Durante 1998, la atención del Reino Unido y de sus ciudadanos estuvo centrada en el largo camino hacia el acuerdo de paz entre unionistas y republicanos en Irlanda del Norte.
El año se inició con una propuesta del primer ministro británico, Tony Blair, para la autonomía de Irlanda, y con la reanudación de las negociaciones en Belfast en un ambiente ensombrecido por asesinatos de católicos y protestantes. A principios de abril, los primeros ministros irlandés, Bertie Ahern y británico, Blair, llegaron a un preacuerdo basado en el plan de paz presentado por el mediador estadounidense, George Mitchell.
Los unionistas rechazaron en un primer momento este plan de paz, que contemplaba el establecimiento de una Asamblea para Irlanda del Norte elegida por sufragio universal, la creación de un consejo Norte-Sur que regularía las relaciones entre las dos Irlandas y la modificación de algunas disposiciones constitucionales de Irlanda y del Reino Unido. Sin embargo, el 11 de abril, los primeros ministros Blair y Ahern anunciaron que los representantes católicos y protestantes habían llegado a un acuerdo que se sometería a un referéndum popular el 22 de mayo. En Irlanda del Norte, el Sinn Fein, considerado el brazo político del Ejercito Republicano Irlandés (IRA) aprobó el llamado acuerdo de Stormont, al igual que la mayoría de los partidos protestantes, si bien el clérigo Ian Paisley, dirigente del Partido Unionista Democrático, lanzó una dura campaña contra dicho acuerdo.
El 22 de mayo se celebraron las consultas populares. Más del 50% de los votantes que acudieron a las urnas aceptaron el acuerdo de Stormont. Este resultado, unido al voto masivo por al "sí" en la república de Irlanda, marcó la hora de la reconciliación después de 31 años de conflicto.
En consecuencia, Blair anunció la inmediata puesta en libertad de unos 400 reclusos a condición de que renunciaran a la violencia y, el 1 de julio, protestantes y católicos inauguraron la Asamblea d Irlanda del Norte elegida el 25 de junio, en la que se designó como ministro principal al dirigente unionista David Trimble.
El panorama se ensombreció nuevamente por algunos sucesos lamentables. El 2 de julio, paramilitares protestantes quemaron dos iglesias católicas, iniciándose con ello una escalada de actos de represalia, mientras se ponían en marcha los tradicionales desfiles de los unionistas. Ante la decisión de la Orden de Orange de atravesar en sus actos anuales el distrito católico de Portadown, el ejército británico tuvo que impedir la entrada cercando la zona. Millares de organistas rodearon durante varios días aquel distrito y hubo que lamentar algunos heridos en los disturbios con la policía. El 5 de agosto, un coche bomba estalló en una calle comercial de la ciudad de Omagh, con un saldo de 26 muertos y unos 190 heridos. La facción IRA Auténtico se atribuyó el atentado, aunque posteriormente lamentó su error en la colocación del vehículo y anunció una tregua. Pocos días después, el Ejército Irlandés de Liberación Nacional hizo pública su decisión de deponer las armas.
Blair Lanzó en abril unas primeras ideas para la reconstrucción del estado del bienestar, basada en el trabajo y la seguridad. Su plan ofreció protección a minusválidos e incapacitados y garantizó una remuneración semanal mínima por el trabajo a tiempo completo. A partir del año 2.000 se adoptarían medidas para obligar a los desempleados a buscar trabajo. Por otra parte, el gobierno presentó un plan con un costo de unos 3.500 millones de libras por el que ayudaría a encontrar empleo o facilitaría la formación de unos 250.000 jóvenes desempleados.
(Presidente del Sinn Fein)
(Fuente: El Pais. 20-09-98)
"Hace falta alguien que tienda puentes"
A sus 49 años, el líder del Sinn Fein se ha convertido en una referencia para algunos grupos nacionalistas europeos. En esta entrevista concedida a EL PAÍS en el castillo de Stormont reconoce que varios miembros de su partido han participado en discusiones minuciosas con dirigentes de Herri Batasuna durante los últimos días.
Si existe un hombre que ha servido de inspiración para la iniciativa de paz que dieron a conocer los partidos nacionalistas vascos el pasado fin de semana, y que parece reforzarse con el anuncio de alto el fuego hecho por ETA el miércoles, ese hombre es Gerry Adams.
