
Arte e Historia
Las
creaciones estéticas -literatura, pintura, escultura, música,
danza, arquitectura- constituyen elementos preciosos para la enseñanza
de la historia. No sólo permiten evadir la rutina de los documentos
escritos empleados habitualmente por la disciplina, sino que enriquecen
también la propia formación intelectual y espiritual de
los niños y jóvenes. Las manifestaciones artísticas
son también herramientas que permiten una inusual riqueza de
aproximaciones, por cuanto la libertad creadora del artista se aparta
con frecuencia del rigor histórico, del realismo y de la representación
acabada del mundo real. Una pintura sobre la Edad Media o sobre la Antigua
Roma, realizadas en el siglo XIX, suelen aportar más elementos
sobre el propio contexto cultural del artista que sobre el pasado histórico
que pretenden recrear.
Felipe II y la Inquisición
Española:
Schiller, Verdi y el uso de la historia como arma ideológica
en el Romanticismo
Felipe
II, rey de España entre 1556 y 1598, tuvo un hijo de su primera
esposa, el infante don Carlos, que nunca llegó a heredar el reino
de su padre. Según los historiadores, se trataba de un joven
enfermo, con severos trastornos de conducta, afectado por una enfermedad
mental que resulta imposible precisar en el presente.
Testimonios
de época dan cuenta de sus ataques de ira y la crueldad sádica
con que trataba a sirvientes y mascotas. La rebeldía del príncipe
obligó a Felipe II a desheredarlo. Hacia 1568, cuando tenía
23 años, intentó huir hacia los Países Bajos, para
acaudillar la rebelión que los protestantes habían iniciado
contra su padre (y que terminaría, décadas después,
con la independencia de Holanda). Enterado Felipe, ordenó el
arresto del infante en su propio palacio, donde murió en condiciones
misteriosas -según algunas fuentes- debido a la deficiencia de
su régimen alimenticio. Pero lo cierto fue que pronto, los enemigos
del rey español utilizaron el episodio para incrementar la leyenda
negra construida en torno a su figura, por lo que comenzó a circular
el rumor de que el propio soberano había ordenado la muerte de
su hijo.
Por
razones difíciles de precisar, la misteriosa vida de este desdichado
príncipe fascinó a poetas y músicos del romanticismo
europeo, que hicieron de él un prototipo del héroe romántico,
rebelde contra las convenciones de su tiempo. Por otra parte, su fallido
intento de acaudillar a los flamencos en su rebelión contra Felipe
II lo transformó, a los ojos de los patriotas liberales del siglo
XIX, en un adelantado de las revoluciones nacionalistas que afectaron
al continente luego de la Revolución Francesa. Sin embargo, ninguna
de estas lecturas del episodio del infante Carlos guarda verdadero rigor
histórico. Se trata de un típico ejemplo en el que el
arte recurre a la historia para utilizarla como arma ideológica,
aún a costa de falsear o idealizar el pasado realmente existente.
El
primero en convertir al príncipe Carlos de joven demente en héroe
romántico fue el gran poeta Friedrich von Schiller (1759-1805)
quien, en 1787, publicó la obra de teatro Don Carlos.
Ochenta años después, el gran músico italiano Giuseppe
Verdi (1813-1901) utilizó, a su vez, la obra de Schiller para
componer una de las más extraordinarias óperas de todos
los tiempos, el Don Carlo (estrenada en la ópera de Paris
el 11 de marzo de 1867).
Verdi
respetó los rasgos esenciales de la historia narrada en el drama
de Schiller: Don Carlos es un joven soñador y libertario, que
se enamora de la misma mujer que su padre -la princesa Isabel de Valois-,
la que, finalmente, le es arrebatada por su progenitor. Junto a este
episodio pasional que enfrenta a padre e hijo por la misma mujer, Verdi
superpone, al igual que Schiller, el conflicto político surgido
a partir de la rebelión de los Países Bajos: el marqués
de Posa, hasta entonces confidente y amigo del Rey, intenta convencer
al infante don Carlos para que acaudille la lucha de los flamencos que
buscaban liberarse del yugo español.
