 La
Construcción del Acontecimiento
en el Relato Histórico
La tragedia de Cajamarca (16 de noviembre
de 1532)
Existe un lugar común
generalizado respecto del trabajo de los historiadores profesionales:
"interpretaciones sobre un mismo hecho puede haber muchas, pero la realidad
del acontecimiento permanece siempre intacta, indiscutida". Dicho de
otra manera, los historiadores pueden diferir respecto de la manera
en que interpretan un acontecimiento, pero no discuten en general sobre
si los hechos existieron realmente. Aunque existan muchas maneras de
interpretar las causas que provocaron la caída del Imperio Romano, los
especialistas coinciden al menos en que el último emperador de Occidente
fue depuesto en el año 476 d.C.
Sin embargo, estas afirmaciones
pecan de un exceso de ingenuidad. El hecho histórico es también producto
de una construcción intelectual; y si bien podemos estar relativamente
seguros de que "ciertos acontecimientos ocurrieron realmente como se
nos cuenta", no debemos olvidar nunca que dichos hechos llegan a nosotros
a través de una serie de mediaciones que, en ocasiones, pueden deformar
intencional o inadvertidamente lo ocurrido.
La enseñanza de la historia
en las escuelas debería dar siempre cuenta de esta característica fundamental
de la construcción del conocimiento histórico. Los alumnos deben conocer
las características que poseen los documentos utilizados por el historiador,
tanto como necesita conocer las propiedades de los números enteros en
aritmética o las características de los utensilios utilizados para realizar
experimentos en el laboratorio de química.
En
síntesis, contra lo que creía el positivismo del siglo XIX, los documentos
que utiliza el historiador no son nunca inocentes, no son nunca un espejo
inmaculado de "lo que realmente sucedió". A pesar de lo que habitualmente
se cree, los hechos y acontecimientos históricos tampoco poseen un carácter
indiscutible. Los historiadores también discuten sobre hechos, no solamente
sobre interpretaciones.
Vamos a intentar demostrar este
principio epistemológico a partir de un ejemplo muy claro y transparente:
los relatos sobre el encuentro que el 16 de noviembre de 1532 sostuvieron
en la plaza de Cajamarca el Inca Atahualpa y el conquistador español
Francisco Pizarro.
El acontecimiento encierra
todas las características fascinantes del encuentro y choque entre culturas
radicalmente diferentes. Luego de avanzar cientos de kilómetros en territorio
del estado inca, el grupo de aventureros españoles se encuentra finalmente
con el soberano en persona, quien rodeado de un pequeño séquito aguardaba
a los españoles en la semi-destruida ciudad de Cajamarca. Es necesario
recordar que el Incanato acababa de atravesar por una guerra civil entre
los hermanos Atahualpa y Huáscar, razón que explica la destrucción material
que los españoles encontraban a su paso.
Este extraño encuentro
entre Pizarro y Atahualpa terminó brutalmente en un estallido de violencia,
producto del cual el líder inca fue capturado por los españoles, circunstancia
que ayudó a la rápida conquista de la totalidad del imperio indígena.
¿Pero qué sucedió
realmente en la plaza de Cajamarca, aquel 16 de noviembre de 1532? En
particular, un hecho ocupó siempre el primer lugar en todos los relatos
más o menos contemporáneos al suceso: en un momento del diálogo entre
Atahualpa y un sacerdote cristiano, fray Vicente Valverde, el soberano
inca arroja al suelo un ejemplar de la Biblia que el fraile le había
acercado. Este hecho, que desde la perspectiva de la religión europea
constituía un verdadero sacrilegio, fue la señal que inició el ataque
de los españoles y la captura del soberano inca. El rechazo explícito
del cristianismo, que el gesto de Atahualpa encerraba, fue también de
allí en más uno de los principales argumentos utilizados para la legitimación
de la conquista.
