
1994
Amílcar Orellana Ramírez
VERSOS DE MADRUGADA
I
En las madrugadas las calles silenciosas parecen hablarnos. Mueven los brazos y tocan las hojas muertas de los árboles, los ojos de piedra, las bocas carcomidas, los esqueletos de las casas.
En las madrugadas las calles silenciosas me hablan, me pintan la noche sin cabeza y las puertas sin candado. Una hoja que humedece los labios de mi sombra. Se oculta la luz de la luna en esta noche oscura donde cierro mis versos.
II
¿Quién entiende estas pisadas de mosca? ¿Quién entiende las palabras de fuego que bailan en estas líneas? ¿Quién entiende el silencio que marca las piedras y los caminos de mi poesía? Solamente el hueso oculto detrás de una palabra ríe, el siseo de la noche que fluye sobre las palabras sin manos y recorre los caminos sin mancha. Más allá, el sudor de mi lápiz se esparce.
III
LA lluvia siempre me dice algo cuando la veo tirada sobre las banquetas. Sucia y mal oliente se levanta y avanza sobre las calles, es como el día que me pide quedarse en esta hoja o como el vagabundo que se cae en cada pueblo.
La lluvia siempre me dice algo. Con cada nota que desprende, con cada silencio que rompe se desnuda ante al noche dejando la túnica blanca sobre el espejo.
La noche siempre me dice algo, algo que se marca en mis manos y no puedo quitarme, algo que ciega mis ojos y desgarra mi cara: la noche siempre me dice algo.
IV
La vida está en aquella gota de rocío, casi muerta y con un pie obre a raíz de esta línea: avanza, no avanza: piensa el momento de caer en este mundo muerto.
V
Se escuchan notas bajo la mano, sorprendo al señor viento dando serenata al alba. Notas de olor, de raíces y árboles secos. De pronto se rompe la luz, una sombra pasa sobre mis ojos y deja mudas mis palabras.
Enciendo mis dedos y alejo la noche. Enfrente escucho mi nombre, volteo y avanzo hacía mí. Sentado en esta silla me encuentra la tarde. Subo hasta las ramas y desgarro cada minuto; divido el día y la noche, pongo la cortina que tapa cada piedra del reloj; más allá el ojo de la muerte.
VI
De mi mano brotaste. Entrar a un mundo es difícil. Romper un muro o un castillo de mármol es la tarea que sostiene cada silencio. Naces sobre la furia de una piedra. Inconscientemente levantas el vuelo como una flecha que parte el viento y avanzas sin rumbo: colibrí sobre la rama y la tristeza sentada al tronco. Contemplo fijamente la imagen de un esqueleto; duerme en aquella esquina. Ojos huecos observan el fuego. Nace la luz sobre tus alas y vagamos entre los cuerpos llenos de noches eternas.
TIGRERÍAS DE PAPEL
I
Alguna vez el tigre fue prisionero de tus ojos. No, la noche lo ha encerrado en la cárcel de árboles secos, le ha dado huesos y sangre con sabor a muerte, le ha puesto calaveras en sus ojos y guadañas en sus garras. Tigre escondido entre el silencio de las hojas, te observo. Mi sombras mueve como el descender de una pluma, como la huella del felino sobre la rama que se dobla. Cada paso que doy lo recoge el viento. Sostengo los minutos sobre la cola. Avanzo hacia un río muerto donde fluyen restos de lluvia que se ahogan en este montó de arena. Al borde, el cuerpo del primogénito:
Se ha quedado muerto el día.
II
¿Alguna vez fui tigre? No recuerdo. Posiblemente mis manos se convirtieron en garras y les brotaron navajas en la punta de los dedos. O quizá me volví sediento de la muerte y corrí como loco tras las huellas de mi presa. Me doy cuenta que para ser tigre tendría que merodear por lugares oscuros, desgarrar las entrañas de los árboles, cortar con la mirada y poner el fuego sobre mi espalda, ese fuego que llevo entre las venas y no me deja ser más que una sombra.