El presidente del Sinn Fein, el ala política del Ejército Republicano Irlandés (IRA), ha desempeñado un papel crucial en el proceso de paz en Irlanda del Norte, y ha llevado la lucha nacionalista a la mesa de negociaciones después de tres décadas de violentos enfrentamientos con el Gobierno británico.
Todas las partes del
conflicto irlandés están de acuerdo en que la génesis del
proceso de paz actual se produjo en 1985, cuando Adams inició
conversaciones secretas con John Hume, el líder del Partido
Socialdemócrata y Laborista de Irlanda del Norte, una
organización que comparte el empeño del Sinn Fein en lograr una
Irlanda unida pero a la que da legitimidad, ante el Gobierno
británico, su enérgica oposición a la violencia del IRA.
Las 23 organizaciones
que firmaron la Declaración de Lizarra el fin de semana
pasado destacaron que el proceso irlandés de paz es el modelo
que deben seguir todas las partes que aspiran a una solución
negociada del conflicto vasco. Herri Batasuna, ala política de
ETA y principal impulsora de la propuesta de paz contenida en la
declaración, mantiene cálidas relaciones fraternales con el
Sinn Fein desde hace muchos años.
Adams ha hablado con EL PAÍS esta semana en el castillo de Stormont, el lugar en el que la asamblea recién elegida en Irlanda del Norte, un órgano legislativo creado tras largas y arduas negociaciones y en el que intervienen todos los partidos, celebró su primera reunión el lunes pasado.
Aunque confiesa estar
poco informado sobre los nuevos y espectaculares
acontecimientos en el País Vasco, reconoce que varios miembros
del Sinn Fein
han participado en discusiones minuciosas con dirigentes de HB
durante los
últimos días. Tampoco quiere abordar personalmente las
cuestiones concretas que suscita la Declaración de Lizarra.
Pero, cuando habla, comprende que sus
comentarios sobre el carácter y la evolución del proceso de paz
irlandés van a
interpretarse en el contexto de los intentos de emprender
negociaciones
entre los nacionalistas vascos y el Gobierno español.
¿Qué
enseñanzas puede
extraer el País Vasco de la experiencia
irlandesa?
Me parecería muy
presuntuoso por nuestra parte creer que podemos
enseñar nada a nadie. Al mismo tiempo, es cierto que pensamos
que los conflictos deben resolverse mediante el diálogo, y
también creemos que es preciso contar con la participación de
los gobiernos y las fuerzas de oposición. El gobierno tiene la
responsabilidad de demostrar su capacidad de dirección, y ésa
es -con toda modestia- la observación que puedo aportar, en la
medida en que la experiencia de lo que aquí ha ocurrido pueda
ser reproducible en otro lugar.
Pero
el presidente
Clinton ha afirmado que hay que considerar a Irlanda
como un ejemplo para todos los países encerrados en
conflictos violentos.
¿No cree usted que su modestia es un poco excesiva?
La verdad es que ninguno
de estos procesos ocurre por arte de magia. Se
producen gracias a una voluntad política. Si se piensa en
Irlanda hace unos
años y se observa el camino lento y doloroso que hemos debido
recorrer para llegar a lo que tenemos, puede verse que existen
numerosas dificultades, y todavía no nos hemos librado de ellas.
Hay que empezar por preguntarse ¿qué es la paz? ¿Cómo se
consigue? ¿Es cuestión de justicia? ¿Es libertad? ¿En qué
consiste exactamente? Así es como se desarrolló el diálogo
entre John Hume y yo. Hace tres años hablé con Karmelo Landa,
dirigente de Herri Batasuna y antiguo miembro del Parlamento
Europeo en representación del País Vasco. Me dijo que el
problema no era conseguir a un Gerry Adams, sino a un John Hume.
Fue una observación general que hizo. Espero que se hayan hecho
progresos desde entonces, y confiemos en que sea posible lograr
la misma configuración de fuerzas que hemos construido aquí
durante años en aquel conflicto, y que permita llegar también a
una solución democrática.
¿Puede definir a qué se refiere cuando dice «un John Hume»?
