
1995
Omar Ortega Lozada
DUALIDADES "Ha de buscarme sobre los árboles y entre las nubes. (¡Fruto y color de la voz encenderá!) y no puedo esperarla: tengo cita con la vida, a las luces de un cantar. RECUERDOS a Carmela; mi abuela Mi abuela fue aquel árbol que danzaba en la noche de frescos recuerdos. De niña apetecía jugar con los pájaros: hijos alados de sus ramas; los acariciaba tiernamente en las tardes cuando el sol era degollado por el horizonte. Ya después, cuando nací, una a una le recorría las hojas del vestido, trepé la enredadera de sus brazos -un ave más amamantado por su canto- y conocí su arrullo. Ay, esos días de vida de la agilidad de sus movimientos, que atravesaban su verde cabellera. Ahora, las palabras le han comido los labios. Ya no es la misma contadora de duendes, de lluvias que reverdecían sus pensamientos. Recuerdo a las tormentas desnudar su cuerpo, pecados, otoños donde renacía su corazón marchito. Su rostro me recuerda las hojas de su vestido, los cabellos: procesión de hormigas mansas peinándole la espalda su corazón la cigarra convicando la lluvia que todavía me moja. Antes daba miedo perderla, ahora... Ver su alma convertida en la silla en que me siento en la mesa donde como, en el bastón donde se recargara. Miedo de verla encorvada estatua que llora con el viento a la vida, su arbolada figura preguntándome que fue de nosotros... Lloro, lloro, para que estas lágrimas hagan retoñar su tronco. TULIPANES A Mónica. Hay más soles que de costumbre. Están alegres se mueven al vaivén del viento les acomoda la luz donde los acaricia. Estos son distintos al de diario. Nacen dentro de los verdes del patio de mi casa en cada amanecer se multiplican, el rocío de la noche los enciende. Otros mueren con ella. Me doy cuenta de eso pues sus rayos se deshojan con el viento que los arrastran y llegan al rostro de mi hermana; quizá ella sea un sol, pues la luz sigue sus pasos con un tulipán que cuelga de su oreja. LA SELVA Alguien dice que la selva es un jaguar. Será porque sus fauces nacen de la oscuridad de sombras amontonadas por el olvido. Tal vez porque sus colmillos atraviesan el follaje para matar a su presa entre desgarramientos luminosos. La verdad sólo la saben quienes mueren en ella; la verdad está muerta. Nadie sabe cuándo se enfadará, ni por qué lo hace, sólo vemos venir una tormenta para que desate su furia. Algunas veces se devora a sí mismo, otras, logra su objetivo. A lo lejos se hincha el horizonte. Guardaré estas líneas para que no las devore. * * * Aquella multitud que se ve a lo lejos, viene a reclamarnos sus vidas. Nosotros, hijos de la noche, mutilamos sus cuerpos para saciar el ansia de vivir, más no sabemos de nuestra muerte. En esa proseción se ven los muertos hechos por nosotros. Los vivos, reclaman sus sombra y preguntan el por qué de nuestra furia; si lo supiéramos... no habrían mesas, ni sillas, tampoco casas desechando oxígeno, de ese olor a madera cubre que todo y lo envuelve como la tierra a sus hijos. Esa es la única explicación más ellos no entienden. Mejor, la dejaremos tatuada en estas hojas: últimos resquicios de sus cuerpos que nos alegra el alma. DESDE LA MISMA LLAMA 1. Dentro del ruido nace el silencio. Bajo el sol quemante los cantos se posan en el verde horizonte que se agranda con el contorno de las ruinas, donde la iguana en piedra enmudece y la boa le sirve de collar a los árboles. Ahí viven las mariposas: manos que acarician al viento, y revolotean entre ruidos, los calman y se posan bajo las llamas de este silencio. 2. Se escucha el otoño en el suelo. Si estos verdes tuvieran corazón la muerte no rondaría en ellos. Ecos, ruidos y más ruidos atrapan las pisadas. Se abren las piedras para escucharlo todo entre los musgos. El viento acomoda los ruidos, todo es bulla, tal vez no lo escuchen ni lo entiendan pues están en estas sórdidas palabras. 3. Una gota desfigura a quien se ve en el espejo. No es sólido, quizá sea líquido este pensamiento. 4. Esta voz no es mía, ni de aquellos que vuelan y cuelgan de las ramas, ni de las hojas que se agitan para quitarse el último cristal de la tormenta, ni del suelo que cruje sin estar seco, ni del viento que se reproduce entre los árboles. Esta voz no es de nadie; sólo del que la escucha. 5. Bajo la tierra se hunden más sus venas, de ellas brotan sombras movidas por el viento embriagadas por su ser. Este silencio a nadie pertenece, la lluvia se clava en ella: daga que nos mata a lentos golpes como las pisadas del jaguar en busca de su presa nuestros corazones. 6. De niño, soñaba en columpiarme en los espirales de la boa, pasar entre los garfios de las hojas, atravesar sin miedo el silencio oxigenado que nos asfixia. Quizá esta inquietud de vivir entre sombras me haga andar en estas líneas para buscar un resquicio de su alma, en canto de un pájaro, las plumas que brotan de los árboles. Tal vez, si hubiera nacido antes, mi corazón sería verde: hoja de quetzal que cuelga entre su vuelo fingiendo ser un río.
