Texto de las palabras pronunciadas por el Ing. Juan José T. G. Carabelli, en representación de la Comisión de Homenaje, en el acto celebrado el 15 de noviembre de 1947 en la Escuela Industrial de la Nación "Otto Krause".
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Pero la iniciación de la marcha en ese sentido se había producido muy pocos lustros antes de la fecha que ahora conmemoramos, es decir cuando de exportadores de cueros, sebo, tasajo, y otros productos de la ganadería, pasamos a exportar hacia 1873, las primeras toneladas de trigo, entre otros productos de nuestra incipiente industria agrícola, cuyo rápido desarrollo subsiguiente, al atraer más grandes masas humanas de allende el océano, iba a originar una fundamental y feliz transformación de nuestra economía y hasta de nuestra característica étnica.
Las necesidades culturales que venían presentándose, trató de satisfacerlas Mitre con la fundación de los Colegios Nacionales y Sarmiento con la de las Escuelas Normales y además con la creación de la Escuela de Minas de San Juan. La Universidad, por su parte, proporcionaba, entre otros ramos, la enseñanza de la Ingeniería en concepto de Ciencia Aplicada a las Construcciones, pero en cuanto a lo que a ese respecto habrían podido demandar las industrias en general, puede tenerse una idea si se considera que el modesto grado que, dentro de la referida marcha evolucionista, alcanzaban los adelantos conseguidos a la altura del año 1877, quedaba demostrado en la Exposición Industrial, de ese año, organizada con todo entusiasmo por el Club Industrial, antecesor de la Unión Industrial Argentina, pues para celebrar la cual fue suficiente el espacio proporcionado por los patios del Colegio Nacional de Buenos Aires.
Entre los productos principales de esa muestra, inaugurada con un discurso del Presidente Nicolás Avellaneda, figuraban: cueros, artículos de talabartería, imprenta, carpintería, mueblería, herrería, pastas y productos alimenticios y pocos renglones más. Esto a sólo 20 años antes de la fecha que celebramos.
Desde entonces, la incorporación creciente de la máquina de vapor para proporcionar la energía mecánica necesaria, facilitó la diversificación de nuestras industrias que nacían del tesón y voluntad de trabajo traídos por aquellas gentes que al perseguir su propio bienestar, venían al mismo tiempo a impulsar vigorosamente y en todas sus formas en progreso del país al que le daban hijos para la defensa de su suelo, y sobre el que extendían por todo el territorio, nervios de hierro y acero, que contribuirían poderosamente a la obra de unificación. Pero siempre con relación al período evocado, debe recordarse que hasta la época de la federalización de esta Capital, todavía el malón seguía asaltando poblaciones aún en la provincia de Buenos Aires, y frecuentemente el labrador tenía que manejar el arado llevando el arma a la espalda, para defenderse de la improvisa presencia del indio.
Terminada la campaña del desierto y amortiguados los efectos de una crisis precedente, se extiende sobre la primera presidencia del General Roca una ola de optimismo, afluyen capitales, la inmigración nos trae más elementos de capacidad emprendedora; en la Capital surgen industrias nuevas que encaminan a convertir en un gran centro industrial a lo que hasta entonces fuera la gran aldea; otras irán a fomentar las regiones del interior. Pero sobreviene la crisis del ’90, que extiende su sombra sobre aquel amanecer que se presentaba tan luminoso y para peor, una enojosa cuestión de límites internacionales, motiva que sobre el rumor de las fábricas y talleres, se perciban clarinadas y ruidos de armas por todo los rincones de la patria. Sin embargo lo que, en cuanto a industrias se implantara o perfeccionara en ese par de décadas, 1877 - 1897, y salvo inevitables excepciones, ya se hallaba suficientemente arraigado y apuntalado, además, por la creciente demanda interna, lo cual permitía emprender con mayores bríos y mejor método, otra etapa más intensa. Pero si hasta entonces muchos establecimientos habían tenido su origen en el modesto taller del artesano fundador, ampliado sucesivamente bajo su dirección y administración, admirablemente constantes y tenaces, pero empíricas, cuyo éxito era favorecido a veces por algunas circunstancias favorables y hasta por la intervención de la buena suerte, ya el grado de adelanto industrial que de ahí a poco tiempo iba a revelarse públicamente en la exposición de la Plaza San Martín, que el Presidente Roca inauguraría en noviembre de 1898, obligaba a pensar en la necesidad de preparar en el país mismo, elementos capacitados para coadyuvar en la conducción de empresas industriales en forma más racional, en base a la posesión de conocimientos científicos y prácticos sobre las propiedades físicas y químicas de la materia; producción, empleo y mejor aprovechamiento de fuerzas y energía, etc., conocimientos cuya asimilación no estaba al fácil alcance de los meritorios hombres de trabajo de la categoría de los que habían labrado nuestra posición industrial hasta ese momento.