No
obstante, Verdi y sus libretistas innovaron en una de las escenas más
impresionantes del drama de Schiller: el encuentro ficticio entre Felipe
II y el Gran Inquisidor, representado como un cardenal ciego, nonagenario,
que se traslada del brazo de dos frailes dominicos. Se trata de la décima
escena del quinto acto de la obra del alemán, que Verdi reproduce
en la primera escena del acto IV de su ópera. Inmerso aún
en la lucha por la unificación italiana, Verdi y sus colaboradores
ven en dicho episodio la posibilidad de atacar el poder temporal de
la Iglesia y sus pretensiones de dominio sobre los poderes laicos. El
reino de Italia había sido proclamado en 1861. Pero para 1867,
la unificación de la península no se habían consumado
aún en su totalidad, por cuanto faltaba aún la conquista
de Roma, todavía en poder del Papado, protegido por las tropas
francesas de Napoleón III. Sólo con la caída de
éste último en la batalla de Sedan pudo el reino de Italia
invadir la ciudad de Roma y convertirla, por la fuerza, en capital del
estado unificado, el histórico 20 de septiembre de 1870 (más
de tres años después del estreno de Don Carlos
en Paris).
La
escena entre Felipe II y el Inquisidor, que en la ópera ve resaltado
su impacto por el hecho de estar cantada por dos bajos profundos, resultaba
de particular utilidad para dar rienda suelta al anticlericalismo que
caracterizaba a los políticos liberales italianos que llevaron
adelante la construcción del estado-nación italiano. Felipe
II, sometido a una verdadera tortura psicológica por parte del
implacable Inquisidor, cruel hasta lo indecible, termina exclamando:
"¡No queda al trono más remedio, pues, que inclinarse
siempre ante el altar!".
La
investigación actual, sin embargo, ha hecho hincapié en
el carácter de aparato de estado de la Inquisición Española,
verdadero instrumento político en manos de la monarquía,
por cuanto era la única institución de la corona que podía
actuar en la totalidad de los reinos heredados por los Habsburgo, desde
Flandes a Sicilia, desde Filipinas a México. La realidad histórica
parece hallarse, entonces, en las antípodas de la descripción
realizada por Verdi y sus libretistas: la corona no fue tanto un instrumento
en manos de una Inquisición omnímoda, sino que el Santo
Oficio fue una herramienta utilizada a discreción por el estado
español temprano-moderno. No obstante, la necesidad de acelerar
el último paso de la unificación total de Italia -la conquista
de Roma- llevó al músico italiano a convertir a Felipe
II en una víctima de la Iglesia, como parecían serlo los
millones de patriotas italianos que no podían transformar a la
Ciudad Eterna en capital del nuevo reino de Italia, a causa de la intransigencia
del Papa Pío IX (1846-1878).
El
Don Carlo verdiano no constituye entonces una fuente fidedigna
para el estudio de la España de Felipe II, cuanto para la Italia
de Verdi, Cavour y Garibaldi. Esta escena de una de las más grandes
óperas italianas constituye una oportunidad valiosa para reflexionar
sobre las relaciones entre arte e historia, arte y política,
y sobre las manipulaciones ideológicas que las representaciones
del pasado sufren a menudo para justificar luchas políticas del
presente.
Actividad en el aula:
Proponemos,
a continuación, una traducción libre del italiano de la
escena del encuentro entre Felipe II y el Inquisidor. Los docentes pueden
utilizar el fragmento tanto para trabajar el tema de la España
imperial del siglo XVI (en particular, los temas de Inquisición
y Rebelión de los Países Bajos) como el Rissorgimento
italiano del siglo XIX (el enfrentamiento entre Iglesia Católica
y Estado italiano unificado, que se prolonga hasta la creación
del estado soberano del Vaticano por el Tratado de Letrán, en
1929).
El
trabajo sobre el texto escrito puede complementarse con la audición
de la ópera (al final del presente artículo proponemos
algunas versiones musicales reconocidas por la crítica) o con
la proyección del video de alguna representación en vivo
del Don Carlo verdiano.
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(El Gran Inquisidor, ciego,
nonagenario, sostenido por dos frailes dominicos, entra lentamente
en los aposentos del rey Felipe II)
EL INQUISIDOR: - ¿Me encuentro en este
momento en presencia del Rey?
FELIPE II: Sí; yo lo mandé llamar, padre mío.
La duda me atormenta. Mi hijo Carlos colma mi corazón con
una tristeza amarga. ¡El Infante es un rebelde, se armó
contra su padre!
I: ¿Qué método eliges para el castigo?
F: Todos, o ninguno.
I: ¡Explícate!
F: Que escape, o que el verdugo...
I. ¿Y bien, pues?
F: Si envío a la muerte a mi hijo, ¿me absolverás
con tu propia mano?
I: La paz del imperio vale la vida de un rebelde.
F: ¿Puedo inmolar a mi hijo por culpa del mundo, yo, un
cristiano?
I: Para salvarnos, Dios sacrificó al suyo.
F: ¿Cómo puedes dar vigor a una ley tan severa?