Sin embargo, ¿ocurrieron
realmente así los hechos? Es dable manifestar algunas dudas, puesto
que las cuatro principales descripciones del suceso difieren notablemente
entre sí. Es cierto que la primera de ellas, el relato de Francisco
de Jerez, parece resultar la versión más confiable, por cuanto su autor
fue testigo presencial de la sucedido, "estuvo en Cajamarca aquel día".
Pero en tanto miembro del séquito de Pizarro ¿resulta por completo
creíble su descripción de lo ocurrido? Si Atahualpa realmente arrojó
la Biblia al suelo durante el diálogo con el fraile, ¿cuáles
fueron los motivos de su reacción? ¿No pudo tratarse de un malentendido,
de una típica confusión producto del encuentro entre civilizaciones
absolutamente diferentes? ¿Cómo se esperaba que un soberano ágrafo,
que el líder de un pueblo que desconocía la escritura reaccionara ante
un artefacto -el libro- que nunca antes había visto, y que le resultaba
sin dudas indiferente, banal y poco interesante? El primer cronista
del suceso, Francisco de Jerez, no quiso o tal vez no pudo comprender
estas circunstancias, ocupado como estaba en concretar y posteriormente
justificar un hecho de fuerza: la conquista violenta de un estado aborigen
americano. Tal vez Atahualpa no estaba rechazando la religión cristiana
con su gesto de arrojar la Biblia por el suelo. Tan sólo alejaba de
si un objeto pobre, insulso, demasiado sencillo para su status de soberano.
Veamos a continuación la
descripción que cuatro relatos hicieron del fatídico encuentro entre
incas y españoles en la plaza de Cajamarca. Éstas son las fuentes con
las que el historiador actual cuenta para reconstruir el hecho, y, como
veremos, las discrepancias entre ellas obligan al investigador a rechazar
toda aproximación ingenua y simplista al estudio de este paradigmático
choque de culturas.
Primer relato: Francisco
de Jerez, Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del
Cuzco, llamada la Nueva Castilla, conquistada por Francisco Pizarro,
Sevilla, 1534.
Jerez
publica su relato apenas dos años después de ocurridos los hechos, y
es, como dijimos, el único testigo presencial entre todos los autores
que dieron cuenta del suceso. No obstante, esta circunstancia no agrega
necesariamente justeza o veracidad a su relato. Atahualpa es presentado
como soberbio y violento: cuando el fraile intenta abrir el libro, el
soberano le da un golpe en el brazo, indicando que podía hacer aquello
sin ayuda. Luego de mirar unos segundos el papel y las letras impresas,
Atahualpa arroja el libro unos pasos delante de sí, demostrando sin
dudas la falta de interés que el objeto le producía: "y no maravillándose
de las letras ni del papel...". Cuando el fraile regresa junto a Pizarro
y le cuenta lo sucedido, el conquistador español se lanzó indignado
a la carga contra los indios. A los pocos minutos, Pizarro tomaba por
el brazo a un desprevenido Atahualpa, mientras repetía el nombre de
"Santiago", uno de los doce apóstoles de Cristo, cuya tumba se venera
todavía en Santiago de Compostela (Galicia):
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"En llegando Atabalipa en medio de la plaza, hizo
que todos estuvieran quedos, y la litera en que él venía y las
otras en alto: no cesaba de entrar gente a la plaza (...). El
gobernador [Pizarro] que esto vió, dijo a Fray Vicente que si
quería ir á hablar á Atabalipa [Atahualpa] con un faraute [traductor];
él dijo que sí, y fue con una cruz en la mano y con su Biblia
en la otra, y entró por entre la gente hasta donde Atabalipa estaba,
y le dijo por el faraute: "Yo soy sacerdote de Dios, y enseño
á los cristianos las cosas de Dios, y asimesmo vengo á enseñar
á vosotros. Lo que yo enseño es lo que Dios nos habló, que está
en este libro; y por tanto, de parte de Dios y de los cristianos
te ruego que seas su amigo, porque así lo quiere Dios (...) y
vé a hablar al Gobernador, que te está esperando". Atabalipa dijo
que le diese el libro para verle, y él se lo dio cerrado; y no
acertando Atabalipa á abrirle, el religioso extendió el brazo
para lo abrir, y Atabalipa con gran desdén le dio un golpe en
el brazo, no queriendo que lo abriese; y porfiando él mesmo por
abrirlo, lo abrió; y no maravillándose de las letras ni del papel,
como otros indios, lo arrojó cinco ó seis pasos de sí. E á las
palabras que el religioso había dicho por el faraute respondió
con mucha soberbia, diciendo: "Bien sé lo que habéis hecho por
ese camino, cómo habéis tratado a mis caciques y tomado la ropa
de los bohíos". El religioso respondió: "los cristianos no han
hecho esto; que unos indios trajeron la ropa no lo sabiendo el
Gobernador, y él la mandó volver". Atabalipa dijo: "No partiré
de aquí hasta que toda me la traigan". El religioso volvió con
la respuesta al Gobernador (...) [y le] dijo lo que había pasado
con Atabalipa, y que había echado en tierra la Sagrada Escriptura.