El Dr. Antonio Bermejo, con su visión de estadista, quiso encarar la solución de la cuestión, durante su desempeño del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, al que había llevado como Subsecretario al joven Fermín Eguía, ligado a él hasta por lazos de algún parentesco, y cambiando ideas al respecto, este último le sugirió al Ministro la iniciación del funcionamiento de un establecimiento adecuado para llegar a aquellos fines. Este antecedente y otro que será citado más adelante, me los proporcionaron respectivamente, los Profesores Eguía y Eleodoro Suárez, cuando unos quince años más tarde me brindaron su amistad ambos caballeros. Constituyen un par de referencias que en obsequio a la exacta historia de estas cosas tengo la obligación de darlas a conocer antes que se pierdan conmigo.
Decidido el Dr. Bermejo a llevar a la práctica aquel pensamiento, aprovechó el momento en que se discutía en el Congreso, el Anexo de la Ley de Presupuesto, correspondiente a su Ministerio, y en la sesión de la Cámara de Diputados del 30 de diciembre de 1896, al tratar el inciso 19 "Institutos de Enseñanza Especial", en cuyos ítems figuraban la Escuela Nacional de Minas de San Juan, las Escuelas de Comercio y la de Pilotos, pidió la palabra para decir:
Se ve bien claro que lo que se trataba de crear era una cosa bien diferente de las Escuelas de Artes y Oficios, con las que no debía ni debe confundirse. Instituciones de esta última especie ya existían en el país. Por ejemplo en la provincia de Buenos Aires funcionaba una que por los años 1887 a 1889 ocupó en San Martín el edificio que después se destinó sucesivamente al Colegio Militar y luego al actual Liceo Militar. Dicha escuela de Artes y Oficios fue trasladada más tarde a La Plata y en el cálculo de recursos del presupuesto de la provincia para 1896 figuraba ese establecimiento aportando $ 45.000.- anuales de ingresos. Otras escuelas de esa índole funcionaban en varias provincias y recibían subvención del gobierno nacional.
Pero para lo que en esa época se proponía el ministro Bermejo, había que comenzar con poco, por lo tanto se justificaba que la nueva entidad naciese como departamento de la escuela donde se desarrollaban los cursos de Comercio, de Contadores Públicos y de los Calígrafos, bajo la dirección del prestigioso educacionista don Santiago H. Fitz Simon, quien dada su anterior actuación en la dirección del Colegio Nacional de Corrientes y en otros cargos, ofrecía garantía suficiente para guiar el primer paso de la nueva especialidad.
El plan confeccionado en los primeros momentos, no alcanzaba en realidad, la medida que debía dársele para satisfacer el verdadero pensamiento inicial; comprendía sólo 4 años de estudios, sin subdivisión por especialidades. Tratándose de una nueva clase de estudios, quísose favorecer la concurrencia de alumnos con la creación de un cierto número de becas que se mantuvieron hasta 1898, pero conviene anticipar a esta altura de la exposición que de los que gozaron de ese beneficio, sólo muy pocos figuraron luego en el grupo de los que llegamos a terminar la carrera en 1902.
Eran condiciones para el ingreso: tener aprobado por lo menos el ciclo de las escuelas primarias, edad mínima 14 años, etc., pero resultó que entre los 52 jóvenes que se matricularon de inmediato en 1897, los había que tenían rendido desde uno hasta tres años de los colegios nacionales, escuelas normales y de comercio y provenían desde las familias más humildes hasta las emparentadas con el presidente de la Nación.
