AFGANISTAN

Afganistán constituye un lugar de aplicación de la geopolítica de las drogas por excelencia. El aumento durante toda la década de los ochenta de la producción de opio, relativamente modesta antes del estallido de la guerra en 1979 (entre 200 t y 300 t), se debe menos a las necesidades económicas de los mudjahidines que a la ausencia de un Estado capaz de controlar el territorio. Sin embargo, gracias a ello el Inter Services Intelligence (ISI) –los servicios secretos del ejército pakistaní–, puede alimentar los fondos secretos que le sirven para financiar las operaciones de desestabilización de India a través de las rebeliones sijs del Pendjab y musulmana de Cachemira. La producción pasó a otro nivel con la salida de los soviéticos y posterior acuerdo de Rusia y Estados Unidos de dejar de financiar, a partir de enero de 1992, sus respectivos protegidos, transformándose entonces en un verdadero nervio de la guerra para algunos comandantes que se vieron privados del apoyo de sus poderosos protectores.

A partir del verano de 1994, los talibanos –estudiantes de religión– hicieron una aparición fulgurante en la escena afgana, blandiendo el Corán, llamando a la paz y declarando la guerra a la droga. Pero ¿tienen la voluntad y la capacidad de terminar con la producción, que no tan sólo financia a los señores de la guerra, sino que les permite a cientos de miles de campesinos sobrevivir o rehacer su vida al volver del exilio?

 

El peso económico de un cultivo de renta

Hasta 1993, las únicas estadísticas disponibles eran las del Departamento de Estado, que calculaban, a partir de las observaciones de satélites y contra toda evidencia, en 690 t la producción de opio en Afganistán. Esta subevaluación apuntaba sin duda a hacer olvidar el silencio de las autoridades estadounidenses, y en particular de la CIA, ante el desarrollo de la producción en las zonas controladas por los mudjahidines durante la guerra de Afganistán. En la primavera de 1994, una investigación del Programa de Naciones Unidas de Fiscalización Internacional de las Drogas (PNUFID), basada en una recolección exhaustiva de informaciones de terreno, calculaba dicha producción entre 3.200 y 3.300 t. Una delegación de Estados Unidos en Viena, dirigida por agentes de la CIA, se oponía a la publicación de estas cifras. Desde entonces, Estados Unidos se refiere a las estimaciones del PNUFID, señalándose las reservas del caso en cuanto a la metodología utilizada para recoger las informaciones. Sin embargo, el Departamento de Estado se aproxima progresivamente a las cifras del PNUFID: 95 t en 1994 y 1,250 t en 1995.

Según el informe anual del PNUFID, Afganistán produjo en 1996 entre 2.200 y 2.300 t de opio seco (30% más liviano que el opio fresco). Los dos tercios –1.481,11 t– provienen de las provincias del sur bajo control talibano desde hace por lo menos un año: 22,34 t en el Farah, 950,82 t en Nimruz, 370,41 t en Uruzgán, 120,45 t en Kandahar y 10,76 t en Zabul. De acuerdo con el estudio del PNUFID, entre 1995 y 1996 se habría operado una fuerte baja en el Helmand (de un 34%) pero, en cambio, un aumento de cerca del 40% en Kandahar y de un 76% en Uruzgán. Al este del país, controlado por los talibanos desde septiembre de 1996, Kunar habría producido 0,36 t y el Nangarhar 697,82 t, una cosecha idéntica a la de 1995. La misma estabilidad relativa al norte, fuera del control de los talibanos: el Badajchán pasa de 60,15 t en 1995 a 65,68 t en 1996; la provincia de Balj (Mazar e Sharif), reducto de Rachid Dostom, que no había sido objeto de investigación los años precedentes, produjo 21,43 t. En resumidas cuentas, la producción habrá disminuido muy levemente en las zonas del sur en manos de los talibanos, lo que no puede achacarse a una voluntad política.

Estos dos últimos años, los talibanos han puesto el acento en las urgencias que deben enfrentar, en particular la consolidación de su base territorial. Así, su conquista militar, que se prosigue actualmente en dos frentes, al norte de Kabul y al noroeste del país, en la provincia de Badghis, ha relegado a un segundo plano los problemas tales como el del cultivo de amapola.

