Discurso del Ing. Julio R. Castiñeiras
El 6 de noviembre
de 1926 por la tarde se llevó a cabo en el vestíbulo de la
Escuela un acto público con motivo de la inauguración del
busto del ex-director y fundador Ing. OTTO KRAUSE, realizado por el escultor
y docente de esta casa Dn. Luis Perlotti.
Se transcribe a continuación
uno de los discursos, del Ing. Julio R. Castiñeiras, quien fuera
ex-alumno y en ese momento actuara como docente de Física en el
establecimiento.
"
Señores Ministros,
Miembros de la Familia del Ing. OTTO KRAUSE,
Señores :
Cuando, hace ya algunos días, recibí el pedido
de la Comisión organizadora del Homenaje a la Memoria del Ing. OTTO
KRAUSE, de que hablara en nombre de los diplomados de la Escuela Industrial,
accedí inmediatamente al mismo, porque consideré altamente
grato y honroso para mí el tener la ocasión de exteriorizar
junto con mis sentimientos personales de gratitud, de cariño y de
respeto hacia Krause, de quien, en vida, recibí tantas muestras
de estímulo, de cariño y de apoyo al cursar mis estudios
en esta casa primero, y en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas
y Naturales después; el sentimiento y el pensamiento de los que
me designaron para representarlos en esta ceremonia.
No he de hacer la biografía de Otto Krause. Las palabras
que habéis escuchado de mis distinguidos colegas que terminan de
hablar la contienen y bien completa. Pero, sintetizando diré, que
Otto Krause fue estudiante ejemplar, profesional que actuó con brillo
en la construcción de líneas ferroviarias, construyó
y organizó grandes talleres para una de las empresas ferroviarias
más importantes de la República, obteniendo un éxito
tal que fue felicitado calurosamente por el Directorio de la misma; fue
fundador de enseñanzas, Profesor Universitario, Consejero Académico,
y Decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
de Buenos Aires, Vicedirector del Departamento de Ingenieros de la Nación,
Director del Arsenal de Guerra de la Nación, designado en momentos
en que peligraba la paz entre pueblos hermanos, hecho que prueba la confianza
que inspiraban su honestidad y competencia acreditadas por su vida ejemplarmente
puesta al servicio y para el bien de los demás.
En todas partes dejó un buen recuerdo por sus iniciativas,
por la amplitud de sus miras, por sus grandes condiciones morales.
Señores:
La obra culminante de Otto Krause fue la organización
de la enseñanza industrial de la República Argentina.
Siendo Ministro de Justicia e Instrucción Pública
el Dr. Antonio Bermejo, eminente hombre público, que es actualmente
Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, tuvo en
el año 1897 la iniciativa de implantar la enseñanza industrial,
creando para este objeto un Departamento Industrial anexo a la Escuela
de Comercio, entonces dirigida por Santiago Fitz Simon, educador a quien
también tanto debe el país por su brillante y proficua labor
en el campo de la educación.
A Otto Krause se encargó, al iniciarse el año
1898, la Dirección del Departamento mencionado. Con una dedicación
constante, con un entusiasmo poco común, con una energía
admirable, con una profunda fe en el porvenir de esa enseñanza,
Otto Krause dio comienzo a su tarea, y, en poco tiempo, venciendo toda
clase de dificultades, terminó la instalación de los talleres,
reuniendo personal competente, para la enseñanza manual, formó
el profesorado seleccionándolo con acierto poco común, he
hizo funcionar las clases teóricas y talleres de la Escuela en un
local alquilado en la Calle Alsina, entre Cevallos y Lorea, que más
tarde se destinó exclusivamente a talleres, pues se alquiló
para las clases otro edificio próximo al mismo.
