de dañar las
vidas y propiedades de terceros. En muchos de estos códigos no
se menciona siquiera al demonio: la hechicera podía provocar
daños a partir de su profundo conocimiento de la naturaleza,
en particular de las propiedades de hierbas, minerales y animales. No
se creía que necesitaran de la colaboración de los espíritus
del mal para realizar sus maleficios.
Con el paso de los siglos se irá
demonizando con más claridad la práctica de estas hechiceras
aisladas. En la primera mitad del siglo XIV, por ejemplo, a menos de
cien años de las primeras menciones del estereotipo del sabbat
propiamente dicho, hallamos un clarísimo ejemplo de la satanización
de las viejas hechiceras: se trata del interrogatorio que incluye el
famoso inquisidor Bernardo Gui en su Manual del Inquisidor, figura que
ha trascendido al gran público luego de que Umberto Eco lo hiciera
protagonista de su novela El nombre de la rosa, y posteriormente Jean-Jacques
Annaud de la película del mismo nombre.
La
tentación es muy fuerte: al leer el manual de Gui podríamos
creer en primera instancia que la caza de brujas ya ha comenzado, que
la hechicera cuyo interrogatorio reproduce Bernardo Gui es ya una bruja
moderna. Sin embargo, veremos que entre las muchas preguntas que según
Gui debían hacerse a la sospechosa, ninguna remite a la participación
en una asamblea nocturna junto con otras cómplices y bajo la
presidencia del demonio. La idea de sabbat aún no existe hacia
1330-1340. La acusada debía responder todo aquello que sabía
respecto de la curación de enfermedades, la provocación
de esterilidad en la mujer y de impotencia en el varón, del hallazgo
de objetos perdidos, de la utilización para sus encantamientos
de los sacramentos de la Iglesia romana, como la hostia consagrada.
Como vemos, se trata de los múltiples servicios que una comunidad
campesina podía exigir de estos especialistas populares. Bernardo
Gui los demoniza por completo, pues les exigía que abjuraran
de "toda adivinación o invocación a los demonios,
principalmente con adoración y reverencia a éstos ofrecida
o con homenaje hecho a éstos...". ¿Qué resta
para que esta descripción conforme un sabbat?. Sencillamente
que la acusada ante quien se aparecía el gran adversario no estuviera
sola, sino acompañada por las decenas de mujeres a las que pronto
comenzará a denominarse brujas. En el texto de Gui sólo
se pide a la hechicera sospechosa que de los nombres de las personas
a quienes enseñó sus artes o de quiénes las aprendió.
Bernardo Gui no estaba incentivando así una caza de brujas, que
por definición debía implicar una psicosis colectiva que
tenía que afectar a muchas más mujeres que a una herbolera
campesina, a su maestra y sus discípulas. Si no fuera por la
presencia del demonio, construcción judeo-cristiana, la hechicera
de Gui está más cerca de la Canidia horaciana que de la
bruja moderna que hará su debut c.1430. Gui no interroga a una
bruja, sino a una hechicera fuertemente demonizada, pero que no puede
ir al sabbat porque no sabe aún que existe.
La
construcción del sabbat o aquelarre fue entonces una construcción
jurídico-teologal novedosa, surgida abruptamente a comienzos
del siglo XV, y que no debe asimilarse con las formas aisladas de hechicería
y del maleficium, en todas las cuales faltaba el elemento determinante
de la brujería moderna: la idea de la conspiración colectiva,
única garante de una verdadera cacería de brujas.
Pero ¿en
qué consistía el delito del cual comenzó a acusarse
a las brujas modernas entre los siglos XV y XVII? ¿Que se pensaba
ocurría en aquellas asambleas nocturnas, encarnación de
la conspiración colectiva de las brujas?. ¿Qué
características guardaba el sabbat para teólogos y jueces
laicos?
Son innumerables las descripciones del sabbat de las brujas realizadas
por los autores de manuales de demonología. A medida que el tiempo
transcurría, la imagen del aquelarre incrementaba sus contenidos
morbosos y fantásticos.
Incluimos a continuación dos versiones del aquelarre: una de
ellas, obtenida de fuentes judiciales francesas, en 1475. La otra, extraída
de uno de los más célebres manuales demonológicos,
las Disquisiciones Mágicas del jesuita Martín del Río,
publicadas en varios tomos entre 1599 y 1600, en Lovaina, Flandes.
Del proceso por brujería incoado contra Andrée Garaude.
