Cuatro visiones sobre Juan Manuel de Rosas

 

"¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, afecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo, provinciano, bárbaro y valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo".

Domingo Faustino Sarmiento, "Facundo. Civilización y barbarie", Madrid, Hyspamérica, 1982, pp.9 y 11 (primera edición en 1845).


"La unidad del país estaba en peligro. Ahora bien, como lo dice Hegel en su folleto sobre la Constitución alemana de 1802, los hechos necesarios para procurar una unificación no son jamás hijos de la reflexión, sino de la violencia. Los alemanes de principios de siglo, como los argentinos de la época de Rosas, sólo conocían el aislamiento. Y el filósofo dice con tal motivo: 'sería preciso unir sus pueblos con la fuerza de un conquistador y obligarlos a sentirse partes integrantes de Alemania. Ese nuevo Teseo...deberá tener bastante carácter para soportar el odio que soportaron Richelieu y otros grandes hombres, que destruyeron los particularismos y los intereses egoístas de los hombres'. Y en otro pasaje: 'aquí no puede tratarse de elegir los medios. Miembros gangrenados no puede curarse con agua de Lavanda' (...). Por un azar feliz, el Teseo que Hegel llamaba a la vida para bien de su patria no presentaría las características más desagradables que son habituales en hombres de su tipo, y que él estaba dispuesto a aceptar sin asco. Sin duda, Bismarck, que fue el que respondió a su invocación, mereció ser llamado "canciller de hierro". Porque se inició anunciando que los grandes problemas de su tiempo no se resolverían por decisión de mayoría sino (como lo hizo) "por el hierro y por la sangre". Porque fue un conquistador que obligó a todos sus compatriotas a sentirse partes integrantes de Alemania...".

Julio Irazusta, "Ensayo sobre Rosas y la suma del poder", en Ensayos históricos, Buenos Aires, Eudeba, 1968 (primera edición en 1935), pp.18-19.


"Era Rosas, pues, un caudillo feudal poderosísimo, con asiento en la provincia de Buenos Aires, pegado al puerto. Otra cosa contribuyó a acrecentar su prestigio y llegar a ser el vocero de su clase: era el 'hombre del Orden' por antonomasia. El Orden: esa es su más alta majestad. El título que emplea desde el gobierno no es accidente: 'restaurador de las leyes'. El lema en su estancia es: 'no alborotadores, ni cuzcos, ni doctores'. Castigaba en ella inexorablemente cualquier delito contra la propiedad. En su proclama a los milicianos de 1822, los previene Rosas contra los 'innovadores, tumultuarios y enemigos de la autoridad. ¡Odio eterno a los tumultos! ¡Amor al orden¡ ¡Obediencia a las autoridades constituidas!'. En las estancias, exigíase la omnipotencia del Orden: el gaucho nómade pasaba a ser peón asalariado. Y por eso mismo exigíase sumisión al Orden en todo el país, pues sólo el Orden podía acorazar a la clase dominante contra los excesos y peligros de una probable revuelta campesina (...). El Orden debía permitir a la clase de los hacendados resolver en su favor las violentas contradicciones despertadas con la revolución, aniquilando la posibilidad de revueltas campesinas".

Rodolfo Ghioldi, "Juan Manuel de Rosas", Soviet. Organo del Comité Central del Partido Comunista Argentino, año II, n.10, octubre 1934, p.21.


"La literatura inglesa describió, más que interpretó, a Rosas. Para encontrar una explicación, el estudioso debe recurrir a un filósofo político que escribió un siglo y medio ante de que naciera Rosas. La condición natural del hombre, tal como fuera caracterizada por Thomas Hobbes en 1651, era una casi perfecta descripción de la Argentina después del colapso del poder español en 1810 y antes del advenimiento de Rosas en 1829: 'durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que mantenga a todos ellos bajo el temor, se encuentran en aquella condición llamada guerra; y qué guerra, ya que es de cada hombre contra cada hombre'. La afirmación de los derechos individuales se convirtió en anarquía, interrumpida solamente durante breves intervalos de gobierno efectivo, y la anarquía alcanzó un punto en el que ningún hombre ni su propiedad se encontraban a salvo de los ataques enemigos. La única forma de defenderse a sí mismos de los daños provocados por otros y de la invasión de extraños fue ceder sus derechos de gobierno y conferir todo el poder a un solo hombre. ' Porque mediante esta autoridad, otorgada por cada individuo particular en el Commonwealth, es tanta la fuerza y el poder conferidos y de que dispone que, por el terror que ello produce, es capaz de controlar las voluntades de todos ellos, de lograr la paz interior y la mutua ayuda contra los enemigos exteriores".

John Lynch, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p.15.