III
Alguien observa mi camino sobre la hoja. Está firme ante la puerta y espera el primer rayo de luz que ilumine mi cuerpo. Sus movimientos brillan en la oscuridad. Todavía se está limpiando el olor a muerte de la noche anterior. A su lado: huesos turbios.
IV
¿De qué morir si no dan a escoger? Encerrado en esta jaula pasan mis días uno tras otro y solamente los huesos que sostienen mi esqueleto saben reír, saben contar cada minuto que transcurre y deja la huella impresa en estos ojos llenos de muerte.
Observo el movimiento de las sombras que rodean la luz casi apagada por los gritos de odio. Dan vueltas y vueltas con la misma sombra que me persigue con la guadaña en las manos y mi nombre en sus ojos:
¡Tigre!, ¡Tire!.
V
Camino por esta calle sin saber el final. Solamente mis huellas reconocen cada paso que se añade al reloj muerto por los zarpazos del sol. Tic tac, avanzo sin detener mi ritmo, sin detener la mano que cierra el candado en esta jaula de un solo sentido; gotea, gotea y cada música se quiebra en los colmillos de las puertas mordidas y manchadas de sangre: furia muerta al otro lado de la luz.
VI
¿Por qué mirar a luz si no la merezco? En esta caja hasta la sombra se ha encerrado en ella misma, ha perdido la llave que abre la noche sobre este espejo. En una esquina el ojo de tigre observa: cae la sangre de aquel cuchillo sobre la mesa.
VIII
En ese árbol los ojos de la tarde esperan la cabellera de los años. Un paso, otro paso y la espera se prolonga. En el suelo las hojas manchadas de rabia se revuelcan. Una que otra sombra se quedó en aquel lugar donde el fuego está sobre las ramas.
Árboles arañados, gajos quebrantados: es allí donde la agilidad y la experiencia muerden el hueso sin carne que ha dejado la muerte. Seco el río de odio, el tigre se lava las garras con sangre.
VIII
He caminado por la orillas de la muerte. es como darle un zarpazo a a luz y tratar de agarrarla, como sacarle los ojos, romperle un brazo o arrancarle la lengua y tirársela a la noche entre barrote y barrote. En este vaso las gotas de fuego queman mi sed. Han calmado el brillo de la noche que ahora alumbra ese callejón oscuro: cierro las puertas de mi nombre en este reja de palabras.
IX
Observas tu cuerpo en aquel lugar donde hasta la sombra más rara queda inmóvil. se petrifican tus huesos, se pudre tu carne. No hay movimiento alguno que trate de mirar los ojos del odio dentro de esos hoyos negros donde la muerte vaga con una llama en las garras. Me pregunto si acaso esa es la posición que se merece. A veces esas nubes oscuras que rodean y merodean tu nombre se desvanecen con los golpes del reloj.
X
La noche se mece en esta hamaca de huesos rotos. La acompaña el esqueleto del día que se despedaza sobre el reloj: se han doblado las manecillas que pasan por cada ojo humano y atraviesan las venas en los costados de mi cuerpo. Avanzo sobre ríos llenos de oscuridad y sombras secas en cada esquina de esta hoja.
ÁNGELES MUTILADOS
De la fuente de los años
nace el ángel que llevamos dentro.
I
Tiene la cara manchada de sangre. Le han cortado la garganta, los brazos y lo colgaron del candelabro. Gota tras gota derrama la sangre sobre el piso: No ha lavado sus pinceles el asesino, en la bodega, los cuerpos mutilados se pelean los huesos de la muerte. En cada cuadro el río perdido fluye sobre la tela nítida: largos navajazos lanza el hombre de manos muertas.
II
Ángeles muertos en vida sobre los espejos negros de la noche, ángeles tirados en las puertas y ventanas de las casas y las almas en descanso. Si ángel fuera aquella persona que por nombre vive, ¿cuántos habitan en este mundo donde la hoja de un árbol se desprende en agro vuelo y palpita aún sobre las piedras?
