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La historia humana es, esencialmente, escenario de conflictos: conflictos entre estados, entre clases y grupos sociales, entre intereses económicos, entre ideologías y visiones del mundo. Pero una modalidad particular de enfrentamiento lo constituyen los choques de culturas, el súbito encuentro entre civilizaciones diferentes, entre "nosotros" y los "otros". Comienza a operar, entonces, el fenómeno de la aculturación, entendido como el conjunto de prácticas de interacción que resultan del contacto entre dos o más culturas, de los que generalmente no está ausente la violencia, la opresión, la intolerancia, la destrucción de la diferencia. En un mundo globalizado, en el que, sin embargo, persisten núcleos irreductibles de intolerancia, el estudio de los choques de culturas constituye una interesante oportunidad de reflexión para docentes y estudiantes. La conquista del "oeste salvaje" y la formación del estado-nación norteamericano (1848-1890) La llamada conquista del Oeste tuvo, al margen de sus aspectos míticos y cinematográficos, una notable importancia económica: implicó la incorporación al circuito capitalista de cientos de miles de hectáreas de tierras aptas para la agricultura y la ganadería. Esta producción agropecuaria permitió que el este de los EE.UU. se especializara en la producción industrial capitalista y, al mismo tiempo, exportar alimentos en el momento en que la economía occidental iniciaba la Segunda Revolución Industrial. Exactamente la misma importancia tuvo la Conquista del Desierto en Argentina, aunque caracterizada por un menor carácter épico, debido a que el número de indígenas era menor y el desequilibrio de poder militar, mucho mayor. La agricultura en el Oeste y Medio Oeste estaba, fundamentalmente, a cargo de farmers -medianos propietarios que, desde 1830, utilizaban maquinaria agrícola-, marcando una diferencia con la explotación agrícola pampeana en la que desde muy temprano predominó la gran propiedad y la estancia extensa. De cualquier manera, la vida de estos colonos fronterizos norteamericanos fue extremadamente dura, viviendo en un estado de crisis permanente -que, en algunos aspectos, continúa hasta el siglo XX: sus suelos, menos fértiles que los de la Pampa argentina, obligan aún a los gobiernos estadounidenses a subsidiar la producción de los agricultores locales-. La ganadería, por su parte, explotará en primer lugar los rebaños salvajes que pululaban en estados como Texas, particularmente luego de la Guerra Civil (en un proceso similar al ocurrido con el ganado cimarrón en la campaña bonaerense, hasta finales del siglo XVIII). Allí surgirán los míticos vaqueros (cowboys), entre los que también abundaban mexicanos y negros, quienes tenían como misión arrear el ganado salvaje hasta las estaciones del ferrocarril, para iniciar así el proceso de comercialización. De todas formas, el predominio de esta forma de explotación depredadora acabó pronto y nunca llegó a proporcionar más que un tercio del ganado producido en los Estados Unidos. Con el agotamiento del stock de ganado salvaje, surgieron los ranchos ganaderos, haciendas cuidadosamente cercadas (que la televisión norteamericana inmortalizaría en series de los años ’50 y ’60, como la mítica Bonanza, cuya saga transcurría en el estado de Nevada, muy cerca de California). Por lo tanto, a diferencia de la agricultura, la ganadería produjo, con mayor frecuencia, grandes propiedades y latifundios extensos. Desde la época colonial pueden atestiguarse incursiones hacia el Oeste del territorio, más allá de los montes Apalaches, con el objetivo de intercambiar pieles con los nativos (recordar a los también mitológicos Daniel Boom o David Crocket). Pero la llamada conquista del Oeste se inicia, oficialmente, hacia 1848, con el estallido de la fiebre del oro en California. Rápidamente, lo que era un desierto con unas pocas aldeas, heredadas de los tiempos en que la región era colonia española, comenzó a poblarse de manera desordenada y vertiginosa. Las somnolientas ciudades de aspecto y nombre español –Sacramento, Los Ángeles, San Francisco, San Diego- comenzaron su transformación en grandes metrópolis. Pero durante mucho tiempo, California fue una isla inmersa en un territorio todavía inexplorado, en poder de las aguerridas tribus de los indios de las llanuras. Sin embargo, esta antiquísima cultura será pronto la principal víctima del avance de la civilización capitalista hacia el Oeste. Un hito importante en el avance del dominio del espacio será el ferrocarril. En 1869 se inauguró una obra asombrosa para la época: la primera vía férrea transcontinental, que unía los estados del este y el oeste, a través de miles y miles de kilómetros de territorio inhóspito.
Pero luego del fin de la Guerra Civil en 1865, la presencia del estado federal se hizo sentir con más fuerza, sobre todo en relación con el problema que resultaba esencial para la consolidación de la ocupación del territorio: la lucha contra el indio. Entre
1869 y 1890 se llevaron a cabo las denominadas "guerras indias".