A lo que me refiero -y
no sé exactamente qué significa en el contexto de Euskadi y el
Estado español- es a alguien que esté dispuesto a apartarse de
la línea oficial, y la línea oficial, cuando empecé mis
contactos con John Hume, consistía en que el conflicto de
Irlanda era consecuencia de una conspiración criminal; que la
lucha por la independencia carecía de apoyos. Él y yo
llevábamos varios años entrevistándonos en privado cuando, por
casualidad, un periodista reveló nuestros encuentros, y Mr. Hume
salió a la palestra para afirmar en público que la forma de
resolver la situación era el diálogo. Habló porque la
política del Gobierno, por aquel entonces, no sólo consistía
en criminalizar la lucha, sino en marginarla, inmunizar todo,
hacer que no pudieran oírse sus voces en los medios de
comunicación. Se había menoscabado el derecho del pueblo a
elegir sus representantes. Se habían instaurado una serie de
leyes y se habían creado otras condiciones que resultaban
perniciosas, y los principales partidos de las islas apoyaban
esas medidas. De modo que a quien se necesita es a alguien, sea
de la iglesia, del Estado o de algún otro partido político, que
esté dispuesto a alzarse y decir: «Nosotros también somos
responsables de las circunstancias del conflicto,
tenemos la responsabilidad de impulsar la prioridad de la
política y de intentar
averiguar si esta gente es seria».
Si
se considera que
ese «alguien» debe surgir de dentro del sistema
político, ¿cuál debe ser su actitud política?
Lo que se necesita es
una persona que, por lo menos, intente tender puentes, alguien
que no tiene por qué estar de acuerdo con mis ideas políticas,
pero que
necesita aceptar que lo político es prioritario y el diálogo es
esencial
como medio de resolver el conflicto. He dicho en alguna ocasión
que hay dos formas de resolver conflictos. Un bando derrota al
otro, o hay un acuerdo negociado. El inconveniente de un acuerdo
negociado es que la gente emprende esas negociaciones sin que
ninguna de las partes haya cedido en sus posiciones. De modo que
la salida de que un bando derrote al otro resulta, al menos a
primera vista, bastante más sencilla. Nosotros ganamos y
vosotros perdeis. Tal vez no solucione el problema, pero al menos
lo aparta de la atención del público durante cierto tiempo. La
cuestión del acuerdo negociado -como puede verse con claridad en
el proceso irlandés de paz- es muy complicada. Por ejemplo, todo
el esfuerzo que está dedicándose ahora a la entrega de las
armas por parte del IRA. A mi juicio, lo que se necesita es que,
en algún momento del proceso, algo salga bien de repente. Hay un
momento en el que todo encaja, la gente se da cuenta de que no
van a conseguir que yo deje de ser partidario de la República de
Irlanda y yo no voy a conseguir que ellos dejen de ser
unionistas, así que no tenemos más remedio que hacernos sitio
unos a otros; eso, por lo menos, facilita la negociación
democrática del conflicto y permite que todos avancen hacia la
obtención de un acuerdo democrático global.
Habla
usted de la
criminalización del movimiento republicano. ¿Podría
definir, basándose en su propia experiencia, la
diferencia entre un
problema policial y un problema político?
Es que, para mí, la respuesta es tan obvia...
Sí, pero ha sido un
problema fundamental en Irlanda del Norte, y da la
impresión de que ahora el Gobierno británico se ha
convencido de que en
Irlanda del Norte no se enfrentan a un problema
policial, ¿no es así?
No, no. El Gobierno
británico siempre ha sabido que era una cuestión
política. No cometamos la equivocación de creer que el Gobierno
británico no se entera. Hace mucho tiempo que lo que rige la
política británica es la conveniencia. El Gobierno británico
estuvo informado en todo momento de la denegación de derechos
cívicos, humanos y democráticos que se producía aquí. Ésa es
la razón de que nosotros, el movimiento republicano, llevemos 25
años de conversaciones con ellos. Los encuentros se iniciaron en
1972. Empezamos a participar en ellos pocos meses después de que
las tropas británicas mataran a 13 personas en el Domingo
Sangriento. Y siempre, desde entonces, han existido contactos con
los británicos, siempre a instancias de ellos, rara vez de
nosotros. Es decir, que cuando los británicos afirman que esto
es un crimen o que es terrorismo están haciendo propaganda.