La actividad de Otto Krause, el fervor patriótico que
puso en su labor, el desprendimiento y la honestidad de todos sus actos,
hizo obtener al terminar el segundo año de funcionamiento de la
Escuela, un éxito suficiente para inspirar confianza en el público,
y muchos padres enviaron sus hijos al nuevo establecimiento. Krause redactó
los planes de estudio he hizo una propaganda intensa en pro de la formación
de los hombres jóvenes capacitados técnicamente, para actuar
como dirigentes de la Industria Argentina.
En el año 1899 era Ministro de Justicia e Instrucción
Pública el Dr. Osvaldo Magnasco, uno de los hombres más notables,
talentosos y brillantes que entonces actuaban en la vida pública
argentina. Ha de permitírseme, al llegar aquí, rendir un
sincero homenaje a ese preclaro estadista, cuyas actividades hubieran sido
muy benéficas para el país si las pequeñas miserias
de la política, que magnificaron deliberadamente alguno de sus errores,
no hubieran interrumpido su carrera, sumergiéndolo en el desconsuelo
y la amargura altiva, y haciéndolo retirar definitivamente de la
vida pública. La acción del Dr. Magnasco está vinculada
también a la organización de la enseñanza industrial,
y por eso he creído oportuno pronunciar estas palabras recordatorias.
En esa época se produjeron memorables debates sobre instrucción
pública en el parlamento argentino, en los intervinieron educadores
de talla como Alejandro Carbó, que vive actualmente apartado del
medio que corresponde a sus grandes condiciones.
Osvaldo Magnasco fue entusiasta partidario del desarrollo e
intensificación de la enseñanza práctica, comercial,
industrial y económica, vio y señaló con claridad
el peligro de la multiplicación exagerada de colegios nacionales
y escuelas normales, porque no estando al alcance de la mayor parte de
los egresados de los primeros el seguir estudios universitarios, y no pudiendo
obtener ubicación los de los segundos, se incorporaban anualmente
al medio social muchos jóvenes con una preparación, entonces,
deficiente, que no los habilitaba para nada concreto, y resultaban condenados
a vegetar en las oficinas públicas y privadas en puestos subalternos.
Fue consejero y amigo del Ministro Magnasco el Ing. Otto Krause.
Magnasco independizó la Escuela Industrial de la de Comercio, y
Krause fue el Director de la Primera Escuela Industrial de la República.,
consagrándose desde entonces, con más empeño todavía,
a su engrandecimiento. Y lo consiguió, pues no sólo formó
una institución vigorosa en la Capital Federal, sino que intervino
como Inspector General de la Enseñanza Industrial; y consejero en
le fundación de otras escuelas industriales de la República.
Dos años bastaron para que quedaran trazados los rumbos.
Dos años bastaron para que triunfara la iniciativa del Dr. Bermejo,
porque de había encontrado al hombre capaz, honesto y emprendedor,
que supo comprenderla y realizarla con cariño. Todos los que tienen
experiencia del gobierno, grande o chica, saben que la mayor parte de las
veces el fracaso de un acción se debe a la imposibilidad de encontrar
el colaborador eficaz, y saben también que aún en el caso
de estar preparado el ambiente, de haberse alcanzado algo así como
la temperatura moral que Taine conceptuaba indispensable para el florecimiento
del arte, es necesario abstenerse de toda iniciativa porque no se encuentra
el hombre para impulsarla, para continuar con empeño la labor requerida,
para asegurar el éxito de la misma.
Señores:
He hecho hasta ahora breve historia comentada. En adelante han
de ayudarme mis recuerdos personales.
Ingresé a esta Escuela Industrial en el año 1899,
y desde entonces no me he desvinculado de ella: a Krause debo mi primera
cátedra, que tengo el honor de dictar actualmente en la escuela,
hecho que quizá marcó rumbos definitivos a mi vida.
Aunque en mi infancia no podía apreciar los actos y el
pensamiento de los hombres, hoy, vinculando mi desarrollo intelectual al
recuerdo, intentaré hacer una semblanza de Krause. Mil recuerdos
tejen nuestra historia, que a matices de un campo se asemeja, ha dicho
un poeta. Creo que los recuerdos vinculados a la acción de los que
nos han enseñado no son de aquellos que la memoria conserva con
contornos indefinidos: quedan grabados en forma clara e indeleble.