Ello es tanto menos una prioridad a sus ojos cuanto los molás talibanos consideran la producción de opio como una necesidad económica para las poblaciones rurales, que en ningún caso hay que pasar a llevar. La tasa tradicional del 10%, el zakat, cobrado por los molás de la aldea sobre las producciones agrícolas, incluida la de opio, va ahora a las cajas de las autoridades talibanas, para gran descontento de los molás locales. Al precio de venta del opio por los campesinos, aproximadamente 60 dólares el kilo (precio alto), ello representa, tan sólo para las 1.500 t de las regiones del sur, 9 millones de dólares. En cambio, la enseñanza religiosa es muy estricta en materia de consumo y algunas semanas después de la toma de Kandahar, en noviembre de 1994, unos fumadores de hachís podían disfrutar de la cárcel.

Las ambiguedades de los éxitos de los talibanos

¿Cuál es la implicación de los talibanos en el tráfico de este opio? En Pakistán (ciudad de Quetta y provincia del Baluchistán), los observadores no han detectado cambios importantes en el comercio de opiáceos. Las autoridades iraníes indicaron que las incautaciones efectuadas a finales de 1995 en la provincia de Jorasán, fronteriza con Afganistán, serían particularmente significativas. También acusa a los talibanos de estar directamente implicados en el aumento de dicho tráfico. Esta afirmación concuerda con el testimonio de un delegado de la Cruz Roja en Kandahar, que nos ha dicho que los estudiantes en religión han suprimido todos los puntos de extorsión en la ruta de Kandahar a Irán, lo cual facilitaría, desde luego, el desplazamiento de los traficantes. En la misma perspectiva, un voluntario de Farmacéuticos Sin Fronteras que acompañaba un convoy de medicamentos de Herat hacia Kabúl, vio un camión repleto de opio, cubierto apenas con una baca, que se dirigía hacia Irán. Hay testimonios que hablan de convoyes de droga (opio, morfina, hachís), transportados hasta Pakistán y protegidos por talibanos. Se ha sabido de casos de tráfico en los Boeing 727 de la compañía afgana Ariana entre Kandahar y algunos Estados del Golfo, Dubai en particular. Los laboratorios siguen funcionando en la frontera pakistano-afgana en el Baluchistán (provincias de Nimruz, Helmand y Kandahar). A pesar de que no es posible aportar ninguna prueba de la implicación directa de los talibanos, ésta sería verosímil, pues a pesar de lo que se haya escrito sobre sus apoyos internacionales, está claro que el movimiento carece de dinero. Oficialmente, aparte de los propios talibanos y quienes los siguen, nadie está autorizado a disponer de armas en el conjunto de zonas bajo su control. En esa medida, todo convoy escoltado por hombres armados estaría bajo control de los talibanos o de sus aliados. En el terreno, la realidad es mucho más matizada. El movimiento talibano, que no puede ser reducido a una simple agrupación de estudiantes de religión, se ha apoyado, en efecto, en la adhesión de un gran número de comandantes mujaidines locales, varios de los cuales eran y siguen siendo traficantes.

La aparición y el avance espectacular de los talibanos desde hace dos años, se efectuó «a la afgana»: mediante múltiples alianzas que agrupan a franjas de la sociedad con diversas motivaciones. La disparidad de estas adhesiones fragiliza el movimiento. Su «éxito» hasta la toma de Kabul, en septiembre de 1996, se debe a que respondió a una demanda de orden y seguridad de la población, sin trastornar en profundidad los equilibrios existentes. Al margen de la influencia e implicación en Afganistán de los países vecinos, la toma de control por los talibanos de más de la mitad del país no parece una conquista militar (con excepción de Herat y Kabul), sino más bien una forma de plebiscito, lo que les impone cierta prudencia si no quieren ver las zonas que controlan escapárseles una tras otra. Ya se habla de rebeliones de comandantes locales en el Farah y el Helmand. ¿Los talibanos deben hacer frente a la imposibilidad práctica de combatir el tráfico de drogas o decidieron aprovecharse de él?