Cuando les ha convenido -durante las huelgas de hambre, durante
la fase que ha desembocado en este episodio que vivimos en la
actualidad-, los británicos siempre han mantenido el contacto,
las líneas de comunicación, con las mismas personas con las que
aseguraban que no iban a hablar, incluso durante la época de
Thatcher. Thatcher autorizó los contactos con nosotros. En mi
opinión, por tanto, la política británica en Irlanda ha sido
muy, muy oportunista. Han calificado el problema de terrorismo y,
por consiguiente, se necesitaba una respuesta en materia de
seguridad, cuando es evidente que se trata de un problema
político. ¿Y qué requieren los problemas políticos? Requieren
respuestas políticas. Ha quedado comprobado, a mi juicio, que la
opción de la seguridad ha sido un fracaso total. Hace años,
hace una década, afirmé que no había solución militar para
esta situación y que tenía que buscarse una solución
política. Este nuevo periodo, más razonable, ha sido posible
gracias a que emprendimos la iniciativa, porque nos interesaba
obtener un acuerdo de paz, tender la mano a la gente y decirle:
«No os limitéis a condenar, construid una alternativa. No
permanezcáis al margen, mostrad a la gente que hay una opción
mejor. Hallad alguna forma de construir una solución, un
acuerdo, una negociación». Por eso nos encontramos en esta
nueva situación.
Todas
las partes
consideran que el mediador norteamericano en las
conversaciones de paz para Irlanda, el senador George
Mitchell,
desempeñó un papel indispensable en el acuerdo de
paz de Viernes Santo.
¿Cómo calificaría la importancia de la dimensión
internacional en la
resolución de conflictos como el de Irlanda?
Desde luego es preciso
aprender de la experiencia que posee el resto del mundo. Hay que
recordar que, en nuestro caso, durante el periodo de gestación
de todo esto, Suráfrica estaba atravesando su propio proceso de
paz. Aprendimos mucho de ellos. Hace mucho tiempo que mantenemos
relaciones con el Congreso Nacional Africano. Estudiamos con
avidez todo lo que ha ocurrido allí. Y hay que recordar,
asimismo, que mientras se producía el contacto Hume-Adams, el
mundo estaba cambiando en su conjunto. La URSS acababa de
desintegrarse. Y la división era, al menos, un asunto abordable.
Había una cosa que estaba muy clara y que, para nosotros,
resultaba muy importante, que era posible cambiar cosas que
parecían esculpidas en piedra. Así llegamos a la conclusión de
que no había
nada que no fuera negociable. Al mismo tiempo, comprendimos que
era necesario buscar una función para la comunidad
internacional. Centramos nuestra atención en Estados Unidos
porque es allí donde tenemos nuestro público natural. Todos
aquellos que, por motivos políticos, económicos o de cualquier
tipo, se han exiliado a Estados Unidos desde hace cien años.
Salimos de nuestras organizaciones habituales de solidaridad y
ampliamos esa red hacia las empresas, los sindicatos, la
política, y de ahí surgió el compromiso del presidente
norteamericano, que fue tan importante porque suponía tener a
alguien de fuera involucrado en el proceso de paz, y acabamos con
un personaje tan extraordinario como George Mitchell metido en la
foto. En resumen, creo que es preciso tener un contexto más
amplio que permita sacar partido de la experiencia internacional
en materia de resolución de conflictos; y que es necesario
buscar aliados en la comunidad internacional para que medien en
la negociación de la paz.
¿Cuál es el
papel de Europa
en el proceso de paz en Irlanda? ¿Cree que
en el futuro, a medida que se consolide la Unión
Europea, ésta ayudará a
diluir algunos de los factores de división en
Irlanda?
Debería ser así. Gran
parte de la magnífica legislación social que tenemos
en este país procede de la experiencia europea. Además, creo
que no se puede tener una Europa unida con una Irlanda desunida.
No resulta lógico que haya dos Estados miembros en disputa por
un territorio nacional o por los intereses opuestos que produce
dicha situación. Por consiguiente, la UE puede tener una
función impulsora, y ha apoyado el proceso de forma muy tangible
y concreta. Incluso puede uno plantear una pregunta retórica: si
no son capaces de ayudar a resolver este conflicto, ¿cómo
demonios pueden creer que van lograr resolver otros como los que
hemos visto en Europa del Este en épocas recientes?
En
un proceso de paz
como el de Irlanda del Norte, o como en la
República Surafricana, parece haber siempre un
factor de esquizofrenia.