Estábamos acostumbrados a ver a Krause casi diariamente
los que estudiamos en aquel tiempo, y nos será difícil olvidarlo:
de alta estatura, robusto, denunciando por su vigor la raza de que descendía,
era atrayente por su fisonomía y pronto se hacía simpático.
Krause recorría los talleres de la Escuela, visitaba las clases,
contraloreaba las lecciones de los profesores, cambiaba frecuentemente
ideas con los mismos, interrogaba a los alumnos y hasta risueñamente
daba bromas a los que no acertaban en la ejecución de algún
trabajo manual porque se les resbalaba la lima o porque ponían en
peligro, al golpear con la masa en el Taller de Herrería, la integridad
corporal del compañero que, valientemente, mantenía el hierro
candente sobre el yunque, a la espera del golpe que había de modelarlo.
Todos habíamos tomado a Krause gran cariño: nunca
ejerció su autoridad en forma altanera, y las situaciones más
difíciles para los estudiantes eran solucionadas por él con
bondad, paternalmente. Krause, al mismo tiempo, se empeñaba en conseguir
fondos para la adquisición de nuevos elementos de enseñanza,
y para la creación de nuevas cátedras necesarias para completar
la realización del plan de estudios, y, comprendiendo que la Escuela
sólo podía funcionar convenientemente en un local apropiado,
preparó el anteproyecto de este gran edificio, gestionó la
aprobación del proyecto definitivo y pudo obtener que se fijaran
en el presupuesto las partidas necesarias para su construcción.
En el año 1907 dirigió las nuevas instalaciones,
funcionando las clases en este edificio.
En los años 1904 y 1905 pudimos apreciar los egresados
de esta Escuela otros aspectos de la personalidad de Otto Krause. Particularmente
el que habla está en condiciones de hacer conocer algo al respecto.
Krause tenía pasta de estadista: una rara y profunda
comprensión de las condiciones industriales del país, así
como el conocimiento de muchos dirigentes de la Industria le habían
permitido conocer las necesidades de ésta. Llevaba a los alumnos
más distinguidos a su despacho directivo, y les daba verdaderas
conferencias sobre el estado y el porvenir de la industria argentina, sobre
las fallas de su organización, sobre sus necesidades en hombres,
en elementos, en protección del estado ...
Yo tuve el honor de escuchar muchas veces sus opiniones, y hoy,
después de haber actuado activamente en la enseñanza e intervenido
privadamente en algunas industrias, no puedo dejar de expresar mi admiración
por la claridad de las ideas de Krause.
A parte de su experiencia, de su inteligencia que lo habilitaba
para tener ideas propias, había visitado grandes establecimientos
industriales europeos, en particular los de Alemania, el país de
más admirable organización industrial, y había estudiado
las condiciones de la industria argentina. Las ideas que exponía
entonces son perfectamente aplicables al momento actual. Decía Krause
que la industria argentina se estaba desarrollando venciendo todos los
obstáculos imaginables: dificultades por la falta de procedimientos
comerciales modernos, desconfianza del público en sus productos,
incomprensión y falta de dedicación de los poderes públicos
al estudio de las cuestiones a ellas vinculadas, falta de organización
técnica y económica. Atribuía a esto último
gran importancia, y creía que la misión principal de la Escuela
era la de formar hombres de preparación técnica suficiente
para que, uniendo su ación a los de esa falange de hombres de trabajo,
que con su poderoso esfuerzo y perseverante voluntad han conseguido formar
grandes establecimientos, intentara el perfeccionamiento industrial.