Condenada a la hoguera el 15 de septiembre de 1475, en Bressuire, Francia,
extraemos el siguiente fragmento:
|
"Andrée Garaude, viuda de Jehan
Brandeau, de LVI años de edad aproximadamente, ha dicho
que ha invocado al diablo para pedir su ayuda y socorro, y dijo
que el diablo se le apareció bajo la forma de un perro
negro. Y dijo que el dicho diablo se hacía presente de
noche, dos o tres horas antes del amanecer, y la transportaba
a donde tenía lugar el sabbat, y se aparecía en
la figura de un hombre negro cuando la transportaba al sabbat.
Interrogada para que mencione quiénes estaban en dicho
sabbat, dijo que había más que diez personas, entre
las cuales se encontraba un presbítero llamado messire
Jehan.
Y cada vez que ella iba al dicho sabbat, montaba sobre una escoba
que la transportaba al dicho sabbat, y dijo que cada vez fue al
dicho sabbat untaba la escoba con un ungüento rojo que el
diablo le había dado en una botella.
Dijo también que el día de Pascuas último
pasado fue a misa para recibir el Corpus Domini, pese a que ella
no se había confesado, pero dijo que no recibió
el Corpus Domini, y luego de que el capellán se lo hubo
puesto en la boca, ella lo colocó en sus manos y se lo
llevó al diablo, tal cual éste le había ordenado
hacer.
Dijo que cuando ella y otras se encuentran en el dicho sabbat
el diablo las hace bailar, y monta sobre ellas para la compañía
carnal. Dijo que la naturaleza del dicho diablo es fría.
Interrogada sobre si el diablo la había marcado en alguna
parte de su cuerpo, y si así marcaba a todos los que concurrían
al sabbat. Dijo que el diablo marca por sí mismo a todos
aquellos que iban al dicho sabbat, y que a ella la marcó
en el hombre izquierdo, donde la dicha marca permanece todavía.
Dijo que luego de que ella comenzó a ir al sabbat hizo
dos veces su materia gruesa en la nave de la iglesia de Noirlieu,
y lo hizo por mandato del diablo"
[traducido de René Filhol, "Procès de sorcellerie
à Bressuire (Août-Septembre 1475)", en Revue
historique de droit français et étranger, 42e année,
1964, pp-77-83]
|
En el segundo libro
de sus Disquisiciones Mágicas, dedicado a la magia demoníaca,
Martín del Río describe el sabbat con enorme y llamativo
detalle. Este texto que incluimos a continuación fue redactado
125 años después del fragmento que acabamos de reproducir:
|
"Así los teólogos mencionados traen varios
casos y confesiones de reas. Voy a resumir las más importantes.
Por lo que respecta al palo o bastón, lo suelen untar con
un ungüento preparado con variedad de ingredientes sosísimos,
en especial con manteca de niños asesinados. Pero otras
veces no es el bastón lo que untan, sino las piernas u
otras partes del cuerpo. Así ungidas suelen viajar montadas
en un palo, horca, rueca o percha, apoyándose en un pie;
o bien montadas en escobas, en una caña, toro, puerco,
macho cabrío o perro. Por todos estos medios suelen trasladarse
a la fiesta de buena sociedad (como llaman en Italia a la convención).
Una vez allí se enciende por lo general una gran hoguera,
siniestra y espantable. El demonio preside sentado en su trono,
en forma horrible, casi siempre de macho cabrío o de perro.
Se le acercan para adorarle. Ofrécenle luego velas de pez
o cordones umbilicales, y en señal de homenaje le besan
el culo.
¿Y qué hay de eso de que alguna vez remedan el sacrificio
de la misa como sumo sacrilegio, o el bautismo y ritos semejantes
de los católicos? Voy a mostrar que así es. O en
fin, ofrecen al demonio la sagrada hostia que retuvieron en la
boca al comulgar y allí mismo delante del demonio, la pisotean.
Cometidas estas maldades y execrables abominaciones, y otras parecidas,
pasan a sentarse a las mesas, a celebrar un convite de manjares
que proporciona el diablo. A veces bailan antes del banquete,
otras después (...) al son de un tamboril o una flauta
que toca un música sentado en un árbol (...). Es
entonces cuando muy feamente se aparean con sus demonios amantes.
Por último, proceden a relatar cada uno las fechorías
realizadas desde la última asamblea. Cuanto más
graves y execrables sean, más alabadas. Los descuidados
que nada tengan que contar, son azotados de la manera más
brava por el demonio.
Y como despedida reciben unos polvos o venenos. Las asambleas
dan comienzo casi siempre a media noche, cuando campo el poder
de las tinieblas (...)"