I: Por todas partes habrá rigor, si sobre el Calvario alguna
vez lo hubo.
F: ¿Cómo podré acallar en mí el llamado
de la naturaleza, del amor?
I: Todo debe silenciarse para exaltación de la verdadera
Fe.
F: Está bien.
I: ¿Desea el Rey interrogarme sobre algún otro asunto?
F: No.
I: Entonces, ahora seré yo quien hable, Sire. En suelo
hispano jamás la herejía logró penetrar hasta
ahora. Pero alguien viene ahora a minar el edificio divino. Se
trata del Marqués de Posa, amigo del Rey, su fiel compañero,
demonio tentador que lo empuja hacia el precipicio. La traición
del Infante Carlos, que tanto te irrita, es juego de niños
comparado con la traición de Posa. ¡Y yo, el Inquisidor,
yo que levanto mi mano poderosa sobre las más viles hordas
de reos, dejo andar tranquilo a un gran rebelde... y al Rey!
F: Para soportar estos duros tiempos que nos tocan vivir, busqué
en vano durante mucho tiempo en mi corte un hombre fiel, un corazón
leal... y finalmente lo hallé en el Marqués de Posa.
I: ¿Para qué necesitas de un hombre? ¿Con
qué derecho te llamas Rey, Sire, si necesitas iguales?
F. ¡Ya basta, fraile!
I: ¡En ti han penetrado las ideas de los innovadores! ¡Con
tu débil mano pretendes romper el santo yugo que se extiende
sobre todo el mundo! ¡Vuelve a cumplir tu deber! La Iglesia
puede siempre volver a recibir a un pecador arrepentido. ¡Te
pido que me entregues al señor de Posa!
F: ¡No, jamás!
I: ¡Oh Rey!, si no estuviera yo hoy mismo contigo, en Palacio,
juro por Dios que mañana te obligaría a comparecer
a ti mismo ante el supremo tribunal del Santo Oficio.
F: ¡Fraile! Ya he soportado en demasía tus crueles
palabras.
I: He dado hasta ahora dos reyes a este imperio poderoso. ¡Y
ahora, demente, pretendes destruir la obra de tantos años!
¿Qué sentido tiendo continuar con esta reunión?
¿Que más quiere el Rey de mí?
F: Padre mío, que la paz retorne una vez más entre
nosotros.
I: (alejándose) ¿La paz?
F: Olvida todo lo pasado.
I: (en la puerta misma) ¡Tal vez!
F: ¡No queda al trono más remedio, pues, que inclinarse
siempre ante el altar!
[Traducción libre del original italiano por Fabián
Campagne].
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Bibliografía sobre la Inquisición española:
- Bartolomé Bennassar, Inquisición española: poder
político y control social, Barcelona, Crítica, 1984.
- Henry Kamen, La Inquisición española, Barcelona, Crítica,
1988.
- William Monter, La otra Inquisición. La Inquisición
española en la Corona de Aragón, Navarra, el País
Vasco y Sicilia, Barcelona, Crítica, 1992.
- Jean Pierre Dedieu, L´Administration de la Foi. L´Inquisition
de Toléde (XVIe-XVIIe siècle, Madrid, Casa de Velázquez,
1989.
- Francisco Bethencourt, L´Inquisition à l´époque
moderne. Espagne, Portugal, Italie, Xve-XIX siècle, Paris, Fayard,
1995.
- Jaime Contreras, Sotos contra Riquelmes. Regidores, inquisidores,
criptojudíos, Madrid, Anaya y Mario Muchnik, 1992.
Versiones en CD del Don Carlo de Giuseppe Verdi:
- Plácido Domingo (Don Carlo), Montserrat Caballé (Elisabetta
de Valois), Ruggero Raimondi (Felipe II), Orchestra of the Royal Opera
House, Covent Garden, dirección de orquesta: Carlo María
Giulini, EMI, grabada en 1970 (versión en italiano)
- Robert Alagna (Don Carlos), Karita Mattila (Elisabeta de Valois),
José van Dam (Felipe II), Chorus of the Théâtre
du Châtelet; Orchestre de Paris, dirección de orquesta:
Antonio Pappano, EMI, grabada en 1996 (versión en francés).
Versiones en VIDEO del Don Carlo de Giuseppe Verdi:
-Luis Lima (Don Carlo), Ileana Cotrubas (Elisabetta de Valois), Robert
Lloyd (Felipe II), Orchestra of the Royal Opera House, Covent Garden,
dirección de orquesta: Bernard Haitink, Castle Video, 1985.
Fabián A. Campagne
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