EL UNIVERSO EN UNA GOTA DE ROCÍO

1996

(Texto leído en la presentación del libro de haikú de los niños y jóvenes de Bacalar)

Ramón Iván Suárez Caamal.

Basho en bambú
trazó una mariposa.
Vuela su tinta.

Para algunos escritores el universo cabe en una gota de rocío. También miran el infinito en los ojos de un gato cuando resplandecen en la noche. Así Jorge Luis Borges descubrió el ALEPH, punto de confluencia de todos los sitios, y otro iluminado, José Lezama Lima, el TOKONOMA.

De modo similar el haikú es una llave que nos permite acceder al ámbito donde el vacío ocupa la materia y el tiempo se detiene gracias al estado de iluminación poética que en tan breves límites se produce. Imaginemos los jardines Zen de Japón: unas pocas piedras, unos pocos trazos, dos o tres árboles sugieren el vasto mundo. Frente a ellos podría decir:

JARDÍN ZEN 

Las rocas ocupan 
el sitio que les corresponde
y la primacía de una cumbre
no tiene importancia
frente a la precisión de lo breve.
Dos o tres árboles 
o ninguno,
tal vez la brisa que recuerda
a los hojas del otoño.
La luna tiembla en el estanque 
y hay pausas donde se abisma el vacío.

Lo ideal sería 
gozar ante la página en blanco
-en su jardín Zen-
que el lápiz rastrilla.
Y así, detrás de las palabras,
hallar la permanencia.

Llega el haikú del milenario Japón y enraíza su bonsai en la lengua española. Conserva su carácter de miniatura -3 versos, 17 sílabas-. En ellos, la visión se ciega y habla con los otros sentidos: los del cuerpo y el alma transfigurados por el misterio en esta alquimia verbal y metafórica.

Si la libélula
tropezara en mis manos:
sol, tierra y cárcel.

Hay aquí una riqueza sugestiva propia de los que sueñan despiertos: el sol es el brillo de las alas de la libélula; la cárcel, las manos que la atrapan; la tierra, el color de esas manos. Y la libélula pudiera ser la poesía que las manos persiguen vanamente. Asoman otras interpretaciones, tantas como lectores.

Fue Mastsuo Basho quien elevó este género poético a su mayor altura, aunque hubo otros cultivadores no menos notables: Sokan, Buson, Issa, Shiki. Matsuo Bonefusa adoptó el seudónimo de Basho porque sus discípulos lo llamaron con el nombre de un árbol muy apreciado en Japón. Y bajos sus ramas atendieron sus lecciones de amor a la naturaleza. Los puedo imaginar caminando por el bosque detrás de su maestro o sentados en torno a él. De improviso una libélula se posa en su rama, el más avezado de sus alumnos exclama:

Exenta de alas
esa roja libélula
sería vaina
.

A lo que el maestro responde: ¡No! ¡No!, y corrige:

Si un par de alas
brotaran a esta vaina
sería libélula
.

Esto, porque la poesía torna ágil lo estático, vuelve hermoso lo cotidiano. El haikú " crea, con una descripción concisa, cierto estado de ánimo". Evoca, a través de una imagen todo un mundo de sugerencias, captura en el instante los astibos de eternidad.

Octavio paz, al comentar esta forma poética breve, asienta:

Desde un punto de vista puramente retórico el haikú se divide en dos partes, separadas por una palabra cuchillo: kireji. Una da la condición general y la ubicación temporal y espacial del poema(otoño o primavera, medio día o atardecer, un árbol o una roca, la luna, un ruiseñor); la otra, relampagueante, debe contener un elemento activo.Una es descriptiva y casi enunciativa; la otra, inesperada(...) El haikú se convierte en anotación rápida, verdadera recreación de un momento privilegiado: exclamación poética, caligrafía.

Ejemplifico:

Elemento descriptivo o enunciativo: La telaraña.

Elemento activo e inesperado: es el hilo de plata/que teje el viento.

Es la atmósfera espiritual, sin embargo, la dádiva del haikú al Occidente. Detener nuestra vertiginosa vida diaria para contemplar una flor que aroma la orilla de un estanque, armarnos de saludable paciencia para recorrer con los ojos del alma los hilos de la telaraña que se irisa con el sol mañanero, degustar la gota de miel de sus tres renglones, qué satisfacción para nuestro cansado tráfago diario que este prodigio de orfebrería verbal que nos legó Japón y aclimató en México el poeta modernista José Juan Tablada.

Escribir haikús apacigua. Para crearlos hay que ejercitar una aguda observación, paciencia y agrado por plantas, animales y paisaje. La simplicidad rinde los mejores frutos; la metáfora debe emplearse moderadamente. Basho definió el haikú de este modo:

Es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento.

Y en el momento en que escribía estas consideraciones bajó una mosca a la página llena de tachaduras, flechas, enmiendas y asertos. La mosca es un haikú viviente, ubicua criatura de la muerte y de la vida. Recordé uno de Gabriela Rábago Palafox:

Caligrafía
camino de la mosca
sobre la tinta.

