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¿La Ilustración hizo la Revolución Francesa o la Revolución Francesa hizo la Ilustración? Roger Chartier y los orígenes culturales de 1789
Entre los aportes y reflexiones que vieron la luz con motivo de los 200 años del estallido de la Revolución Francesa, cumplidos en 1989, se destaca una monografía del historiador Roger Chartier publicada en 1991 por la Universidad de Duke (EE.UU.): Les origines culturelles de la Révolution Française. En 1995 se publicó en Barcelona la traducción castellana del texto, con el siguiente título: Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución francesa. Chartier es conocido como uno de los pioneros de la historia del libro, de las bibliotecas, de las ediciones, en definitiva, de las formas de circulación y consumo de los textos escritos en el Antiguo Régimen. Pero en este libro de 1991, el historiador francés propone una verdadera revolución copernicana en lo que se refiere al estudio de las denominadas causas y antecedentes de la Revolución de 1789. Con espíritu provocador, Chartier se pregunta si la Revolución fue hecha por la Ilustración o si, por el contrario, el razonamiento correcto es el inverso. De hecho, una de las hipótesis fuertes del libro sostiene que la Revolución fue la responsable de la construcción del concepto de Ilustración que ha llegado hasta nosotros, reproduciéndose hasta el cansancio en los manuales y textos escolares. Este planteamiento puede sorprender poco a historiadores e intelectuales americanos, acostumbrados al estudio de los mecanismos por los cuales los nuevos estados nacionales del siglo XIX inventaron genealogías, próceres y hazañas para legitimar su existencia y construir identidades nacionales hasta entonces inexistentes. Pero pocas veces los historiadores europeos habían trasladado planteamientos semejantes para aplicarlos a acontecimientos históricos del prestigio y trascendencia de la Revolución Francesa. Roger Chartier sostiene, entonces, que el concepto de Ilustración como conjunto de creencias monolítico, fue una invención de muchos políticos y dirigentes del período revolucionario. El Iluminismo no fue un conjunto de pensamientos homogéneo, un bloque de pensadores sin fisuras. Por el contrario, en la Ilustración convivieron filósofos de matrices ideológicas diversas, que en ocasiones sostenían puntos de vistas contradictorios e incompatibles. Pero una vez iniciado el levantamiento de 1789, los líderes burgueses seleccionaron detenidamente aquellas figuras de la filosofía dieciochesca cuyas ideas mejor podían servir para otorgar legitimidad y prestigio al proceso revolucionario. Así, cuando en 1791 hubo qué decidor qué filósofos debían pasar a integrar el Panteón de los héroes nacionales en Paris, sólo Voltaire y Rousseau fueron admitidos. La incorporación de otros autores, como Descartes, Fénelon, Buffon o Mably, fue rechazada. Como vemos, la propia Revolución iba "seleccionando" sus precursores a posteriori, iba "seleccionando" sus héroes, estableciendo relaciones que luego fueron acríticamente reproducidas hasta el presente. Esta construcción ficticia de genealogías revolucionarias se puede percibir en las propias inscripciones grabadas en el sarcófago de Voltaire, con motivo del traslado de sus restos al Panteón, el 11 de julio de 1791: "Combatió a los ateos y a los fanáticos. Inspiró la tolerancia. Reclamó los derechos humanos contra la servidumbre del feudalismo". Otra inscripción sostenía: "Poeta, Historiador y Filósofo. Engrandeció al ser humano y le enseñó que debe ser libre". Los dirigentes revolucionarios hacían coincidir los dichos y hechos de Voltaire según las necesidades y la lógica de sus propios programas políticos.
En cuanto a Rousseau, el jacobino Maximiliano Robespierre explícita aún más la utilización a posteriori del mote de "precursor". El 7 de mayo de 1794 sostuvo Robespierre: "entre quienes, en la época de que hablo, se destacaron en la carrera de las letras y de la filosofía, un hombre [Rousseau], por la nobleza de su alma (...) se mostró digno del ministerio de preceptor del género humano (...). ¡Ah!, si hubiera sido testigo de esta revolución de la que fue precursor y que lo llevó al Panteón [el 12 de octubre de 1793], ¡quién puede dudar que su alma generosa hubiera abrazado con arrebato la causa de la justicia y de la igualdad¡". El discurso de Robespierre convertía a Rousseau en un revolucionario avant-la-lettre: "si hubiera vivido, hoy estaría de nuestro bando, en las barricadas, en las calles". No muy diferente fueron las operaciones ideológicas llevadas a cabo por los primeros historiadores americanos, cuando hicieron de Tupac Amaru un precursor de las revoluciones independencias de 1810 (en realidad, el líder indígena sólo perseguía una lucha social contra la opresión de los indígenas, y la ruptura del vínculo político con España no ocupaba un lugar destacado en su programa; considerarlo un precursor de las revoluciones es producto de una construcción ficticia). Estos cambios culturales posibilitaron una revolución en las mentalidades. En definitiva, hicieron pensable la revolución, crearon las condiciones para la destrucción violenta del Antiguo Régimen. Y estas condiciones fueron las que provocaron la aparición, difusión y éxito de las ideas de los pensadores de la Ilustración. A la pregunta que se formula Chartier, "los libros ¿hacen revoluciones?", la respuesta parece ser inequívocamente negativa: los libros y sus ideas sólo comienzan a actuar cuando la revolución se ha puesto ya en marcha de una u otra manera. Las transformaciones culturales ya instaladas permitieron que los intelectuales pudieran pensar en la posibilidad de una ruptura revolucionaria con el pasado; en tanto que también permitieron que los lectores pudieran entonces aceptar sus libros y compartir sus propuestas. En síntesis, para Chartier el proceso revolucionario tuvo condicionantes culturales que lo hicieron posible, y no orígenes intelectuales que lo prefiguraron antes de que se produjera. La revolución estaba ya en marcha silenciosamente mucho antes de que una airada multitud, el 14 de julio de 1789, atacara con furia la fortaleza de la Bastilla. |
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