Las clases teóricas se inauguraron sin pérdida de tiempo el 15 de marzo de 1897 y no el 1° de mayo como por error se dijo en la correspondiente memoria elevada al Ministerio al año siguiente, en la que sin embargo se menciona la asistencia de 52 alumnos en abril. Puedo atestiguar esta aclaración por conservar aún mis cuadernos de Contabilidad y de Castellano con lo explicado ese 15 de marzo en las primeras lecciones dadas por dos profesores de esas asignaturas, que fueron respectivamente, el Contador León Bugnot y el Prof. Andrés Ferreyra. Del cuerpo docente de ese primer año deben ser recordados también los Doctores José Popolozio y Tomás de Veyga, Ingeniero Eugenio Sarrabayrouse y Profesores Santiago Fitz Simon y Eduardo Forteza.
Esas clases se impartían en las horas de la mañana en el mismo edificio que ocupaba la Escuela de Comercio en el n° 1342 de la actual calle Bartolomé Mitre. La Enseñanza Práctica y la de Dibujo comenzó recién a mediados del año porque hubo que dar tiempo a que se instalaran los talleres en un amplio local del piso bajo de una sección de los Tribunales que funcionaba en la calle Alsina al 1500. La organización de esa parte fue realizada con admirable método por el ingeniero francés Alfredo Frèmond, designado al efecto Director Técnico del Departamento Industrial y que actuó durante ese año solamente. A ese local se concurría en 1897 de tarde para practicar durante dos horas, bajo la dirección de competentes Maestros de Ajustaje y Carpintería a fin de que el alumnado pudiese familiarizarse desde el principio con las características de los materiales fundamentales que habían de utilizarse en los trabajos que más tarde tendría a su cargo, no como artesano u obrero manual, sino como Director o Jefe capacitado.
Al año siguiente al iniciarse los cursos del segundo año, se encontraba vacante el cargo de Director Técnico y entonces fue comisionado el Vicedirector de la Escuela de Comercio Profesor Eleodoro Suárez, para hallar un candidato y él, recordando su vinculación desde las aulas de la Escuela Normal con alguno de los Krause, fue en busca de una de éstos y de ese modo se enteró que el Ing. Otto Krause acababa de dejar la Dirección del Arsenal de Guerra a la que había sido llamado en momentos en que nuestras relaciones internacionales pasaban por una delicada situación. Fue verdaderamente aquella una feliz circunstancia, destinada a tener gran trascendencia para nuestra enseñanza técnica. Krause era un profesional destacado en la ingeniería nacional y si bien no es esta la oportunidad de repetir su conocida biografía, debe recordarse sin embargo, como parte de la actuación que lo acreditaba, el proyecto y la construcción de los talleres de Tolosa, estudios sobre tracción ferroviaria, proyecto del Correo Neumático de esta Capital, el desempeño de la Vicepresidencia del Departamento Nacional de Ingenieros y sus iniciativas a favor de la enseñanza de la ingeniería Mecánica en nuestra Universidad, de la que formaba parte como profesor y académico. No obstante la categoría de esos antecedentes, accedió en seguida con todo patriotismo, a encargarse de la conducción de un departamento educativo que comenzaba a vivir como dependencia anexa a una escuela de comercio y de ahí fue nombrado Director Técnico en marzo de 1898.
Este hombre que, aparte de su experiencia en la enseñanza de la Ingeniería Mecánica, de la que era un propulsor en la Universidad, había tenido oportunidad, a raíz de sus comisiones en el extranjero, de enterarse de la forma en que se impartía la enseñanza técnica en los países en que estaba más desarrollada en aquella época, como ser Francia y Alemania, al comparar el plan de primera hora que aquí se ponía en sus manos, comprendió de inmediato que se imponía su ampliación y perfeccionamiento, para poder dar cabida íntegra a lo que exigía la realización de la idea primitiva a la que se aludía en los considerandos del decreto del 6 de febrero de 1897 firmado por el Doctor Bermejo, siendo digna de ser notada de paso, la coincidencia de que tanto éste como el Ingeniero Krause habían nacido en Chivilcoy. A ese efecto y sin demora se puso a la obra sobre la base de la adaptación al país de lo que mejor resultado había dado en aquellas naciones y de esa manera pudo elevar un nuevo plan el 6 de junio de 1898, el que fue aprobado por decreto del 10 de octubre, refrendado por el Ministro Doctor Luis Beláustegui.
