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Aportes recientes de la investigación
histórica
Alfred W. Crosby y el Imperialismo Ecológico:
las razones biológicas de la expansión colonial europea
(900-1900 d.C.)
En
1986, la Universidad de Cambridge publicó un libro ambicioso
y polémico: Ecological Imperialism. The biological expansion
of Europe, 900-1900 (hay edición castellana publicada por
editorial Crítica, Barcelona, 1988). El autor de este ensayo
es Alfred W. Crosby, profesor de la Universidad de Texas,
en Austin, quien se había hecho ya conocido en los medios académicos
internacionales a raíz de la publicación de un libro previo
sobre una temática conexa: The Columbian Exchange: Biological
Consequences of 1492.
Crosby
parte de una evidencia indiscutible: en la actualidad, hombres de origen
europeo conforman la mayor parte de la población de las regiones
templadas del planeta, a la vez que ocupan, en consecuencia, una proporción
considerable de la mejor tierra del globo. Las causas militares del
expansionismo europeo han sido, con frecuencia, estudiadas, pero resultan
insuficientes para explicar el carácter avasallador del fenómeno.
Por ello, Crosby no teme enunciar la hipótesis principal de su
libro:
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El desplazamiento de los pueblos nativos
de las zonas templadas de América, Australia o Nueva Zelanda
se debió más a razones biológicas que a la
conquista militar.
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Crosby
demuestra, recurriendo a abundantes ejemplos extraídos de la
dinámica de la expansión ultramarina de los siglos XVI
a XIX, que los europeos se adueñaron fácilmente de las
zonas templadas de la Tierra gracias al triunfo paralelo que consiguieron
los animales, las plantas, los virus y las bacterias que aquellos llevaban
consigo. Amén de las armas de fuego, de sus corazas y espadas
de acero, los conquistadores se beneficiaron de los gérmenes
que diezmaron a poblaciones aborígenes carentes de defensas inmunológicas.
También se aprovecharon de la velocidad con la que se reprodujeron
los caballos, el ganado vacuno y los conejos en nichos ecológicos
donde abundaba la hierba y donde no existían prácticamente
depredadores que pudieran frenar su multiplicación (a diferencia,
por ejemplo, de los grandes felinos que depredan a las manadas de herbívoros
que pueblan la sabana africana).
Desde
la perspectiva del profesor Crosby, la distribución de los europeos
y sus descendientes a lo largo de todo el planeta resulta caprichosa
y problemática comparada con la de los otros subgrupos de la
especie humana. Afirma Crosby: "Excepto una porción relativamente
pequeña, todas las variantes asiáticas viven en Asia.
Los negros africanos viven en tres continentes, pero la mayoría
se encuentra concentrada en las latitudes originarias, los trópicos,
con un océano a cada lado. Los grupos amerindios viven, con escasas
excepciones, en América y casi todos los aborígenes australianos
que quedan viven en Australia. Los esquimales viven en las tierras circumpolares
(...). Sin embargo, los europeos se han paseado por todo el globo".
Pero
los europeos no han tenido éxito en todas las regiones del planeta.
Las áreas tropicales y subtropicales han logrado frenar la instalación
masiva del subgrupo caucásico. En cambio, las áreas
templadas, con un clima similar al europeo, se han transformado en lo
que Crosby llama "las Nuevas Europas". En su casi
totalidad, la población de Australia es de origen europeo
y la de Nueva Zelanda lo es en un 90%. Al norte de México,
si bien subsisten importantes minorías de afro-americanos y mestizos,
más del 80% de la población desciende de europeos. En
América del Sur, por debajo del Trópico de Capricornio,
los habitantes son predominantemente blancos: la proporción de
europeos en los estados brasileños de Río Grande do Sul,
Paraná y Santa Catarina, oscila entre el 85 y el 95%; en Uruguay
y Argentina, la proporción oscila en el 90%.
Otra
característica de estas Nuevas Europas es la enorme capacidad
de producción de excedentes alimenticios. Allí se concentran
las pocas economías que continúan exportando, en forma
permanente, cantidades importantes de alimentos. De los 18.000 millones
de dólares en trigo comercializados en el mundo en 1982, 13.000
millones partieron de las Nuevas Europas. La porción de
alimentos que estos países aportan al mercado mundial es proporcionalmente
más importante que el volumen de petróleo que el Cercano
Oriente ofrece al resto del planeta.
¿Dónde
se encuentran estas Nuevas Europas? Pues todas ellas se hallan
en latitudes similares: en las zonas templadas de ambos hemisferios,
razón por la cual todas ellas gozan de climas muy semejantes.
No es casualidad: los animales y vegetales de los que históricamente
han dependido los europeos para su alimentación, tienden a prosperar
con enorme facilidad en climas entre templados y fríos, con
un índice anual de precipitaciones comprendido entre 50 y 150
centímetros. Como afirma el profesor Crosby: "era de
esperar que un inglés, un español o un alemán se
sintieran atraídos por lugares donde no hubiera problema para
cultivar trigo y criar ganado bovino, y eso fue lo que de hecho ocurrió"
(p.17).