III
Una hoja que se arruga, un vidrio roto son los brazos de la muerte. En la puerta la noche espera ser vista por el día; cae del armario la sombra que esconde el silencio tras a los espejos. Más allá, el pozo de los cien años se acaba. Se le han desprendido los hombros y esa corbata que sube y baja hasta el fondo de sus ojos, ojos noche, ojos acabados, si lágrima alguna.
Se muere de sed.
IV
¿Tengo qué obedecer lo que dice siempre mi mano, agarrar el fuego cuando esa estúpida quiere? No, desde ahora siempre haré lo que yo me ordene. Si voy a tomar el libro, le arrancaré las alas y las plumas; voy a ignorar que tengo dedos y sólo los ojos se arrastran sobre mis brazos. Y cuando por primera vez sientan la suavidad de esta mujer dormida…
Ah, entonces retiraré lo dicho.
V
Todas las tardes el sol araña las paredes, camina por esa calle frente a mi casa, esa calle que dobla los codos de cada esquina. A lo lejos, la sombra de aquel niño que juega sobre la acera con una cuerda de luz. Este reloj agoniza: el tic, tac sobre mi hoja marca las palabras. No escribo, muero.
LLUEVE SOL
En la tarde llueve sol sobre las calles, mueren entre la sombra; es el fuego de mis venas que se retuerce en esta línea:
paseo por la ciudad de alfombras empedradas.
En el tope de la esquina se sienta la noche, tropiezo con las palabras de este verso mientras el dedo de la muerte marca las horas en lo alto de esas paredes; golpea, golpea: se ahogan los minutos en el fondo de esta copa de vino.
DETRÁS DEL SUEÑO
Detrás de la ventana duermo son tomar el sueño en mis manos, sin decirme una palabra; donde las alas del colibrí cuelgan de una telaraña donde el cuervo hace su nido de huesos y calaveras;
allí donde duerme el tiempo.
Ah, mariposas, frágiles son los silencios que te desplazan entre las líneas del horizonte; ignorantes son las huellas en la corola de esa flor, flor grisácea, angustiada de vivir al borde de la luz en cada verso, angustiada de ser aroma embriagante del tiempo.
MI VIDA ESTÁ EN AQUELLA GOTA DE ROCÍO
La vida está en aquella gota de rocío donde un rayo de luz se vuelve piedra cada mañana. Sin puertas, sin ventanales, encerrada en la oscuridad busca la salida, un camino de huesos, un camino roto de mi silencio.
Mi vida está en aquella gota de rocío, casi muerta con un pie sobre la raíz de esta línea: avanza, no avanza; piensa el momento de caer en este mundo muerto.
Dentro de este vaso se pierde la luz se ahoga como una estrella en el espacio, como un reloj dentro de su tiempo.
Solamente vivo, existo en este círculo sin predefinir el lugar, la hora. Sinceramente soy un segundo de cada minuto, soy el inicio del día y el final de la noche; sin embargo yacen de raíces más raíces y del agua más des: no se pierde aquella sombra por más despacio que avance; nos detenemos nosotros, a veces a divagar por los distintos caminos que nos conducen a o inexplicable, al sueño desconocido por la claridad del día, a ese lugar donde el silencio no existe, donde el jardín de los pecados es aplastado por la viva mirada del ojo sabio.
Nos detenemos a probar la rasposidad de las piedras, a lamer los contornos de los vidrios rotos, nos detenemos a ser nada.
El cuerpo vive así como vive la poesía dentro de un espejo, prisionera de su fantasma: oscuridad con hambre de poema.
VI
Frío es el cuerpo del silencio,
frío es el río invisible de mis sueños,
fría es la luz,
la oscuridad,
frío es un instante en el reloj;
el cenit,
el nadir:
caliente es la sangre que nace del sol y cae sobre mi cara.
A veces toco la tarde,
luz nítida sobre el jardín,
girasol angustiado.
Afuera,
el tiempo aguarda sentado en la banqueta.
Oye cruzar el día,
escucha llegar la noche:
guarda el canto de mi verso.