Con esto ya podía encaminarse la enseñanza industrial con base firme para que diese los resultados que se aspiraban al crearla. El nuevo plan abarcando seis años de estudios, permitía una lógica especialización después del 4° año y creaba las especialidades de "Industrial especialidad Mecánica", "Industrial especialidad Química" y "Maestros Mayores de Obras", a las que se agregaría más adelante la de "Técnico Electricista". Se conservaba siempre la tendencia a formar "técnicos prácticos, destinados a ayudar a la obtención del mejor resultado a las industrias existentes y a fomentar la implantación de otras nuevas que se orientasen especialmente a la utilización de las materias primas del país, creando al mismo tiempo nuevas fuentes de trabajo".
La importancia que adquiría el establecimiento al completarse su plan de estudios y el carácter mismo de la enseñanza especial que debía ponerse a tono para satisfacer con amplitud las crecientes exigencias de la industria del país, que ya entraba en la era de utilización de la energía eléctrica, demandaban la formación de un cuerpo docente de disciplinas técnicas de distinto género de las que requería la índole de las escuelas de comercio y por lo tanto se imponía la separación de las dos ramas, cosa que realizó el Doctor Osvaldo Magnasco al hacerse cargo del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, llevando a él sus entusiasmos por la orientación de la juventud hacia las carreras prácticas en lugar del bachillerato. Con ese fin el Doctor Magnasco firmó el decreto del 17 de marzo de 1899 creando la Escuela Industrial de la Nación como institución independiente y designando Director al mismo Ingeniero Otto Krause, siendo éste por consiguiente el primero que desempeñó ese cargo desde que al establecimiento se le dio vida propia. Cuando se dictó ese decreto, con los otros dos citados antes, constituyen los tres fundamentales en la implantación de nuestra enseñanza industrial, recién se iniciaban los cursos del 3° año del nuevo plan del nuevo plan de 6 años.
Durante los años 1898 y 1899 toda la enseñanza se impartió exclusivamente en el citado local de la calle Alsina, pero en 1900 fue necesario arrendar el piso alto de un edificio situado enfrente, que lleva el número 1565, y poco después se tomó el piso bajo, reservándose el primitivo local para la enseñanza práctica de talleres solamente, que se impartía diariamente de las 10 a las 12 hs.
El director Krause, fue dictando a medida que se formaban los cursos, las asignaturas de Geometría del Espacio, Estática Gráfica, Mecánica y Construcción de Máquinas.
La selección de profesores para dictar las asignaturas principales a medida que los alumnos del 1° curso eran promovidos a los años sucesivos, dio lugar a que desde 1898 fueran incorporándose sucesivamente al establecimiento el Ing. Eduardo Latzina, que entonces terminaba sus estudios universitarios; los químicos Agustín Barbagelata y Luis Ruiz Huidobro; los Ingenieros Manuel Ordóñez, Mariano Cardozo, Eduardo Aguirre, Mauricio Durrieu, el técnico Miguel Andreux y el Doctor Julio A. Rojas, entre otros. Además, al crearse el 6° año en 1902, la importancia de las tareas directivas hizo necesario nombrar un Vicedirector y como tal fue designado el Ing. Juan V. Passalacqua, siendo éste por consiguiente el primer Vicedirector que tuvo la Escuela, para continuar por largos años como distinguido profesor en Matemáticas. En aquella primera época, al término de los 6 años de estudios y antes de desarrollar el tema del Proyecto Final, debía rendirse un exámen general que abarcaba todas las materias fundamentales del plan.
De los 52 matriculados en 1897, sólo la menor parte continuó más allá del 3° año, quedando reducido a 10 el grupo que llegó a cursar 6° año en 1902, siendo ellos los primeros egresados y en homenaje a la memoria de los cinco ya desaparecidos, cito sus nombres en primer término: Luis Capriata, Julio C. Rodriguez, Luis A. Mégy, Miguel Cuomo y Manuel L. Ramirez.