DEL SUEÑOS SON LAS RAMAS DEL RELÁMPAGO "...me desboco en el horizonte donde galopa el sol; sus rayos se ramifican en mi cuerpo." Elsa C. Chargoy L. 1. Sus ramas iluminan caminos. 2. Este cuerpo de mujer yace putrefacto ante la mirada de la luna. La sangre que corrió sobre ella me ha cegado la vista. El gruñido de un jaguar ensordece la memoria y disuelve los huesos en el miedo, sus venas me han cubierto de luz; más no puedo desatarme de la lluvia. (La noche está de fiesta; el baile empezará con la tormenta). Con lágrimas se forman estos cuerpos de mármol. Quien sabe si la muerte nos empiece a recorrer los huesos, a mancharnos con su risa las pestañas, a enlodarnos la cara con sus manos. Me reflejo en la sombra que provocan los árboles, sus frutos palpitan allá arriba colgados como peces en las redes de la nada. Alguien que escuche estas palabras que las cubra de las garras del relámpago, pues soñé que mis venas se apagaban en la lluvia. (Ha empezado el sacrificio, los primeros cuerpos muestran a gritos su médula). 3. oí la sangre de tus venas: empezará a llover en estas páginas. 4. Máta a gritos tu silueta, sácale los ojos, el llanto, los sueños, la luz de su mirada. Línchala con cantos de venas erguidas en los árboles, regocija con tu insomnio la violencia que desatas volviéndote la noche. Un papagayo en la tormenta me ciega la mirada, calcina mis venas, y desde hoy... viviré enraizado en los colores de la luz. (Trato de buscar espacio en tu alma, pero tu mano me detiene; no la encuentro, camino en tus venas para saciar mi sed de soles; estoy ciego, más no entiendo; tu presencia me refresca). 5. Quien sabe si la lluvia empiece a estas horas, mi corazón es potro desbocado. Cada célula del cuerpo se deshace en miedo -tiembla-. Tal vez hagan daño los sueños en exceso Dejaré flores a la noche, ya no arrancaré con la mirada las estrellas, ni tampoco buscaré la luz que me acompañe, pues la muerte me ilumina, soy camino, veo a los árboles enraizarse con el cielo. 6. Este río de luces juguetonas me invita a pescar en lomos de sus potros, tal vez llegue a su delta, donde enhiestas las crines al galope iluminen cada célula, tal vez la nervadura de una hoja me atrape; por hoy en un árbol nacen aves, tal vez las venas de este río son el reflejo del relámpago. UNIR ESPEJOS 1. La lluvia, en su largo andar por estos rumbos, dejó relámpagos. Tiempo después; la luz de sus retoños me oxigenan. 2. Unir cielo y tierra es difícil, para el relámpago; no. Cada vez se reproduce al mirar su silueta convertida en cauce que lo llevará a su destino: poner y quitar vidas marchitas. Me pregunto si los árboles harán lo mismo. Tal vez, aquellos que amen a la muerte, sufren la tendencia de enraizarse con el cielo. Son un monumento a la lluvia, pues los pájaros no anidan en ellos, ni los niños trepan sus ramas para después reír en el salto. Ahora da miedo tocar su piel que se desgaja con el silencio de una mirada, o simplemente acercarse a ellos. Quizá no se muevan nunca, porque de hoy en adelante pasarán a la historia en esta hoja.
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