Luego el Gobernador (...) tomó la espada, y con los españoles
que con él estaban entró por medio de los indios; y con mucho
ánimo, con solos cuatro hombres que le pudieron seguir, llegó
hasta la litera donde Atabalipa estaba, y sin temor le echó mano
del brazo izquierdo, diciendo: "Santiago".
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Segundo relato: Instrucción
del Inca Tito Cussi Yupanqui (1570).
Tito Cussi fue el último
soberano del estado neo-inca, un reducto rebelde y clandestino que sobrevivió
cuarenta años a la conquista española inicial, refugiado en los inaccesibles
valles de los Andes Centrales. Llevó a los europeos varias décadas descubrir
y eliminar esta supervivencia del antiguo Incanato. En tanto heredero
de Huáscar y Atahualpa, Tito Cussi dictó a un sacerdote cristiano este
relato de la conquista del Perú, con la esperanza de obtener del rey
de España el reconocimiento como legítimo soberano de estos territorios
americanos.
De acuerdo con este relato,
el lanzamiento de la Biblia no ocurrió el día de la captura de Atahualpa,
sino un poco antes. Hubo entonces dos encuentros en Cajamarca y no sólo
uno. En una primera conferencia, el Inca recibió a dos españoles, a
quienes ofrece beber chicha en señal de hospitalidad. Pero como los
españoles arrojaran la bebida al suelo, Atahualpa hizo la propio con
el libro que le acercaban: a la falta de respeto española frente a un
objeto sagrado aborigen, el soberano inca reaccionó de igual manera
frente a un objeto sagrado europeo.
Pocos días después se produce un segundo encuentro en
Cajamarca, en que vuelve a repetirse el derrame de la chicha, y que
culmina con la consabida captura de Atahualpa.
Si Francisco de Jerez derivaba
su autoridad del hecho de haber sido testigo presencial, Tito Cussi
lo hacía por su carácter de pariente de Atahualpa, a quien denomina
"mi tío":
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"Destos viracochas [españoles] trajeron dos dellos
unos yungas a mi tío Ataguallpa, que la sazón estaba en Caxamarca,
el cual los recibió muy bien y dando de beber al uno dellos con
un vaso de oro de la bebida que nosotros usamos, el español en
recibiéndolo de su mano, lo derramó, de lo cual se enojó mucho
mi tío, y después desto aquellos dos españoles le mostraron al
dicho mi tío una carta o libro o no sé qué, diciendo que aquella
era la quillca de Dios y del rey, e mi tío como se sintió afrentado
del derramar la chicha, que ansí se llama nuestra bebida, tomó
la carta o lo que era y arrojólo por ahí, diciendo: " ¿Qué se
yo que me dais ahí? ¡ Anda, vete.! (...).