Los sobrevivientes de esa promoción, por orden de lista, Juan José T. G. Carabelli, Carlos E. Géneau, Manuel F. Ochagavía, Miguel Raffo y Constancio Rossi. Los diez habíamos seguido la especialidad Mecánica, única que se enseñó en los primeros tres cursos, pues la de Maestros Mayor de Obras se inició con el cuarto curso y años más tardes se habilitarían las de Electricidad y de Química.
La importancia creciente de la Escuela y el funcionamiento de más de una de las especialidades del plan, exigían disponer de un local apropiado pues los dos de la calle Alsina resultaban insuficientes, por lo que Krause se empeñó en conseguir la construcción de un edificio de magnitud y condiciones adecuadas para cuyo propósito contó con el decidido apoyo de del Ministro Doctor Juan N. Fernández, y así obtuvo la concesión de la manzana de terreno en que nos encontramos reunidos en este momento, zona que poco tiempo antes formaba parte del lecho del Río de la Plata, al punto que las vías del ferrocarril de la Ensenada que llegaba a la estación Central situada frente mismo de la bajada de la calle Bartolomé Mitre e incendiada en 1897, unos pocos días después de inaugurarse las clases en esta escuela, corrían frente a este paraje por sobre un viaducto de hierro para quedar fuera del alcance de las crecidas de río, obra que estuvo ubicada un poco más al oeste del frente de esta casa, cuya inauguración celebrada en 1909, llenó de merecida satisfacción a su incansable gestor.
Al llegar a este punto, merece ser recordada, aunque sea con la brevedad que imponen las circunstancias, la obra de algunos profesores de los que fueron iniciando los primeros cursos de las materias típicas hasta quedar formando el 6° año en 1902. En primer lugar debe citarse al Ing. Latzina, quien alrededor de 1899 tradujo el texto de Holz-Müller para aplicarlo en la enseñanza de las Matemáticas elementales en este establecimiento, dictó cátedra de Elementos de Máquinas, pasó a ocupar la Vicedirección en 1903, hasta que a raíz de la jubilación del Ing. Krause, fue ascendido al cargo de Director, que desempeñó durante muchos años al mismo tiempo que dictaba asignaturas de los años superiores y dotaba al establecimiento de su magnífica Biblioteca, un Museo Tecnológico y el Laboratorio de Ensayo de Motores, período durante el cual aportaba su colaboración como Vice y Profesor de la casa el laborioso Ing. Pedro Torre Bertucci, que luego acompañó por un tiempo al Ing. Francisco González Zimmerman cuando a su turno desempenó la Dirección. Todos ellos trataron de llevar la Escuela por la estela dejada por Krause y por la que ha de conducir la actual dirección del Ing. Francisco J. Pastrana.
Otro profesor de la primera época, el Ing. Manuel Ordóñez, que explicó Geometría Proyectiva y Resistencia de Materiales y nos iniciara en el estudio del Cálculo Infinitesimal.
Los profesores A. Barbagelata y L. Ruiz Huidobro, que daban sus claras y metódicas clases de Química y Tecnología Química respectivamente.
El Ing. Mauricio Durrieu, que inauguró los cursos de Construcciones y materias similares, quien ya en 1902 nos daba las primeras nociones de hormigón armado que se explicaban en el país, que organizó en esta casa el Laboratorio de Ensayo de Materiales, verdadero maestro cuyas enseñanzas han formado escuela que para bien de nuestra cultura técnica, se va conservando a través de las generaciones de discípulos.
Respecto al resultado que fueron dando los egresados, debe decirse que los de la primera promoción comenzaron a trabajar dispersándose una parte por el interior del país, al acometer modestamente la tarea de acreditar la capacidad adquirida en sus estudios industriales e iniciar una actuación que habría de conducirlos a meritorias posiciones en el porvenir y sobre esas huellas fueron siguiendo las promociones sucesivas, que hoy ya son numerosas.
Hubo que soportar al principio, por un lado la momentánea falta de apreciación de parte de los industriales, del provecho que podían obtener de los servicios de los egresados de la Escuela y por otro, los efectos de infundados celos. Respecto a lo primero, los industriales no se avenían a incorporar como colaboradores a estos elementos nuevos, productos del país, pues creían que para las crecientes necesidades de sus establecimientos, si no bastaba su acción individual, la solución se encontraba empleando algún personal más o menos idóneo del que arribaba a estas playas en busca de un ambiente más fácil para luchar por la vida.