Es bien sabido que la industria argentina ha sido formada por
hombres de trabajo sin mayor preparación técnico-económica,
que se han iniciado desempeñando las tareas más humildes
y también en los últimos tiempos por compañías
extranjeras que no utilizan los servicios técnicos argentinos. La
asociaciones industriales están minadas frecuentemente por egoísmos
y recelos de sus componentes y gran parte del esfuerzo colectivo que realizan
tienden más bien el favor fiscal mediante una política de
proteccionismo exagerado, en lugar de dirigirse hacia el perfeccionamiento
de los medios de producción y hacia la organización económica.
Y, por otra parte, como resultado de la incomprensión del problema
industrial y de su gran complejidad, surgen a granel leyes improvisadas,
que a veces afectan negativamente a la industria y atentan contra el progreso
nacional.
Krause veía con claridad estas cosas, creía en
la utilidad de la escuela para la industria, personalmente trataba de convencer
a los dirigentes de la misma de que contrataran a los egresados.
En los años 1904 a 1906 se inició un movimiento
entre los alumnos y diplomados de esta escuela, para obtener el ingreso
a la universidad y cursar la carrera de ingeniería, y la aprobación
de algunas materias. Ese movimiento fue debido a un pesimismo ocasional
y al deseo de algunos diplomados de cursar estudios superiores. Krause
intentó oponerse a este movimiento por todos los medios a su alcance;
invitaba a los estudiantes de los últimos años y algunos
años para convencerlos de que la actuación en la industria
no exigía conocimientos científicos superiores, y que con
voluntad y decisión en un tiempo quizá inferior al necesario
para obtener el título de ingeniero en la universidad, podían
formarse una posición.
Varias veces fui, entonces, invitado, y aunque reconocía
mucha razón a Krause, pudo más en mí la inquietud
de aprender, la inquietud de saber demasiado, una de las que Chateuabriand
considera que halaga la vanidad, pero destruye el equilibrio en la naturaleza
humana, manteniéndola en perfecta contradicción espiritual.
Krause comprendía que si los diplomados se dirigían en su
mayor parte a la Universidad, su obra en pro de la enseñanza industrial
sufriría un rudo contraste, y redobló sus esfuerzos para
impedirlo; pero cuando comprobó que todo era inútil fue lo
suficientemente noble para reconocer que no debía su acción
constituir un obstáculo a la realización de las aspiraciones
de un gran grupo de jóvenes y que éstas, por derecho propio,
debían primar sobre sus ideas.
De esta manera queda explicada la contradicción entre
las ideas de Otto Krause, Director de la Escuela Industrial y de Otto Krause,
Consejero académico y más tarde decano de la Facultad de
Ciencias exactas, Físicas y Naturales.
Voy a hacer a hora una breve digresión. Pálida
es la idea que puedo haberos formado en la acción y el pensamiento
de Otto Krause como Director de la Escuela Industrial, pero quiero hacer
notar que la hora actual es de atención para el enseñanza
industrial, cuya importancia, cuya necesidad para el país nadie
intentaría discutir. Es de atención, porque es necesario
cambiar orientaciones. Por una parte la Inspección General de Enseñanza
Secundaria sólo tiene dos inspectores dedicados a la enseñanza
industrial y a la de las Escuelas de Artes y Oficios y viajando frecuentemente
por todo el país, todo lo ven de paso, y no pueden formarse una
idea clara de la necesidades de la misma, cometiendo frecuentemente el
error de proyectar reglamentaciones para ella que sólo difieren
en pequeños detalles de las los colegios nacionales y escuelas normales.
De otra parte, se acusa la tendencia, bien manifiesta, y ya traducida en
hechos, de anexar las escuela industriales a las universidades. Ambas cosas
pueden originar errores irreparables destruyendo la unidad, desmembrando
el concepto y el carácter especial de la enseñanza. Si existiera
un Ministerio de Industrias la enseñanza industrial debería
ser uno de sus organismos principales, y si ésta ha de continuar
dependiendo como hasta ahora del Ministerio de Instrucción Pública,
debe ser independizada por completo de la llamada enseñanza secundaria,
creando un organismo central director, formado por hombres competentes
de actuación profesional e industrial, en el que convendría
dar participación a dirigentes de la industria nacional. Con esta
participación no sólo se obtendría una vinculación
evidentemente ventajosa entre la Escuela y la industria, eliminándose
los prejuicios de los industriales hacia la Escuela, sino también
la cooperación de la industria para facilitar la práctica
de los estudiantes, y quizá quiero creerlo, hasta el apoyo material
de la misma, que estaría por otra parte, en condiciones de señalar
los problemas técnicos cuya solución interesa a su progreso,
tratando de aumentar las elementos de trabajo de la Escuela. Hay que pensar
seriamente en estas cuestiones para no destruir esta obra que ya tiene
grandes contornos.