[extraído de Martín del Río, S.J., La
magia demoníaca (libro II de las Disquisiciones Mágicas),
Madrid, Hiperión, 1991, pp.338-340]
|
Esta descripción
de Martín del Río es exhaustiva. Realizada casi doscientos
años del surgimiento de las primeras imágenes del sabbat,
implica un momento de maduración y apogeo del estereotipo satanizado
del aquelarre. No obstante, las coincidencias con el sabbat descripto
en el juicio de 1475, época muy cercana al nacimiento del estereotipo,
son muchas, hecho que permite afirmar que estamos en presencia del mismo
fenómeno.
En ambas descripciones
destacan los siguientes componentes básicos de las asambleas
nocturnas:
- el vuelo nocturno como forma de traslado
- el ungüento que permite o facilita dicho traslado
- el asesinato de niños
- la presencia real del demonio en la forma de algún animal asociado
a su figura, en particular, el macho cabrío.
- la adoración del demonio, que incluye el ósculo o beso
infame.
- las blasfemias y sacrilegios (remedo de los sacramentos, mancillamiento
de la hostia consagrada).
- el baile y el banquete
- el coito indiscriminado de los asistentes del aquelarre entre sí
y con el demonio.
- la narración de las maldades realizadas desde la última
asamblea.
- la entrega de polvos o venenos que permitirán a los asistentes
continuar realizado actos malignos.
El sabbat constituía
así la forma clásica y tradicional del delito de brujería
perseguido en la Europa Moderna. La mayor parte de los elementos folklóricos
relacionados con la bruja, tal como han pasado a formar parte del inconsciente
colectivo de las sociedades occidentales hasta el presente, se desprenden
de la construcción del aquelarre realizado por los demonólogos
entre finales de la Edad Media y comienzos del siglo XVII: el vuelo
nocturno, las escobas, los ungüentos...
Excepcionalmente, en lugares como Escocia, Inglaterra y Nueva Inglaterra,
existieron verdaderas cazas de brujas, a pesar de que la imagen del
sabbat jugaba un papel secundario en las acusaciones, las que en su
mayoría giraban en torno a la connivencia con el diablo para
la realización de maleficios. Pese a ello, en la mayoría
de las cacerías de brujas de la Europa continental, la asistencia
al sabbat o aquelarre constituía la piedra de toque de la acusación
dirigida contra las acusadas de brujería.
¿Cuándo
se produce la primera mención y descripción del sabbat
registrada en los documentos escritos?. En 1428, Johan Frund escribe
una crónica, recogida diez años después en Lucerna
por Justinger von Konigshofen. En ella se describen los procesos por
brujería seguidos en diversos pueblos del Delfinado y el Valais,
que condujeron a la hoguera a más de cien personas. Los acusados,
sometidos a tortura, confesaron haber acudido a sus reuniones volando
sobre bastones y escobas. El estereotipo del sabbat aparece entonces
conformado plenamente a fines de la tercera década del siglo
XV en la región de los Alpes Occidentales. Los cronistas que
relatan esos juicios de 1428 afirman que la secta de los brujos había
surgido cincuenta años antes. En 1435 el dominico alemán
Johanes Nider afirma en su Formicarius que ciertos informantes calificados
le comentaron también que los actos de brujería eran practicados
en la región de Berna desde hacía por lo menos setenta
años. A comienzos del siglo XVI el inquisidor Bernardo de Como
afirmó incluso haber consultado, en los archivos de cómo,
aquellos primeros procesos de brujería realizados a fines del
siglo XIV. ¿Debemos, por lo tanto, retrasar la primera caza de
brujas hasta el año de 1375?. La respuesta es negativa, puesto
que no han podido encontrarse restos de aquellos supuestos juicios de
bruja realizados en fecha tan temprana. Aún cuando aquellos procesos
pudieran haberse realizado, en los relatos descriptos por los testimonios
no figuran ni el vuelo de las brujas ni la asamblea nocturna. Si en
torno a 1375 se realizó alguna forma de persecución masiva
en los Alpes Occidentales, el sabbat no existía aún sino
como un estereotipo incompleto, todavía en proceso de construcción.
En definitiva, las
primeras décadas del siglo XV parecen ser, entonces, el momento
el que por primera vez un grupo importante de individuos fueron juzgados
y condenados a partir de una acusación sustentada en la asistencia
al sabbat. En torno a 1430 el estereotipo demonizado de la bruja, organizado
en torno a la idea de conspiración colectiva, poseía ya
la mayoría de sus elementos constitutivos. El lugar en el dicha
construcción tomó cuerpo por vez primera fueron las estribaciones
occidentales de los Alpes. De allí en más, y hasta que
en torno a 1650 las cacerías de brujas terminaran en Europa Occidental
tan abruptamente como habían comenzado, los tribunales laicos
y eclesiásticos condenaron a muerte de un número importante
de individuos, acusados de acudir volando por las noches al sabbat.
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