En cuanto a lo otro, se creía que Krause inducía a sus alumnos industriales a proseguir estudios ingresando a la Facultad de Ingeniería, suposición que puedo desmentir por encontrarme en particulares condiciones para ello, pues él, conociendo mis intenciones de valerme de la enseñanza adquirida en la carrera industrial, como medio para hacerse de recursos a fin de satisfacer ni vieja aspiración de graduarme de Ingeniero, trató en toda forma de disuadirme de la idea, alegando por ejemplo, que de esa manera retardaría mi porvenir al encarecer mi trabajo con ese título de mayor jerarquía. Mis condiscípulos aquí presentes recordarán a Krause, cuando, durante las clases de Construcción de Máquinas que nos dictaba de tarde al final del 6° año, se sentaba a veces frente a la mesa de trabajo que ocupábamos con mi compañero Géneau y discutíamos el asunto frecuentemente cada uno bajo su punto de vista. Pero no por eso Krause opuso inconvenientes cuando se presentó la primera solicitud nuestra ante la Facultad, cuyo Consejo Académico integraba, por el contrario, con toda caballerosidad dejó el camino expedito para el que tuviese disposiciones pudiese alcanzar el logro de sus aspiraciones en ese sentido.
En la época de las primeras promociones existió un ambiente adverso a la admisión de a los egresados de esta Escuela para proseguir sus estudios en la Universidad; se alegaba su falta de estudios de cultura general.
Aunque personalmente, siempre he considerado necesaria esa cultura y la posesión de conocimientos de humanidades, especialmente para el ejercicio de profesiones en que se ha de actuar en funciones de asesoramiento o directivas que obligan a abarcar variedad de fenómenos incluso los sociales, sin embargo, considero que aquel juicio no era muy justo, pues de emitía sin considerar que la mayoría de los que egresábamos entonces éramos autodidactas que habíamos cursado la carrera llevando inmanente del principio una idea de responsabilidad que nos inducía a cultivar debidamente nuestro espíritu, para hallarnos luego a la altura de la que habríamos de entrar a trabajar y de ahí que con esa disciplina, muchos elementos formados inicialmente en la enseñanza industrial, llegaran después a figurar dignamente hasta en los ambientes de elevada cultura como el profesorado universitario o bien en altas funciones en entidades públicas y privadas. Como honroso ejemplo, debo recordar el prematuramente desaparecido Ing. Julio R. Castiñeiras, que ingresara a esta Escuela como humilde estudiante pero que tesoneramente llegó a tener una sobresaliente actuación en los países de este continente, elegido dos veces decano de la Facultad de Ingeniería de La Plata, de cuya Universidad fue Presidente en uno de los períodos de mucha responsabilidad.
Pero con relación a los que llevaron sus estudios oficiales más allá de los proporcionados por la enseñanza industrial, es indudable que el aporte de sus actividades al movimiento industrial del país ha sido de trascendencia por el impulso y sistematización con los que contribuyeron y como consecuencia ha ido consolidándose el crédito de nuestra enseñanza de esa especie. Actualmente existen millares de egresados de esta Escuela, y de las demás de igual índole, que desde 1910 fueron instaladas en Santa Fe, Rosario, La Plata, y otras localidades, los que ocupan según su capacidad, desde los cargos más modestos hasta los directivos, en establecimientos industriales o empresas de diferente naturaleza e importancia, y sobre esto me es grato referir que, viajando por el interior, me he encontrado a veces con ex-alumnos en cuyas manos había sido confiada o la conducción de un grupo de usinas de una misma entidad o bien la atención de intereses de importantes empresas. En nuestras reparticiones técnicas oficiales, asimismo, el desempeño de los egresados de estas escuelas, los ha llevado a ocupar situaciones de responsabilidad, sea por la jefatura de los talleres del Ministerio de Obras Públicas, distribuidos por el país, o en las inspecciones y ejecuciones de trabajos por cuenta del Estado, siéndome particularmente satisfactorio hacer constar, la eficiente colaboración que me prestaron los que tuve a mis órdenes en las reparticiones que estuvieron a mi cargo, y puedo mencionar también el detalle de que muchas toneladas de combustible se economiza el Estado gracias a la aplicación de una de nuestros técnicos en conseguir la mejora de los dispositivos de combustión.