[días después] Como mi tío llegase al pueblo de
Caxamarca con toda su gente, los españoles (...) ansí se fueron
con él hasta Caxamarca, y llegados que fueron, les preguntó a
qué venían. Los cuales le dijeron, que venían por mandato de Viracocha
a decirle como le han de conocer, y mi tío (...) dio de beber
a uno dellos de la manera que arriba dije, para ver si se lo derramaban
como los otros dos. Fue de la misma manera, que ni lo bebieron
ni hicieron caso; e visto por mi tío que tan poco hacían caso
de sus cosas: " Pues vosotros no hacéis caso de mi, ni yo lo quiero
hacer de vosotros". Y ansí se levantó enojado, y alzó grita a
guisa de querer matar a los españoles, y los españoles que estaban
sobre aviso, tomaron cuatro puertas que había en la plaza donde
estaban (...) y no dejaron subir allá a mi tío; más que antes
al pie dél, le derrocaron de sus andas por fuerza (...) e le prendieron..."
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Tercer relato: Inca Garcilazo
de la Vega: Historia general del Perú. Segunda parte de los Comentarios
Reales de los Incas, 1616.
A diferencia de Tito Cussi, el Inca Garcilazo contaba
con sangre inca por parte de madre pero con sangre española por parte
de padre. En tanto mestizo, Garcilazo presenta su propia versión del
relato, sin dudas tendiente a reducir la responsabilidad que a ambos
bandos cabía por el incidente de Cajamarca.
De acuerdo con éste tercer relato,
toda la tragedia de aquel 16 de noviembre de 1532 se debió a una sucesión
de malentendidos. El primero se debió a la ignorancia del traductor
empleado -un indio al que Garcilazo tilda de ignorante- y a la inexistencia
en el idioma quechua de vocablos que pudieran dar cuenta realmente del
discurso teológico cristiano (cuando tuvo que traducir en quechua el
concepto de Trinidad, Dios Uno y Trino, el traductor sencillamente sumó
los números para darse a entender, diciendo "tres más uno: cuatro").
El
segundo malentendido se refiere directamente al célebre episodio de
la Biblia. Como los españoles se impacientaron porque la conferencia
entre el fraile Valverde y Atahualpa duraba demasiado, comenzaron su
ataque contra el séquito del Inca. En ese momento, fray Vicente se pone
de pie sobresaltado, y es allí cuando un libro se cae de su propio regazo
al suelo. De hecho, Garcilazo no está siquiera seguro que se tratara
de una Biblia ("un libro...que era la Summa de Silvestre; otros dizen
que era el Breviario; otros que la Bivlia"):
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"Llegado a la interpretación que al Rey Ataguallpa
le hizieron, es de advertir en las condiciones de Felipe [el traductor],
indio trujamán y faraute, que era natural de la isla de Puna,
y de gente muy plebeya, mozo que aún apenas tenía veinte y dos
años, tan mal enseñado en la lengua general de los Incas como
en la particular de los españoles (...) y llegando a su interpretación,
es de saber que la hizo mala y de contrario sentido, no porque
lo quisiesse hazer maliciosamente, sino porque no entendía lo
que interpretava [traducía]...; y por dezir Dios trino y uno,
dixo tres y uno son cuatro, sumando los números por darse a entender...".
"Al Padre Fray Vicente de Valverde levantan testimonio
los que escriven que dio arma [pidió a los españoles que ataquen],
pidiendo a los españoles justicia y venganza por haver echado
el Rey por el suelo el libro que dizen que pidio al fraile; [pero
Atahualpa] ni echó el libro ni le tomó en las manos. Lo que passó
fue que Fray Vicente de Valverde se alborotó con la repentina
grita que los indios dieron, y temió no le hiziesen algún mal,
y se levantó a priessa del asiento en que estava sentado hablando
con el Rey, y, al levantarse, soltó la cruz que tenía en las manos
y se le cayó el libro que havia puesto en su regazo y, alzándolo
del suelo, se fue a los suyos, dándoles vozes que no hiziessen
mal a los indios"
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Cuarto relato: Guamán Poma
de Ayala: Nueva crónica y buen gobierno, 1615.