En el sentido de que, cuando uno participa en dicho
proceso, por un lado
está comprometido con los objetivos de su propio
partido político, su
propia causa; pero está llevando a cabo una labor de
equipo con personas
que tienen ideas completamente distintas, que son
rivales, pero con
quienes, por otro lado, comparte el deseo de alcanzar
un mismo objetivo.
¿Cómo se resuelve semejante dilema?
Es muy complejo, sin
duda. Lo que intentamos alcanzar ahora es una amplia
coalición basada en el acuerdo del Viernes Santo, que agrupe a
todas las
partes y permita avanzar, de forma que nosotros podamos mantener
nuestras posiciones republicanas radicales -porque,
evidentemente, no vamos a pretender que los unionistas las
adopten- mientras todos aceptamos los demás principios y
conceptos que se han negociado. Puede resultar muy difícil,
porque -tiene usted razón- se encuentra uno en un proceso de
negociaciones continuas. Creo que ocurre en todas las
resoluciones de conflictos, porque nos pasamos todo el tiempo
negociando: con nuestras propias bases, con nuestros miembros,
con nuestros enemigos, con nuestros rivales, con los gobiernos.
En un momento dado, estábamos negociando al mismo tiempo -sigo
haciéndolo- con la Casa Blanca, Dublín y el SDLP. En otro
momento negociábamos además con el IRA para obtener el alto el
fuego en primer lugar, y todo el tiempo hemos tenido que negociar
con nuestros propios miembros.
Parece
como si este
proceso de «negociación continua» estuviera
recogiendo sus frutos. Durante los diez últimos
días han sido liberados los
primeros presos políticos en virtud del acuerdo
firmado el Viernes Santo;
el ejército británico ha dejado de patrullar las
calles; la asamblea ha
empezado a trabajar. Todos estos hechos históricos
se han producido en el
ambiente ensombrecido de la bomba de Omagh. ¿Es
posible que Omagh,
donde murieron 29 personas hace apenas un mes, no
sólo no tuviera el
efecto de retardar el proceso de paz, como habría
ocurrido en el pasado,
sino que lo ha acelerado?
La bomba mató a
personas que eran de la propia ciudad de Omagh, a otras que
estaban allí pero eran de otras partes del Condado de Tyrone y a
varios
niños que procedían del Condado de Donegal, además de los
niños españoles, por supuesto. Creo que, en gran medida, la
dimensión internacional que tuvo el
impacto de la bomba y el sufrimiento de la gente, el sufrimiento
de las familias de los niños españoles que murieron, han hecho
-ojalá- que sea aún mayor la
necesidad de garantizar que algo así no vuelva a ocurrir jamás.
El
tren de la paz ha
aguantado el impacto de Omagh. ¿No hay ya nada que
pueda detenerlo?
En mi opinión, el
destino al que nos encaminamos es el de un acuerdo
democrático. No obstante, aún hay que vencer grandes
diferencias. Existen
intentos de volver a negociar el acuerdo de Viernes Santo. Se
están poniendo
obstáculos al derecho del Sinn Fein a ocupar puestos en el nuevo
gobierno. Si
conseguimos superar todas estas barreras, podremos avanzar con
rapidez hacia donde queremos. La mayoría de los miembros de la
asamblea creen que Omagh marcó un punto decisivo, y me gustaría
pensar que así fue. Martin McGuinness (segundo de Gerry Adams en
el Sinn Fein) estaba en Omagh a las dos horas de la explosión y
presenció toda la conmoción. Hoy ha relatado en la asamblea lo
que vio allí. He estado observando la reacción de los
unionistas y me parece que se han tomado en serio lo que decía.
Y lo que decía él era: «No confiáis en nosotros, ni nosotros
en vosotros. Nos tenéis miedo, y nosotros a vosotros también.
Sospecháis de nosotros, y nosotros de vosotros. ¡Pero esto va a
salir bien!» He
estado observando los gestos de la gente en la asamblea mientras
hablaba
McGuinness y me ha animado pensar que, si los dirigentes
políticos, los
partidos y los gobiernos, si todos nosotros podemos imitar la
prudencia y la generosidad de las familias destrozadas en Omagh,
seremos capaces de construir una Irlanda en la que esto no vuelva
a ocurrir nunca más.