El crédito de tales profesionales se ha extendido hasta fuera del país y así puedo referir que en 1946, visitando un importante establecimiento cerca de Río de Janeiro, tuve la satisfacción de hallar entre el personal técnico a un ex-alumno de esta Escuela quien prestaba sus servicios contratado con sueldo en dólares, no constituyendo éste un único caso, pues en el mismo Brasil una fábrica de la industria del vidrio en Saõ Paulo es dirigida también por uno de nuestros egresados y otros han actuado o actúan eficazmente en los demás países vecinos, como ser: Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay.
Pero adviertan los actuales alumnos que esas ventajosas posiciones no se alcanzaron sin poseer un suficiente caudal de preparación; a ellas pueden llegar los que, además e cursar seriamente y con la mayor dadicación al estudio, no dejan de perfeccionarse para mantener al día su preparación.
Los favorables resultados conseguidos demostrarían lo acertado del molde propuesto por el Ing. Krause, para encuadrar razonablemente los planes de estudio de la enseñanza industrial, y de ahí que cada vez que se habla de reformarlos se suscite entre los que por distintos conceptos se encuentran más vinculados y penetrados de los verdaderos fines de aquella, el temor de que pueda repetirse que por estrecha visión del problema se propongan innovaciones del género de las que hace algunos años estuvieron a punto de ser puestas en práctica y por las que entre otras cosas que alteraban la enseñanza, se empequeñecía o quitaba el "Análisis Químico" a los Químicos, "Elementos de Maquinaria" a los Mecánicos y "Cómputos y Presupuestos" a los Constructores, para introducir en reemplazo cursos de motores especiales. Una cosa es modernizar, perfeccionar, progresar y otra muy distinta es alterar lo fundamental.
La necesidad de reducir la extensión del acto en que fueron
pronunciadas las palabras que preceden, obligó a suprimir en esa
circunstancia la mención de otras personas, algunas ya desaparecidas,
vinculadas a la época inicial del funcionamiento de la enseñanza
de que se trata, pero no sería justo dejar pasar la oportunidad
de la presente sin agregar a ese respecto las siguientes referencias a
modo de datos complementarios de la parte informativa.
El primer celador efectivo de la Escuela Industrial fue el Doctor
Ernesto L. Odena, cuando cursaba su último año de Bachiller.
Actuó interinamente en los primeros meses de 1897, pues a mediados
de año se hizo cargo de su puesto el titular Doctor Isaac Arriola,
al regresar de la movilización de Dennehy para iniciar sus estudios
de Derecho. Un par de años más después, lo reemplazó
a Arriola, ya como Jefe de Celadores, Don Juan Benítez, también
correntino como los dos anteriores. A su turno ocupó esa jefatura
Don Juan Garrone, que habría de iniciar así su larga carrera
en el cargo y en el de Regente, inspirando el cariño de numerosas
promociones de alumnos.
Como Mayordomo actuó desde los primeros años Don
Manuel Espinosa, más tarde ayudante de gabinete y con otros cargos,
de la larga actuación en la casa en la que se acreditó el
afecto de todos.
Los Jefes de las respectivas seccionales de los talleres fueron
en Ajustaje, Don Carlos Barbier, que con su Ayudante Isolino Montecuccoli,
guiaban al alumnado con mucho acierto. En Carpintería, José
Rimoldi con su Auxiliar Hérault, muy hábiles en su oficio.
En fraguas, Don P. Parodi, desaparecido prematuramente, pero que durante
el año 1898 alcanzó a impartir una eficaz enseñanza.
La vacante dejada po éste, fue llenada con el Señor Malagamba,
proveniente del Arsenal de Guerra. El taller de Fundición, que fue
organizado por Don Cesáreo Wessel, entrerriano, pero formado en
las escuelas técnicas e Alemania. A éste lo acompañaba
como fundidor Don Luis Ramponi.
Finalmente es de recordar que el primer Secretario de la Escuela
fue Don Luis Navarro el que. Además, al crearse el 6°año
en 1902, entró a explicar "Práctica de Fotografía".
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