
1989
Raúl Rico Guido
I Una flor pone mariposas en la madrugada y adorna con luciérnagas dormidas el espejo del silencio. La lluvia empapa mis lágrimas y temen los sentidos verse descubiertos en la hoja: la pido a la luna cuide el lápiz que pone piedras en lugar de flores. II Estoy sentado en la esquina del poema contándole las ideas al tiempo. Las escribo, las leo, y no le encuentro ningún sentido a sus palabras; en realidad, las horas pasan sin nombre, sin decir una mirada o respirar un aplauso. III El lápiz estornuda en mis manos los versos de la muerte, en ella se ven sus pensamientos olvidados en los huesos del poeta. IV Sólo de pensar que el poeta encierre al tiempo en el baúl de la muerte nadie en el mundo viviría de él, ni los relojeros, ni el árbol, ni la vida, que con una sonrisa en los dedos recoje del mar una botella. V Cuando uno se va sin decir adiós es como dejar, entre el pelo, una migaja de tinta con sabor amargo; pero lo principal es por qué se va y a dónde se va. Tal vez recorra ese camino con mi lápiz manco. VI Tengo mis ojos llenos de rumores, quiero encontrar mi aliento de poeta que sale a respirar su infancia, juega con la noche, se duerme y retrocede al tiempo. Sólo me queda esperar un recuerdo nocturno, una flecha de preguntas con una sola respuesta: tu odio. VII Siento ganas de contarle los dientes a la poesía, sacárselos dulcemente y ponerlos en la hoja del tiempo. Quiero tener al verso delante de mí, quitarle uno a uno los cabellos del insomnio. Me siento incómodo ante la mirada inquieta de la noche le extraigo los ojos, con mis dedos contemplo en su oquedad un dolor irreconocible. Tomo la hoja del poema para seducirla bajo la almohada. VIII El frío no tiene la culpa de mi miedo, de mi tristeza, tampoco de mi locura por la noche, por la muerte, menos de la tristeza en mis dedos; pero sí de poner en mis oos tinta del deseo. IX Interrogo a los espejos, éste soy yo, sí, soy yo, e que escribe las letras en el viento y devora el cuaderno con la vista, lo desgasta y silenciosamente hace borrones sacudiéndose el dolor por la pérdida de una palabra. Bajo las escaleras de la noche, busco mi otro yo, lo encuentro; está escribiendo jeroglíficos de insomnio; tiene entre sus dedos el lápiz corroído por el sueño. X La poesía duerme colgada de un poste, se emborrachó por tomar versos de hormigas, ni tiempo tuvo de quitarse los zapatos pero no le importa porque juega con la noche para forma mi sueño de palabras. La poesía duerme colgada de un poste, la luna le espanta los mosquitos que zumban imágenes muy cerca. En sus sueños, la poesía arranca las pestañas del lápiz lo muerde, lo saborea, le quita las espinas y le cuenta las muelas. Al día siguiente, en la escuela sumamente cansada, la pone parches a la ignorancia. XI COPA Vaciando su alma hasta el abismo de su estómago veo cómo copa a copa se va contemplando hasta las ojeras su vida se refleja hasta tener en el fondo la copa como un simple hilo de insomnio que rompe y termina en la base de su existencia XII ¿Cómo saber lo que es vivir?, si estoy vivo lamiendo las patas para sacar las pulgas de mi estómago que como el silencio carcomen mi cerebro y me impiden conocer el olor de la vida. Cómo saber lo que es un humano, si vivo con ellos, mirando su vacío en los ojos de la botella, al sentir mi presencia, él voltea, me sonríe; muevo la cola, pido una limosna de cariño, sólo encuentro cincuenta centavos de miseria, ojalá pudiera comprarme un hueso, bañarlo a lengüetazos para así tener más que una vida de callejero. Y la muerte no se espanta con mi sombra. XIII La cara de la luna moja sus cabellos, humedece sus pestañas todavía dormidas, no consigue despertar bien ahora se pone a preparar su cena; estrellas al ojo de agua, murmullos a la sartén nubes al vapor y su platillo principal: sílaba con limón y jugo de poeta serenado. XIV Sacudiéndonos todavía el polvo del sueño, esperamos entre risas al maestro; entra con lagañas en los libros, enfadado, aburrido de tanto masticar letras. Todos callan ante sus regaños; yo me escondo en la silla, la mirada me baja hasta los dedos y mi cuaderno se quiere escapar del salón de clases. XV La filosofía golpea al tiempo, a la vida, no quiere estar separada de su ser para justificar su amorío con Platón, Descartes, Aristóteles, Santo Tomás, Kant, Hegel y Marx; quienes la desvistieron, le extirparon los riñones el corazón, su cerebro, le contaron las uñas de sus horas los dientes de si existencia hasta llegar al extremo de decir: "EL HOMBRE ES PRODUCTO DE LA FILOSOFÍA" Por qué no pensamos que el ser cambia sus dólares por pedazos de hombres marxistas, por pensamientos orgásmicos por pesos devaluados en los calcetines y por gargantillas de estudiantes con ideas gastadas. XVI Se reducen a escombros mis apuntes, no encuentro la secuencia de mis números: el dos golpea al cinco, de raíz se arranca los cabellos la impaciencia; el cinco divide al cero, el tres se disfraza de incógnita, el lápiz trata de poner en orden sus ideas para localizar el intervalo que silenciosamente se escapa con una definida línea de puntos suspensivos, quienes a su vez le buscan su enfermedad al siete para una operación matemática; la familia diez pronto elevará al cuadrado su vida. ¿Será parecido a la madre o al padre? No lo sé, sólo el murmullo del pizarrón será testigo del amor por la aritmética.
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