También
nativo, al igual que los anteriores, Guamán Poma se hallaba por completo
en conocimiento de la civilización europea, pero no por ello abandonaba
su objetivo de reivindicación de la historia y cultura de su pueblo.
Esta cuarta versión del encuentro de Cajamarca, tal vez la más difundida
de las cuatro, es la que mayor énfasis pone en los malentendidos propio
de una situación de choque de culturas.
No se trata aquí de un
problema de traducción, como en el caso de Garcilazo. Según Guamán Poma,
el fraile Valverde explica a Atahualpa que sus dioses eran falsos. Cuando
el Inca le pregunta quién se lo había dicho, Valverde responde que se
lo había dicho el libro, la Biblia. Atahualpa pide el libro para oír
por sí mismo estos dichos: Pero como finalmente la Biblia no hablara,
según las expectativas de Atahualpa, el soberano arroja lejos de sí
el objeto, como quien se desprende de un artefacto que ya no funciona.
Así mismo, mientras que en el relato de Garcilazo el fraile Valverde
intenta frenar el ataque de los españoles, en la narración de Guamán
Poma el mismo sacerdote incentiva el ataque de los europeos:
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"...entra...fray Vicente, lleuando en la mano
derecha una cruz y en la izquierda el bribario. Y le dize al dicho
Atagualpa Inca que también es embajador y mensaje de otro señor,
muy grande, amigo de Dios, y que no adorase en nada, que todo
lo demás era cosa de burla. Responde Atagualpa Inca que no tiene
que adorar a nadie sino al sol, que nunca mueren ni sus huacas
ni sus dioses (...). Y preguntó el dicho Inca quién se lo auía
dicho. Responde fray Vicente que [se] le auía dicho el evangelio,
el libro. Y dixo Atagualpa: "Dámelo a mí el libro para que me
lo diga". Y ancí se la dio y lo tomó en las manos, comenzó a oxear
las ojas del dicho libro. Y dize el Inca: "¿Qué, cómo no me lo
dize? ¡ Ni me habla a mí el dicho libro!". Hablando con grande
magestad, asentando en su trono, y lo echó el dicho libro de las
manos el dicho Inca Atagualpa.
Como fray Vicente dio boses y dixo: "¡ Aquí, caballeros,
con estos yndios gentiles son contra nuestra fe". Y don Francisco
Pizarro y don Diego de Almagro dieron voces y dixo: "¡Salgan,
caballeros, contra estos ynfieles que son contra nuestra cristiandad...".
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Como vemos, las dificultades
con que se encuentran los historiadores a la hora de determinar un simple
acontecimiento, a la hora de descifrar los sucesos que realmente ocurrieron,
son mayores que las que los no especialistas pueden imaginarse. Las
fuentes y documentos de época no son ingenuos, y al poner por escrito
un testimonio guardan siempre diversas intenciones. Los hechos históricos
deben también ser cuidadosamente construidos por los historiadores,
cuidando siempre de no falsear el contenido literal de las fuentes,
pero al mismo tiempo sin tomar al pie de la letra dicho contenido textual.
En el caso del trágico
encuentro de noviembre de 1532, tal vez nunca sabremos exactamente cómo
se desarrollaron los hechos. Los historiadores no valoran por igual
los cuatro relatos mencionados, pues algunos les suscitan mayores dudas
que otros.
Pero lo cierto es que nosotros
continuaremos dudando si la Biblia (¿era el libro siquiera una
Biblia?) fue arrojada por desinterés, porque "no funcionó", por venganza
ante la chicha derramada, o si cayó del faldón de un sacerdote asustado,
inmerso en una enorme tragedia que por entonces no hacía sino comenzar.
Los investigadores, los
docentes, los alumnos de historia deben hacer entonces su opción. La
historia obliga en ocasiones a tomar también partido.
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