Y encontré uno más de Shiki:

¿Venís a picar
mis ojos aún con vida?
¡Moscas, callad!

Escribir haikús es abandonarse a la contemplación: ver sin ver, estar presto a capturar una sensación, gozo franciscano de cantar a las criaturas de la creación, llegar al mundo por la escalera del vacío. Shiki, poeta más cercano a nuestro tiempo, aportó una serie de considerandos para los que cultivan este arte. Transcribo algunos:

× Sé natural.
× Ten en cuenta la perspectiva. Las cosas grandes lo son, sin duda,pero también las pequeñas pueden ser grandes si se ven de cerca.
× Un haikú no es una proposición lógica y no debe mostrar el proceso reflexivo.
× Sé conciso, omite cuanto no es útil.
× Haz acopio directo de material; no lo tomes de otros haikús.
× Emplea imágenes tomadas de la fantasía y de la realidad pero prefiere estas últimas.

Para los diletantes de la poesía o para los que apenas llegan a sus jardines son valiosos estos pétalos de la intuición.

Pócima del ensueño, la tomamos a cuentagotas y aún así, su efecto es profundo, placentero. El que los escribe lanza esferas multicoloras de jabón a los caminos del viento; el que los lee, persigue estas mariposas, estos colibríes de la palabra con el ánimo de dejarlos escapar. Apenas son el roce de unos labios o polvo de luna que impregna los dedos y el espíritu.

No resisto la tentación de leerles algunos que llegaron a mis manos y que sembré en la página:

   Para el murciélago / dormido boca abajo / el día es noche. 
   Sed de la llama, / sed de la llama un grito, / Ah, mariposa. 
   Traduce el agua / al oído del niño / versos de Issa.
   Puesto en palabras / quizá una flor sería / la faz del alma.
   Cáliz en flor, / también en un haikú / cabría Dios.

El haikú no se agota con la primera lectura. Sirvan estos comentarios como una invitación a leer los haikús de los niños y jóvenes del Taller Literario SYAN CAAN de Bacalar, quienes ofrecen su florilegio de voces frescas en este libro.


HAI-KÚ


Si la libélula
tropezara en mis manos:
sol: tierra y cárcel.

	Angel Ketz Chan



La mariposa
se ha guardado en mis ojos,
bebe mis lágrimas.

	Meztli V. Suárez Mc-Liberty.


La telaraña
es el hilo de plata
que teje el viento.

	Carlos Tun Ruiz.


Alas de seda
y el cuerpo de papel
la mosca quieta.

	Nathanael Gil Caamal


Las mariposas
llevan entre sus alas
flores, poemas.

	Gabriela Rosado Pool.


Llueven las hojas
de color verde: saltan
grillos de lata.

	Dalia Rosado Cupul.


Van las hormigas
con sus verdes sombrillas
al campamento.

	Nidia Sierra Flores.


Hoy las hormigas
acarrean migajas
para el diluvio.

	Efraín Méndez Santiago.


Llora la luna,
luciérnaga apagada
cayó en el agua.

	Gaspar Tox Chan.



Es en el tiempo
volador papagayo
la mariposa.

	Jorge Enrique Yam Yah.


Despierta al día
un alegre silbido:
es la cigarra.

	Zeidy López.


Pequeñas hadas
volaban por el aire
las mariposas.

	Luis D. Canul Suárez.


Sobre la tapia
el canto de los grillos
inquieta al viento.

	Alma Delia Sánchez C.


La mariposa
le sirve de antifaz
al arco iris.

	Citlalli Suárez Mc-Liberty.


Su cola mueve
-cometa japonés-
una libélula.

	Suemi Cocom Abam.


Pico de cobre,
móvil nieve en el sol
la fina garza.

	Rosa Mazaba C.


La garza blanca
es la novia del sol
esta mañana.

	Karina May May.


Las blancas garzas
son algodón en pluma
de las sábanas.

	Miriam Tejero Sosa.


Garza: señora
que remienda a los bueyes
sus viejos trajes.

	Luis González Hernández.


Garzas viajeras
a orillas de los ríos
en primavera.

	José López Ordóñez.


Una sábana blanca
tiene por vestidura
la hermosa garza.

	Cristina Flota Medrano.


Llegan las garzas,
los mangles del pantano
dan flores blancas.

	Ramón Suárez.


Garza: neblina,
fantasmas extraviados
cubren el alba.

	Trinidad Navarrete Tun.


El caracol
con su música azul
arrastra el mar.

	Omar Suárez Mc-Liberty.


Piedra hacia el mar
camina en su letargo:
¡Pobre tortuga!

	Omar Ortega Lozada.


Eclipse de mar
hizo sobre la mesa 
una langosta.

	Ricardo Briceño Millán.


Vagan las nubes
por encima del lago:
patos de jade.

	Amílcar Orellana Ramírez.


Para los pájaros
es un corazón triste
el árbol seco.

	Mabel Quinto Castillo.


Besa un instante
los labios de la flor
el colibrí.

	José Luis Rullán Lara.


Sin que lo sepa
está siempre de luto
el zopilote.