Este establecimiento, señores, se encuentra a la altura
de sus similares europeos y es, sin duda alguna, el más importante
de la América del Sud, por la variedad, importancia y número
de las instalaciones que posee, pues la obra inicial de Otto Krause ha
sido perseverante e inteligentemente continuada y ampliada por su actual
director, Ing. Eduardo Latzina.
Señores:
El Sr. presidente de la República y su actual Ministro
de Instrucción Pública que saben practicar sus deberes de
gobernantes, al asociarse al homenaje que hacemos a un gran educador, han
decretado que esta Escuela lleve el nombre de Otto Krause. Es el primer
acto de justicia a la memoria de este hombre ilustre.
Los profesores y egresados de esta casa han realizado la idea
de colocar el busto de Krause en el edificio de la Escuela, y rendirle,
en esta ocasión, un sentido homenaje. Este acto complementa al primero.
Viene a mi memoria las frase con que Bossuet iniciara su oración
fúnebre ante los restos de Yolanda de Monterby : "cuando la iglesia
abre la boca de los predicadores en los funerales de sus hijos no es para
acrecentar la pompa del duelo con estudiadas frases, ni para satisfacer
la ambición de los vivos con los vanos elogios de los muertos. Lo
primero es demasiado indigno de su firmeza, y lo segundo demasiado contrario
a su modestia. En la solemnidad de las oraciones fúnebres se propone
un objeto más solemne, pues ordena a sus ministros que al tributar
los últimos deberes a los muertos expongan a la contemplación
de sus oyentes la condición común en todos los mortales a
fin de que el pensamiento de la muerte les inspire santo desvío
hacia la vida presente, y la vanidad humana se avergüence considerando
el término fatal que la providencia divina señala a sus esperanzas
engañosas".
Y, a la manera de Bossuet os digo: cuando pasados los años
desde la desaparición de un hombre otros hombres venciendo al natural
sentimiento del olvido y del egoísmo comprueban, analizando la obra
de aquel, que en ella hay mucho que admirar, que ella exige el homenaje
que se perpetúe y se asocian para realizarlo, se puede afirmar que
no existe el propósito de satisfacer la ambición de los vivos
con los vanos elogios de los muertos ... Se puede afirmar que el homenaje
que se tributa tiene como esencia medular el sentimiento de justicia para
su obra, de cariño para su recuerdo ... Se puede afirmar que el
homenaje que se tributa tiene por objeto señalar el mérito
de una vida ejemplar y patrióticamente vivida ... Se puede afirmar,
en fin, que no debe confundirse con los homenajes demasiado fáciles,
porque ha resistido victoriosamente la acción destructora del tiempo.
Tal es el homenaje que hacemos a la memoria de Otto Krause.
Señores:
Pasarán los años y los años ... Centenares
de niños que vengan a aprender, de maestros que vengan a enseñar,
de obreros que vengan a perfeccionarse, de visitantes que vengan a informarse,
aprenderán todos, al penetrar en esta casa, que este busto está
colocado en sitio de honor, por que es el de un hombre que fue digno constructor
de este templo consagrado al culto del trabajo y que si es modesto en su
forma, es grande, muy grande, porque en los átomos de su mármol
se condensan sentimientos de admiración, de gratitud y de justicia
para la obra del que, en vida, llevó el nombre que está inscripto
en su pedestal. "