Por aquellos años, es posible señalar -en términos
generales- dos grandes grupos de indígenas propensos a defender
violentamente la supervivencia de su cultura: en las llanuras del norte,
los sioux, comandados por Toro Sentado y Crazy Horse;
en los desiertos del sur, los apaches, con sus jefes Jerónimo
y Cochese. Estos últimos también hostigaban a las haciendas
del norte de México. Hasta 1868, los conflictos con los indígenas de la llanura fueron solucionados mediante tratados provisorios. Pero en dicho año se firmó en Fort Laramie el último de dichos convenios con los sioux, pues a medida que el avance de los colonos se hacía cada vez constante, el choque violento se hizo inexorable. El gobierno de los Estados Unidos adoptó, entonces, oficialmente una política de sujeción violenta de la cultura aborigen de las llanuras, que no se detuvo ante la posibilidad misma de su exterminio físico. Entre 1869 y 1876 se libraron más de 200 combates. En 1876, el poderío indio llegó a su apogeo: en la batalla de Little Big Horn, el jefe sioux Crazy Horse destrozó a las divisiones del general Custer (un ex veterano de la Guerra Civil), en un encuentro que en los libros de historia norteamericana se recuerda como La Masacre. El encuentro, en el que pierde la vida Custer, fue reproducido, en una versión romántica e idealizada, en el film Murieron con las botas puestas (They died with their boots on), protagonizado por Erroll Flynn en 1941. Pero el éxito sería efímero. Los apaches de Jerónimo fueron finalmente derrotados en 1886. Los sioux, por su parte, dieron su última batalla en 1890, en un trágico episodio que generó una última masacre de indígenas. El hecho se desató cuando el gobierno federal prohibió a Toro Sentado y a los escasos sobrevivientes de su tribu, (por entonces encerrados en una reserva aborigen) la realización de los rituales de la Danza del Sol. La prohibición estatal obedecía a que, amén de la tradicional adoración del bisonte, la Danza del Sol había adquirido un carácter milenarista y de cerrado rechazo hacia la cultura occidental. Cuando el anciano líder sioux desoyó la advertencia de los agentes federales, las tropas del ejército irrumpieron en la reserva. Los indios intentaron escapar y, al ser alcanzados, se libró el último gran combate de las guerras indias: la batalla de Wounded Knee, en la que perdió la vida Toro Sentado. ¿Qué había cambiado entre el triunfo de 1876 y la derrota catastrófica de 1890? Pues que los colonos blancos habían diezmado la principal fuente de subsistencia de los indios de las llanuras: los bisontes (en un esfuerzo revisionista, el filme Dances with wolves (Danza con lobos), dirigido por Kevin Costner, da cuenta de esta dramática circunstancia). De hecho, resulta frecuente que, en sus avances sobre territorios que ideológicamente se pensaban vacíos, la civilización europea produzca profundas transformaciones en los ecosistemas y equilibrios ecológicos pre-existentes. Las compañías ferroviarias, por ejemplo, contrataron cazadores profesionales, con el objetivo de eliminar el mayor número posible de bisontes, cuyas estampidas ponían en peligro la seguridad de los ferrocarriles, a los que podían incluso llegar a volcar. William Cody, que la leyenda romántica inmortalizaría con el seudónimo de Buffalo Bill, fue un cazador al servicio de la Kansas Pacific, que en sólo 18 meses mató a más de 4.000 bisontes. Entre 1872 y 1874, se mataron 3 millones de animales. Para 1878, la gran manada sureña desaparece y un pequeño remanente de la manada del norte se refugia en Canadá: los indios quedaron entonces condenados a la derrota. El hombre blanco había irremediablemente destruido un complejo cultural que se remontaba hasta 10.000 años antes de Cristo, cuando los primeros paleoindios cazaban mamuts y bisontes, en los tramos finales de las glaciaciones. Tres años después de Wounded Knee, el Congreso federal aprobó la ley Dawes, que definió la política indígena del gobierno norteamericano por décadas. El objetivo de dicho instrumento legal era la destrucción de la organización tribal, para convertir a cada indígena en un productor campesino individual, a quien se le entregarían como propios 160 acres de tierra, sin vínculos comunitarios con el resto de los miembros de su tribu. Tras un período de prueba de 25 años, obtendrían la propiedad completa de esas tierras, así como la plena ciudadanía norteamericana. La división de la tierra dejó a los indios con mucho menos terreno que el que poseían antes, durante la etapa de las reservas federales. Se les adjudicó tierras de escasa calidad. Tampoco poseían experiencia como agricultores, a la vez que la ruptura de las vínculos comunitarios los dejaba indefensos frente a las maniobras de especuladores diversos. Ante la creciente proletarización y empobrecimiento de los descendientes de los antiguos señores de las llanuras, la Ley de Reorganización de 1934 cambió la política india, tratando de restaurar la estructura tribal. Por primera vez en tres siglos, la población india comenzó entonces a crecer nuevamente y, hacia 1955, quienes alguna vez fueron norteamericanos al borde la extinción, llegaron a conformar 400.000 individuos.
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