	Mauro Estrada Ramírez.


Amor del gallo,
le lleva serenata
al sol del alba.

	Hérbert Ic Rodríguez.


Un terremoto
provocan las gallinas
entre las hojas.

	Ma. Drucila Caamal.


Los carpinteros
de largo pico labran
una escultura.

	Jorge A. Can Caamal.


Del cascarón
brota un pollo amarillo:
el astro sol.

	Matilde Cornelio Canul.


Miro una piedra,
es un pobre pájaro
que ya no vuela.

	Daniel Cabrera Padilla.


Es aquel pájaro
el corazón de un libro,
memoria y viento.

	Adriana Cupul Itzá.


Pájaro y jaula,
notas envejecidas
que ya no vuelan.

	José Ortega Canché.


Tan sólo un pájaro
alegra mi corazón
en el otoño.

	Sandra Méndez Parra.


La selva huye,
en el brazo del miedo
se cuelga un mono.

	Reynaldo Rivera García.


Venado altivo,
¿retoñarán tus cuernos
de ramas secas?

	Nery González Cabrera.


Aquel venado
por cornamenta lleva
ramas cruzadas.

	Andrés Ruiz Acosta.


Inquieta ardilla
ocasos atraviesa
entre los árboles.

	Emma Ligia Rivero Ucán.


Cola del sueño
porque esta iguana piensa
que el mar dormita.

	Adriana Cupul Itzá.


Son dos montañas:
joroba del camello,
¿o el dromedario?

	Silvia Suárez Alcocer.


Luna y espejo
reflejan su mirada,
pasman al gato.

	Sergio Herrera Alcocer.


Es el zoológico
la selva encarcelada
en un gruñido.

	Gabriela Rosado Pool.


Luna creciente,
la sonrisa de Dios
asoma al cielo.

	Gabriel Aké Chan.


Llueve y hay frío;
me tapo con la noche
y tengo miedo.

	Guadalupe Fuentes Allen.


Cubre mis sueños
manto de lentejuelas,
hermosa noche.

	Diana Franco Padilla.


Laguna blanca
y un camino infinito:
luz de la luna.

	Ma. Antonieta Navarrete Tun.

Vi una montaña
de papel arrugado
bajo la luna.

	Emma Ligia Rivero Ucán.


La luna: libro
donde escribí mi canto
cuando era niño.

	Amílcar Orellana Ramírez.


Veo mi plato
en donde brilla hermosa
la luna llena.

	Reynaldo Poot Tec.


Sale la luna,
hasta los juncos grises
transpiran luz.

	Carlos García Santos.


Nube romántica
yo soy y te persigo.
Luna, eres mía.

	Cornelio Hernández Sánchez.


La madrugada
humedece mi rostro
con frías lágrimas.

	Luis Manuel González Lemus.


Encuentro en sueños
felicidad de vida
en esta muerte.

	Luis Miguel Medina Ramírez.


Querida Muerte,
revela tu secreto:
¿quién es quien sigue?

	Meiser Omar Toox Granados.


Viento de invierno,
corazón insensible
de voces blancas.

	Elsa Citlalli Chargoy L.


Las nubes llueven.
¿Acaso será Dios
que está llorando?

	Genaro Chay Poot.


Lloraste, mar.
Con una hoja en blanco
seco tus lágrimas.

	Tania Sol Portillo Martínez.


Un alma en pena,
el reloj del bolsillo
sangra minutos.

	Elías Montes Peña.


Aquellos lirios
que en el agua dormían
hoy son olvidos.

	Nelson Buitrón Zárate.


En una jaula
doy resguardo a mis penas.
Las han robado.

	Tomás Euán Witz.


Surcas el cielo,
caballo de madera,
entre relámpagos.

	Ana Aguilar Méndez.


Busco en las risas
de la alegría ajena
mi dicha eterna.

	Luis May Canché.


En ambos lados
la luz marca su luto:
es la tristeza.

	Amador Domínguez Vázquez.


El árbol ama
la historia de sus hojas.
Más tarde, nada.

	Bárbara Domínguez Cortés.


Aquellos árboles
han alcanzado el cielo
con sus miradas.

	Surelly Salazar Acevedo.


En la neblina
los árboles dormidos
visten de blanco.

	Natividad Cocom Abán.


Árbol amigo,
tu dulce corazón
se abre en astillas.

	Omar Suárez Mc-Liberty.


Árboles, lluvia:
vanas sombras que extienden
sus laberintos.

	Saúl Cruz Mora.


Árboles secos
explíquenle a la lluvia
que ya es inútil.

	Ramón Suárez.


Lluvia de hojas,
marionetas del viento,
rotos los hilos.

	Laila Medina Hick.


Las hojas secas,
pedazos de papel
que el viento juega.

	Carlos González Carrillo.


Es el naranjo
un árbol luminoso,
madura frutos.

	José Cortés Balam.


Llueve papel;
imagen engañosa
finge el otoño.

	Guadalupe Georgina Poot Campos.


Siempre tan solo,
el pobre espantapájaros
pide respeto.

	Miguel Sánchez Vera.

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