Fluye el río sobre mi mano,
fluye la sabia extraída de las noches,
avanzan mis alas,
avanzan las sombras en cada esquina:
se ha muerto el día:
he muerto yo en este libro de cera.
AL FILO DE UNA GOTA
Observo la guitarra
la tomo del brazo
y vago con ella en la intensidad
Pájaros de luz
se posan en sus ramas
una por una sus agudas hojas
caen esparcidas por el viento
¿Puedo en la guitarra
tocar lo oscuro de la tarde?
Sobre el filo de una nota
pongo mis manos
palpo el contorno de su cuerpo
y me hunde una gota amarga
Desde el fondo del pozo
grito
un rayo de luz inmoviliza al silencio
MI SOMBRA
Estoy aquí,
en la ventana
donde la tarde se escucha
y el reloj avanza sobre las calles como una piedra.
Un foco en la esquina alumbra un rincón de la tarde,
descubre el crujir de las hojas,
marca el inicio de la noche.
En la banca
la señora de ojos vacíos espera,
su cara
oculta por la sombra
corta los rayos de luz que la tocan.
VERANO
El olor a robles cubre mi ropa
todos los ecos
ahora duermen,
el crujir de las hojas
no es el mismo;
una y otra vez
mi mano agarra el lápiz en este salón
donde las ramas del árbol se dejan poner
estrellas
y el sol te enseña sus brazos,
mientras las sombras duermen sobre mi hoja.
PARVADAS
Nubes de pájaros emigran sobre mi hoja
una ola de flechas rompe el viento
se torna gris
En las ramas secas
el pájaro muerte se derrumba
sus agudos ojos detienen el tiempo
a fondo
la copa del ciprés vacía
Una úñtima gota de vino moja mi lengua
se cuartean las paredes
y rompo los filosos vidrios del sol
La tarde tarda sobre el árbol
descansa
sus brazos se extienden
toma cada pueblo con sus manos
en el suelo
en los caminos
recoge cada minuto
cada segundo que separa su viaje
Las sombras empiezan a crecer
baja en vuelo mis palabras
y se posan en estas líneas
EL MAR
Una gaviota se aleja.
El horizonte delínea
la formación de unos ojos sorprendidos.
Oscurece:
veo las orillas,
el borde
de unos labios que se quejan.
HE MARCADO MIS HUELLAS
He marcado mis huellas en la arena,
grises y muertas descansan.
He puesto piedras en mis manos
y cadenas en los pies
mientras entierro el siseo de las olas
y arrastro el sol sobre mi hoja.
He marcado mis versos sobre el sudor del lápiz,
corté mis brazos
y descendí al fondo
donde los cristales cortan
un mundo muerto
al que sólo las almas si piernas muerden.
FUENTE
Esa fuente bajo el árbol moja la sombra de los años
que caen sobre ella,
al fondo:
el pájaro de la noche canta,
canta el viento muerto,
canta el poeta que descansa entre el ojo marino
y observa las hojas del libro, ese ojo que marca
los caminos del pueblo con la primera letra de mi poesía.
Oh fuente,
mujer dormida que llora la soledad de sus calles,
llora el día que se despide de este pueblo.
CON TINTA NEGRA
I.
Deja que mis pensamientos
te construyan sombras
del silencio y la noche
siente el vuelo de mis palabras
y los escorzos de mi mano.
Escribo,
la noche toca
los bordes del alba.
2.
La penumbra de mi mano
se refleja en esta página.
El eco de las sombras
rompe el silencio.
Corto las raíces de mi vida.
Se cae el sol,
mi luz tiembla.
Soy nube,
lloro sombras
mis manos sangran,
se llenan de alegría.
Sólo el tiempo las entiende
.
DOS DESEOS
1.
Pájaro,
botella del viento,
frágil nube de plumas,
mis ojos te observan.
2.
Abro mis manos,
nace la vida,
en ti descansa la muerte,
se caen tus pétalos;
en el fondo:
la flaqueza humana.
El esqueleto de una
mariposa
se posa en tus ojos
cuando el sol se pierde.
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