Sin
embargo, cuando los europeos arribaron a estas zonas templadas por primera
vez, el clima era el único factor que resultaba similar a su
continente de origen. La fauna y la flora autóctonas de Australia,
la Pampa argentina, el extremo sur del Brasil o las llanuras de los
actuales EE.UU. eran muy diferentes de las especies originarias del
Viejo continente. Como sostiene Crosby: "el buey europeo, el
búfalo norteamericano, los guanacos sudamericanos, los canguros
australianos y los pájaros moa neozelandeses de tres metros de
altura (hoy por desgracia extinguidos) no eran ciertamente cachorros
de la misma camada. Los que presentan un mayor parentesco, el buey y
el búfalo, son -en el mejor de los casos- poco más que
primos lejanos". A pesar de las semejanzas climáticas
entre Australia y las regiones templadas de Europa, la naturaleza de
aquella gran isla parecía una versión invertida del Viejo
continente, según sostenía .J.Martin en 1830: "los
árboles retenían las hojas pero se despojaban de la corteza,
los cisnes eran negros; las águilas, blancas; las abejas no tenían
aguijón, algunos mamíferos tenían bolsas, otros
ponían huevos; eran más templadas las cimas de las colinas
que los valles".
En
definitiva, hace 500 años no existían en las actuales
Nuevas Europas ni rastro del trigo, la cebada, el centeno, los bovinos,
los cerdos, las ovejas y las cabras. Y, sin embargo, pese a todo, dichas
regiones son hoy en día las mayores exportadoras de productos
alimenticios de origen europeo (en particular, cereales y carne).
Para Crosby, la paradoja es sólo aparente: Norteamérica,
la Sudamérica meridional, Australia y Nueva Zelanda están
muy lejos de Europa pero gozan de climas similares. Por ello, la flora
y fauna europeas, incluyendo a los propios seres humanos, pueden sobrevivir
en estas regiones, si la competencia no es demasiado dura. Y en general,
no lo fue. En la Pampa, los caballos y bovinos, sin grandes depredadores
que dieran cuenta de sus especímenes más débiles
(como en la sabana africana), hicieron retroceder al guanaco y al ñandú.
Los cereales europeos desplazaron a las hierbas autóctonas.
En
síntesis, los inmigrantes procedentes de Europa arribaron masivamente
a las tierras de ultramar en base a tres factores:
Las tierras debían tener climas templados: los colonos deseaban
ir allí donde pudieran llevar una vida de estilo europeo más
cómoda que en sus regiones de origen.
Para atraer una gran cantidad de europeos, una región tenía
que dar muestras claras de su potencialidad para producir artículos
sujetos a la demanda del Viejo Mundo: carne de vaca, trigo, lana, pieles,
café. En tanto que la población que residiera en ella
debía ser demasiado pequeña para satisfacer dicha demanda.
Por ello, millones de europeos se instalaron, en el siglo XIX, en América
del Norte, Australia, el sur del Brasil, Uruguay y en la Argentina.
La parte montañosa de Chile producía pocas cosas en cantidad
o precio deseados en Europa. Por ello, en 1907 sólo el 5% de
su población era de origen extranjero, frente a más del
25% de la Pampa argentina.
Los campesinos que emigraban de Europa en el siglo XIX deseaban escapar
también del fantasma del hambre. El hambre había sido
una amenaza crónica en la economía europea de Antiguo
Régimen.
Las regiones templadas, -aquellas en las que se podía vivir como
en Europa, comer como en Europa, trabajar como en Europa-, parecían
paraísos de abundancia. Si de algo se estaba seguro en el imaginario
del inmigrante europeo, era de que en las Nuevas Europas la abundancia
de alimento hacía desterrar para siempre el temor de la muerte
por inanición (que, como lo demostró la trágica muerte
por desnutrición de millones de irlandeses a causa de la crisis
de la papa, a mediados del siglo XIX, no era un fenómeno que se
había alejado definitivamente de los países de Europa Occidental).
Además de su salario diario, los asalariados irlandeses en la Pampa
podían ganar toda la comida que fueran capaces de engullir.
La
conquista de las Nuevas Europas tuvo un segundo rostro no siempre
recordado: no sólo fue una invasión de hombres y mujeres,
sino una invasión de plantas, animales y gérmenes,
que ayudaron a reproducir a miles de kilómetros del Viejo Mundo
las condiciones ecológicas que hacían posible la instalación
masiva de europeos en las áreas templadas del mundo entero.
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Tal vez los europeos hayan triunfado debido
a su superioridad en armamento y al fanatismo de sus ideologías,
pero no puede negarse que el imperialismo europeo tuvo también
un componente biológico, un factor ecológico menos
visible pero no menos trascendente.
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Prof. Fabián Campagne
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