La jerarquía del movimiento está compuesta en parte por molás oriundos de las provincias sureñas, arraigados en la sociedad pachtun tradicional. Molá Mohamed Omar Ajunzada, líder invisible nombrado, en abril de 1996, Comendador de los Creyentes, nació en el distrito de Maywand (provincia de Kandahar), zona de cultivo de la amapola. Este distrito aumentó su producción de 11 t en 1995 a 23,6 t en 1996. Después de 13 años de Jihad y 4 de anarquía, la dispersión de los poderes en una sociedad desectructurada ha favorecido el desarrollo de esta actividad agrícola. A la salida de Kandahar, antes de tomar el camino que va a la frontera pakistaní, se encuentra el gran depósito de aduanas de los talibanos: un gran patio polvoriento repleto de camiones. Los transportistas que transitan por la antigua ciudad real de Afganistán deben venir aquí para pagar su tasa de transporte y hacerse controlar rápidamente. En las oficinas, desde hace dos años hay que usar barba y turbante. Al lado de estos locales, se encuentra un pequeño cuarto cerrado con doble llave: en su interior, 5 t de opio esperan desde hace 2 años… los raros periodistas que tienen la curiosidad de venir a verlas. La droga está repartida en sacos de 50 kg de los cuales se escapa una pasta pardusca. En un rincón del cuarto hay unas decenas de kilos de una heroína color café, groseramente refinada. En el cuarto colindante hay también hachís: un aduanero anuncia 10 t, pero constatamos la presencia de apenas 500 kg. Estas incautaciones de los talibanos datan de los primeros meses de su conquista, a fines de 1994 y comienzos de 1995. Desde entonces, no se ha efectuado ninguna otra incautación. Las cosechas de las primaveras de 1995 y 1996 –cerca de 2.500 t cada una– pudieron salir del país sin problemas. Paquistaníes y iraníes siguen incautando cantidades considerables de opio, morfina base y heroína. Según parece, el número de laboratorios en la frontera norte de Afganistán conoce un aumento, sobre todo en la región de Badajshán, de donde es oriundo el ex presidente Rabbani y una parte de los comandantes están bajo las órdenes de Masud, la producción de opio pasó de 22 t a 62 t entre 1994 y 1996. Se sabe, por otra parte, que el tráfico hacia el Gorno-Badajshán tadjik se ha incrementado y el número de traficantes detenidos en la frontera tadjik ha aumentado sensiblemente estos dos últimos años.

También se supone la existencia de laboratorios en las provincias de Balj y Faryab, en manos del general Dostom. En esa medida, el mapa de la producción y de los movimientos de drogas en la Medialuna de Oro no ha cambiado mucho. Sin embargo, hay que tomar en cuenta dos hechos: el 97% de las zonas productoras se encuentra hoy bajo control de una sola autoridad, la de los talibanos, y el movimiento de las rutas de tráfico hacia el norte se confirma.

El arma diplomática de la droga

Pero los talibanos disponen de otra carta en la cuestión de la droga. Dadas las condenas de que fueron objeto por parte de la comunidad internacional cuando tomaron Kabúl (hasta la fecha, su gobierno no ha obtenido ningún tipo de reconocimiento diplomático), los talibanos están conscientes del interés que despiertan en las Naciones Unidas y en la comunidad internacional cuando manifiestan su deseo de colaborar con los programas de substitución. Giovanni Quaglia, director de la antena del PNUFID en Islamabad, recibió, con fecha 9 de noviembre de 1996, una alentadora carta de las nuevas autoridades afganas. En ella, Molá Mohamed Gaus, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno talibano, declaraba que «el combate contra la producción, transformación y tráfico de substancias narcóticas sólo es posible a través de una cooperación regional e internacional». En la carta recordaba igualmente la adhesión de Afganistán al Convenio de Viena. En el piso 11 de la Saudi Pak Tower, la nueva sede del PNUFID en Pakistán, reina entonces el optimismo. Giovanni Quaglia destaca que esta carta es la primera declaración oficial de los talibanos sobre la producción de drogas. También señala que la toma de Jalalabad y de la provincia de Nangarhar permite a los talibanos controlar la gran mayoría de las zonas productoras de opio. «Todo el Afganistán productor se encuentra ahora bajo una misma autoridad, con la cual ya hemos tenido contactos. Los dirigentes tienen una real influencia en esas zonas, y nos declaran querer cooperar para lanzar programas de substitución. En estas condiciones, el problema podría solucionarse en diez años». Claro que para ello sería necesario que los talibanos lograsen mantenerse en el poder, lo que está lejos de ser seguro frente a la coalición de sus enemigos internos. Y ello tanto más cuanto en el plano exterior, Pakistán, aunque apoye a los «estudiantes de religión», no puede tolerar un poder fuerte en Kabul, que sea amigo o enemigo. Queda otro actor determinante que debe decidirse: Washington. La posición estadounidense estará dictada por desafíos ajenos a la «guerra contra la droga». Pero ésta servirá de incentivo o de coartada para su política en la región.

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