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El oficio del historiador: ¿Puede la Historia aspirar a conformar un paradigma epistemológico que reúna las condiciones de rigor y precisión que habitualmente se asocian con la construcción de conocimiento científico? ¿Puede la historia aspirar a convertirse en una ciencia? La pregunta adquiere una importancia fundamental, por cuanto esta disciplina posee características que la diferencian radicalmente de todas las otras ciencias naturales y aún de la mayor parte de las otras ciencias sociales: su interés por lo particular, por lo único, por lo irrepetible. Mientras que la principal aspiración del científico parece ser la determinación de regularidades que permitan formular leyes de aplicación universal, el objeto de estudio del historiador son los fenómenos individuales, no las generalizaciones. En los años 60 y 70, el auge de la historia económica, con sus curvas de precios y sus gráficos estadísticos, permitió a muchos historiadores soñar con alcanzar para su disciplina el status de rigor científico propio de las ciencias exactas; o aún de disciplinas sociales como la economía y la sociología (que aspiran a predecir y a cuantificar los fenómenos que conforman su campo de estudio). Pero las ambiciosas pretensiones de los historiadores de los precios, que creían poder explicar la evolución de toda una sociedad a partir de los movimientos de dicha variable, alcanzaron rápidamente sus propios límites. También se demostró la imposibilidad de trasladar el método estadístico a otras áreas del conocimiento histórico, como la historia cultural y la historia política. En definitiva, la historia continúa observando con inocultable fascinación la aspiración a formular leyes que caracterizan a las denominadas ciencias duras. La formulación de leyes generales permite predecir y medir los fenómenos naturales con notable precisión. Frente a esta realidad, ¿es posible pensar la existencia de un paradigma científico de lo único e irrepetible, una cientificidad de lo individual? Una
de las respuestas más lúcidas para este interrogante central
sobre el método histórico fue presentada por el historiador
italiano Carlo Ginzburg, en un artículo publicado
en Turín en 1979 y que, en menos de cuatro años, fue traducido
al inglés, francés, alemán, sueco y al castellano.
El título castellano del texto en cuestión es: "Indicios.
Raíces de un paradigma de inferencias indiciales" (en
Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios. Morfología e Historia,
Barcelona, Gedisa, 1989, pp.138-175).
Pero este antiguo paradigma de lo único -en tanto único e irrepetible son la huida y los rastros de cada presa- fue ya recuperado a fines del siglo XIX por tres disciplinas cuyo objeto de estudio, al igual que la historia, son los fenómenos individuales: me refiero a la historia del arte, a la criminología y al psicoanálisis.
En las décadas de 1880 y 1890, el escritor inglés Arthur Conan Doyle (1859-1930) publicó la mayor parte de las novelas y cuentos cortos protagonizados por su creación literaria más célebre: el detective privado Sherlock Holmes. Como afirma Carlo Ginzburg con precisión, el método criminológico de Holmes se asemeja notablemente al método crítico de Morelli, el que -a su vez- resulta una versión sofisticada del milenario paradigma indiciario del cazador: se trataba de observar los menores indicios, aquellos que permanecían invisibles para la mayoría de las miradas inexpertas y, a partir de ellos, reconstruir con precisión una realidad a la que el investigador no había tenido acceso: el crimen en cuestión, su autor y su móvil. Cada vez que Sherlock Holmes llegaba a la escena de un crimen, actuaba poco menos que como un rastreador que persigue a su presa en medio del bosque, o como Morelli frente a un cuadro falsamente atribuido a un artista de renombre (en La carta robada, un cuento de 1844, Edgar Allan Poe había anticipado ya este método, que luego haría célebre al investigador creador por Conan Doyle). Pero la sorpresa es aún mayor cuando descubrimos, de la mano de Carlo Ginzburg, que Sherlock Holmes aplica en una ocasión el mismísimo método de Morelli: a partir de la observación de unas orejas, enviadas como macabro obsequio en una encomienda, descubre indicios de importancia para la resolución de un crimen. En La aventura de la caja de cartón, de 1892, Holmes explica los fundamentos del paradigma morelliano a un sorprendido Doctor Watson: "no ignorará Ud., Watson, en su condición de médico, que no hay parte alguna del cuerpo humano que presente mayores variantes que una oreja. Cada oreja posee características propias, y se diferencia de todas las demás. De modo que examiné las orejas que venían en la caja con ojos de experto (...). Imagínese cuál no sería mi sorpresa cuando, al detener mi mirada en la señorita Cushing [la dama que había recibido la macabra encomienda] observé que su oreja correspondía en forma exacta a la oreja femenina que acababa de examinar. En ambas existía el mismo acortamiento del pabellón, la misma amplia curva del lóbulo superior, igual circunvolución del cartílago interno. Era evidente que la víctima debía ser una consanguínea, probablemente muy estrecha, de la señorita Cushing".
Morelli y Freud -como antes Sherlock Holmes y el rastreador primitivo- tienen en común un mismo paradigma: la postulación de un método interpretativo basado en lo secundario, en los datos marginales considerados reveladores, que permiten reconstruir con un elevado grado de plausibilidad una realidad sobre la que el investigador no tiene acceso directo: el desesperado escape de una presa, el atelier de un falsificador, la ejecución de un crimen, lo profundo del inconsciente humano. Con sus limitaciones y posibles fracasos, estas actividades logran resultados de innegable valor: muchos rastreadores logran dar alcance a sus perseguidos, muchos cuadros falsos son detectados, muchos criminales son descubiertos, muchos secretos inconscientes salen a la luz definitivamente. En ninguno de estos casos se ha recurrido al paradigma científico-matemático de las ciencias duras. En ninguno de estos casos se trata de predecir con eficacia absoluta, de formular leyes, de detectar generalidades y repeticiones, con medir con precisión. El paradigma indiciario no es un paradigma de lo universal sino un paradigma de lo particular. Una cientificidad de lo individual es entonces posible: Los escasos documentos escritos, los restos materiales dispersos, las primitivas manifestaciones iconográficas, los destruidos testimonios arquitectónicos, son para el historiador lo que las ramas rotas para el rastreador, los dibujos de las orejas para el crítico de arte, la escena del crimen para el detective y los actos fallidos para el psicoanalista. El historiador que, como el criminólogo, el psicoanalista, el crítico de arte y el rastreador primitivo, reúne indicios de una realidad sobre la que no tiene ni tendrá acceso directo -el pasado del hombre-, tiene entonces más en común con Sherlock Holmes y Sigmund Freud que con Galileo Galilei o Isaac Newton.Prof. Fabián A. Campagne |
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